Oasis de insolencia en el desierto de la solemnidad*

Centro Cívico, ciudad de Guatemala. Fotografía Fernando Chuy

Por Mabel Hidalgo**

Aquí se versa sobre la condición humana, eufemismo del humor cruel. Que provoca risa e indignación, o risa a secas o el rechazo definitivo de cualquier comedia, todo dependiendo del desayuno del lector. Hartazgo de yogurt, fruta y miel, garantiza dosis idóneas de humor; desayuno frugal de café y cigarros es piedra angular de las misantropías más generosas. Hay excepciones que ponen a prueba esta regla.

Forma de humor de seriedad implícita. La crueldad es un ejercicio que termina por provocar en los humoristas la sensación de ser una paja extraviada en un agujar. No debe confundirse en ningún caso con el humor negro, endémico del vasto horizonte más allá del sur mediterráneo.

 

Autores crueles e impopulares

Los autores crueles son la única variedad de ornitorrincos capaces de aplicarse su propia ponzoña, a la usanza del poeta angloitaliano, Oliver Yiro (1891-1945), precursor del yirismo, quien sería pasado por la horca en los últimos momentos de su muerte [sic]:

Mi madre parió fino dos veces; yo fui el tercero. Pero no soy hombre particularmente rencoroso. Mi padre, por acción y omisión comparte responsabilidad en el trágico destino de su hijo. Se suicidó un día después de mi alumbramiento, teniendo la cortesía de dejar una nota con el telegrafista del pueblo: «me ahogué en el río». (…) La vieja siempre fue dulce, nunca guardó preferencia por ninguno de nosotros, ni siquiera por mi hermano el idiota, quien más que tratamientos especiales necesitaba nacer de nuevo. En sus memorias secretas, escritas a braille, relata que confió inútilmente en que sus hijos no vivirían mucho tiempo. De todas formas, madre hay una sola, si bien nos va.

(Del parricidio, 1924)

Retrato escolar de Oliver Yiro. El mundo era una broma cruel que lo acompañaría el resto de la vida. Compartió dimensión espacio-temporal con el célebre filósofo Ludwig Wittgenstein. Yiro, al contrario, fue cualquier cosa, menos celebrado.

La crudeza, rigurosa en cualquier obra cruel, es tan cruda como la realidad misma. Esto permite inferir, si se quiere hacer una hipótesis lógica del fenómeno, que este tipo de humoristas suelen provenir de familias proletarias que gracias a enormes esfuerzos negociadores logran regalar sus crianzas malogra­das a parejas y solitarios sin descendencia con suficiente capital cultural para transmitirles la ironía propia de los oficios humorísticos. Caso de Mauricio Alberdi (1953-2003), padre fundador de la comedia tétrica en Hispanoamérica, quien pasara paradójicos meses agonizando de cáncer en el estómago (epicentro del humor) en su residencia bonaerense. Este breve relato debe resultar no menos que enternecedor dados los acontecimientos posteriores:

UN CALVO QUERÍA ESCRIBIR COMEDIA

(Este chiste es muy malo) Un calvo quería escribir comedia. Como era de credo narcisista la cosa no podía ser tan difícil y casi logra terminar su primer libro de no ser porque la octava sesión de quimioterapia minó por completo su sentido del humor. Rezó y rezó y esto ciertamente le salvó la vida, pero no sólo tuvo que abandonar para siempre cualquier oficio intelectual sino que ahora luce una cabellera tan normal y apolínea que lo imposibilita de tener alguna gracia. Esta es la historia de las elecciones difíciles que enfrentan los calvos todo el tiempo. Pero como le suele pasar a la gente con cabello, fue feliz para siempre. Fin.

(La gravedad del centro gravitacional, 1995)

Notable Alberdi relacionando (¿adrede?) el oficio humorístico con el oficio intelectual. Dice Monterroso, principito de Asturias, que el verdadero humorista «pretende hacer pensar y a veces hasta hacer reír. Pero no se hace ilusiones y sabe que está perdido. Si cree que su causa va a triunfar deja en el acto de ser humorista. Sólo cuando pierde triunfa. La razón es por lo general de quien cree no tenerla.» (Movimiento perpetuo, 1972)

Un lozano Mauricio Alberdi en sus mejores días (o sea, antes de su incursión accidental en el mundo del humorismo hispanoparlante).

Una entre tantas pulsiones humanas

El humor cruel supone casi siempre una experiencia sublime en la que seres atormentados por una claridad excesiva desarrollan el don de enclaustrarse en una pequeña atmósfera donde flota inexplicablemente la esperanza.

La crueldad es una pulsión humana, como la pulsión misma de definir conceptos como pulsión. Pero la estética del humor cruel contiene la posibilidad de abominar de la crueldad real que aprovecha la miseria material ajena en favor de la miseria humana propia.

Mota, centro histórico. Indigentes

Fotografía de Javier Herrera

Así como la poesía a veces se concreta mejor en una soleá de Paco de Lucía que en un soneto beckeriano, el siguiente poema bucólico es más humorístico que muchas antologías del género, si se comprende la paradoja autolacerante del poema per se y el almácigo social donde germinara Pablo Ajsivinac, desaforado poeta guatemalteco de etnia cakchiquel asiduo de “la diversidad”, corriente poética —hoy— popular.

 

RITA [HIJA DE INÉS]

Oh Toledano

esquiva el foso de ranas

las cloacas de vapores malignos

la torpe boca del caimán polinesio ovillado en su cucha

y trepa a la ventana nasal por la cuerdita de petróleo

dejada crecer a razón de la lucidez que da el encierro

hacia la recámara donde cuelgo la luna como único espejo

Bienvenida su merced al harén de mis hermanas

huérfanas poliomielíticas salvadas de la indigencia

embajada milagrosa puesta en una esquina miserable

para salvación del alma que se asome a sonar la aldaba

mañanas de domingo corbata y antiquísimos testamentos bajo el brazo

Toledano ah templario para mi carne de monja liberta

despoja la enagua

acaricia el tatuaje lumbar [daguerrotipo iudaeorum churrigueresco]

hasta brotar savia intercontinental pasto de asnos erizados

o eclosión micótica vedada al tacto cristiano

Toledano

por hoy seré tuya a pesar de los mandamientos

rompe el candado que me niega tu estupro

nada te importe de las leyes terrenas

abreva amante lejano de mi virginidad impenetrable

charco bendito en tu boca forajida antílope sabanero

humedad en el desierto posmoderno que nos separa cisne mío

príncipe entre todos los patos que buscan el norte en la dirección opuesta

(Real y tiernísima epístola anacrónica, 1995)

Pablo Ajsivinac posando pretensiosamente frente a la cámara.

Rogelio Ochoa (AKA “El Roger”, AKA “El Yoko Ono de la fauna intelectual guatemalteca”), íntimo de Pablo Ajsivinac, feneció vapuleado a manos de una turba bastante heterogénea aunque de hori­zonte común a la hora de combatir incomprendidos pero innovadores deleites anatómicos. Parece obvio que Ochoa sea el Toledano de sor Rita.

Sea por denuncia política, poética comprometida a muerte o mera desesperación, Ajsivinac llevó a término medio una alegoría ultrarrealista de temática shakesperiana, para una época en que el performance de estética martirizante aún no era lugar común dentro de las expresiones del arte guatemalteco. La obra, por supuesto, no fue entendida en total dimensión y pasó a los anales de la dependencia estatal correspondiente como otro conato de suicidio por móviles románticos.

“El Roger” a punto de adentrarse a un torbellino etílico en los bajos mundos de Ciudad de Guatemala. La foto fue tomada meses antes de su espeluznante deceso.

 

El humor cruel es el humor cruel

Quien sobrevive a su propio suicidio [sic] desarrolla un irónico doble sexto sentido del humor que sería mejor aprovechado de no prevalecer el porcentaje considerable de suicidas que tiende a recaer. El poetastro recayó un par de veces más y luego la justicia, ora divina ora poética, salvó su integridad apostólico-romana soterrándolo en un deslave expiatorio patrocinado por el Mitch, «uno de los ciclones tropicale­s más poderosos y mortales que se han visto en la era moderna.»

Ha quedado más o menos claro que el humor cruel es el humor per se. Su apellido despiadado puede ir o no sin mayor diferencia, es cuestión sólo de percepción, un matiz de turbidez distinto según la pupila que asome a ese pozo donde abreva el homo-sapiens moderno. Dicha gradación entre el oasis y el pantano suele variar según el grado de adhesión, impugnación o indiferencia con que los humoristas describen la realidad social que les ha tocado vivir. La evidencia literaria indica que buena parte de los humoristas crueles se decanta por impugnar la realidad, aunque haciendo uso de la archisabida sutileza que acompaña a esta clase de luminarias.

Ilustremos lo anterior con El extraño caso del bachiller Muñoz y el Señor Piraña (Venegas, José; 2013). Relato de inspiración stevensoniana (el plagio es una de las Bellas Artes, dice Borges; yo diría que la más popular) donde ya no las pócimas experimentales de Jekyll sino el fermento embotellado de cereales filtrados en frío, da luz a persistentes esfuerzos individua­les —unas tres veces por semana— por destruir total o parcialmente —dependiendo el consumo— el tejido social de una región autónoma localizada en la periferia metropolitana de la capital guatemalteca. La impugnación del contexto social es imperceptible, a menos que el lector esté familiarizado con los abundantes no-lugares paralelos al boulevard principal de Ciudad San Cristóbal, sugeridos grosso modo en el relato.

Pero no hay nada tan edificante (cada quién se engaña de la manera más original que encuentra) como presenciar al humorista sentado en la piedra de la resignación. La angustia es el ontos previo a la epistemología. Mientras la comedia miente mucho o acostumbra decir cosas de manera que bien vistas signifiquen lo contrario, el humor en su faceta ensayística gotea cristalino en los oasis de la insolencia.

Indigente, zona 1.

Fotografía de El Miljos

El buen entendedor se ha dado cuenta que toca tratar el tema de la solemnidad.

El humorista ha sido levemente despreciado por dos humorosos consagrados de la literatura hispanoamericana como son Monterroso y Cortázar. El primero dice que la cura contra eso gastado y ridículo que llamamos solemnidad no suele venir precisamente del humorismo a secas, sino de una solemnidad verdadera y sublime: la excentricidad (Movimiento…,1972). Para hacerse verdadero y no falso solemne hace falta no mentirse a sí mismo y a los demás con tal de llamar la atención. Hay que exagerar pero como quien nace para eso, lo contrario es volverse un ista cualquiera.

El buen gusto, para el caso, se entiende aquello que escapa al lloriqueo manipulador y al paraíso previsto del opio unánime. Cortázar habla sobre su tendencia inapelable hacia el humor en distintas partes, pero hace la diferencia entre el extrañamiento del poeta y el acaso más burdo extrañamiento del humorista (La vuelta al día en ochenta mundos, 1967), que termina convirtiendo en preestablecido tal extrañamiento a fuerza de sumisa adicción, sin imitar la respuesta combativa del poeta, quien es puente entre múltiples intersticios de la realidad. Ese rompecabezas se podría traducir en que el humor (el poético) no siempre, o casi nunca, es obra del humorista. Pero es muy fácil poner palabras, como botas, sobre la tumba de un muerto, así que dejaré a esos dos en paz.

 

El humor es un horror negligente

Se puede pensar con suspicacia y con cierta razón que todo lo dicho en este ensayo fue de repente echado por la borda, y pudiera ser, si no nos inquietara la paradoja que acaba de exponer el fantasma de Cortázar. A mí me remite al descubrimiento que hice años atrás de un cruelísimo relato de Bierce dentro de una antología de cuentos humorísticos***[3]donde el diligente señor Swiddler se halla en la pirueta más mortal que el mejor comediante lograría siquiera prever. El humor es un horror negligente.

Cortázar, Monterroso y aun Bierce no eran humoristas, sino gente de humor. Los autores citados a lo largo de estas páginas no fueron humoristas; eran —y algunos, son— poetas y vagabundos profesionales bastante despreocupados por el humor, que inhalaban, no obstante, gas de la risa desde el umbral de la crueldad, de la vida misma.

Antes de dar el último ejemplo de insolencia masculina, hablaré de lo extraño que resulta para mí, en tanto mujer, perseguir tan preciada quimera sin encontrar un espécimen femenino del género. ¡Extrañísimo! ¿Otro triunfo de la hegemonía patriarcal o victoria desaperci­bida del feminismo contemporá­neo?

Mientras los académicos se empecinan en la paradoja, he aquí una muestra de los recientes hallazgos bibliográficos en tierras de mis antepasados paternos:

Yo soy vulgar y amnésico. La sanidad mental radica en que las contingencias y recuerdos de tu discurrir por el mundo te pelen ¾. Tras el paso del tiempo uno se da cuenta que siempre se está solo aunque todo rodeado de una mascarada carnavalesca, que la amistad y el amor, las filiacio­nes, son precarias, mutables, in­termitentes, maravillo­sas stricto sensu, que a una racha de póquer le puede seguir la lluvia de sal más duradera (“Los expulsados de Poker-Flat”, Francis Bret Harte) mientras transcurre el instante de eternidad que es todo cuando no se quiere nada (“Pleamar”, Girondo.), que el amor propio depende de la calidad del desa­yuno y del sueño, que hay estafilococos que minan la moral y días buenos como malos, panaderas generosas y tenderos aviesos, de todo lo que se dice todo dispuesto en la viña de un señor feudal pero ciego, visto sin excepción apenas cuando se cierran los ojos. Conviene perder cualquier esperanza en la variación claroscura de la condición humana. La esperanza es la substancia peligrosa que nutre una vanidad limitada material­mente, el espejo de la vejez es el mismo barómetro para medir la decadencia o aumento de la belleza y de la virtud.

La existencia, en fin, es ridícula y su percepción ignominiosa re­quiere dosis diarias de terapia, simple o urgente, pero terapia al fin: azúcar en el desayuno, baños de sol, el olvido de lo in­ne­cesa­rio, cataplasmas del aprovecha­miento del tiempo. Todos los esfuerzos sirven y al mismo resultan inútiles, por eso el intrigante acto humorístico es en el fondo una espina que sirve para sentir dolor y su opuesto, la solemnidad histriónica, es alimento sustancioso cuando uno es bandera o informe catastral.

La preocupación social vira en otro sentido de la existencia; lo social es por efectos históricos, la distribu­ción injusta de la miseria más elemental, la del hambre y la enajenación; se justifica su olvido sólo cuando uno es completamente feliz rodeado de cadáveres y mendigos.

(Reflexiones de un misántropo de veleidades filocomunistas, Villatoro, Camilo. 2013.)

El poeta Camilo Villatoro en una de sus habituales recaídas decadentistas. Al parecer sus amigos lo odian.

[1]*Texto íntegro de An oasis of insolence in the desert of solemnity. Ensayo traducido y puesto a disposición por la autora. Publicado por primera vez en “A Journal of Literary History. Modern Language Quarterly”, Vol. 78, Num.9, 2015.

[2]**Mabel Hidalgo es una académica estadounidense de origen guatemalteco. Antropóloga con varios posgrados en Literatura por la Rutgers University. Se especializa en literatura comparada y en la exploración de nuevas tendencias, particularmente la denominada  “underground”, de editoriales independientes en Hispanoamérica.

[3] *** Cruz Duarte, Frank —trad., comp.— Cuentos humorísticos. Veinte clásicos, 2004.

 

Autor: Camilo Villatoro

(1991-…) Escritor de ficciones y sátiras, esteta, nápiro y humorista iconoclasta. Nacido en México pero de identidad guatemalteca. Según un primo borracho que lo quiere mucho, “la persona guatemalteca más inteligente de todos los tiempos, pasados, presentes y futuros” —cosa no muy difícil de lograr. Pese a esta espectacular ventaja evolutiva, su intelecto es inversamente proporcional a su modestia; el único problema es hacerlo creíble.

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