Oración a San Juditas Tadeo

San Judas Tadeo, iglesias, Centro Histórico

Fotografía de Javier Herrera

Ezequiel dejó de creer en cosas sobrenaturales hace ya varios años. Vive libre de ciertos prejuicios pero es presa insalvable de otros. Al menos se ha escapado de tener que rendirle culto a los dioses de cualquier tipo: emancipación profunda que, sin embargo, no ha evitado que un par de diosas y algunos demonios internos lo hayan puesto de rodillas en los últimos tiempos. No le enfada la gente que cree que alguien o algo superior la salvará del infierno eterno, lo que le fastidia es que esa misma gente ya vive en un llanto y crujir de dientes permanente y hace un tormento cotidiano la vida de otros.

Pese a esta convicción y felicidad de nombrarse ateo cuando alguien indaga sobre su espiritualidad, Ezequiel no tiene problema si alguien cercano lo invita o le pide compañía para visitar algún templo; lo hace con todo el gusto del mundo. El ambiente de las iglesias tiene algo íntimo, te deja estar con vos mismo. El tipo sentado a la par ora, no se mete con vos y entonces su proximidad es inexistente. Ezequiel contempla con morbo lo grotesco de algunas imágenes medievales en las iglesias católicas y la finura en los rasgos de los rostros de ciertos santos españolizados, a pesar de ser palestinos, africanos o americanos. El mismo cristo crucificado está  muy europeizado en sus facciones, demasiado pálido. En sus rasgos de dolor parece estar presente, con fuerza, el descalabro económico de la unión europea pero no el genocidio que vive la población palestina en la Franja de Gaza.

San Judas Tadeo, Centro Histórico

Fotografía de Javier Herrera

El 28 de octubre cayó un miércoles. Ezequiel quedó de juntarse con una amiga para tomarse algo y platicar. Ella, al encontrarlo en la parada de buses del Parque Colón sobre la once avenida, le insistió en que fueran hasta la quinta calle. Al llegar al lugar, el bullicio y la algarabía se desbordaban a la entrada de la Iglesia de la Merced. Cientos de fieles de San Judas Tadeo, el santo de las causas desesperadas, de las bajas pasiones y patrono de los trabajadores, se amontonaban en las entradas al templo. El 28 de cada mes se producía este intenso rito de agradecimiento proletario y popular. Estaba claro que intimidad no encontraría Ezequiel ese día. Lo que sí encontró fue un buen puesto de atol de elote y tostadas; luego de tragarse un par con salsa y una con frijoles y de ver con agrado cómo Lucía se comía igual cantidad que él, entraron a la iglesia.

El espacio más visitado era la reliquia de San Judas. Ni pensar en ir por allí. De lejos Ezequiel se emocionó con el fervor de la gente, que por sus ropas, era la gente más jodida de la ciudad. Poca clase media, más bien albañiles, vendedoras de mercado con los delantales puestos, bodegueros y prostitutas, barrenderos de la Municipalidad, vendedoras ambulantes de cualquier baratija importada de China.

Devota, mujer, Iglesia.

Fotografía de Javier Herrera

Ezequiel no andaba con causas desesperadas pero ese día salió del templo de la mano de Lucía. Como quién no quiere la cosa pensó que ese contacto era resultado de los empujones y contorsiones que hubo que dar para salir de entre la molotera de fieles. Tomó con calma el suceso. Viéndose fuera del templo la soltó. Al llegar al café de la quinta avenida y sexta calle ya iban de la mano de nuevo. Ando de suerte pensó Ezequiel.

La noche de ese santificado día inició en una habitación de motel allá por la octava avenida;  terminó cuarenta y dos días después en la sala de una clínica, en espera de los resultados de una prueba de embarazo.

Lucía está emocionada. Vaya momento. Las pruebas de embarazo son el peor invento del mundo. No hay tensión más fuerte causada por cualquier incertidumbre. Es jugar a la ruleta rusa con los ojos vendados, sobre todo para gente desempleada como nuestro amigo no creyente. Ezequiel viene preparando la pistola del miedo desde que la duda asaltó el corazón de Lucía.

Ambos se conocen mejor ahora. A Ezequiel no le gusta tanto ella y a Lucía tampoco le ilusiona tanto él. El ensueño de Lucía es producido por la posibilidad de ser madre. Él piensa que de ser necesario puede soportar sus humores y que congenia con algunos de sus pensamientos pero aún no quiere ser su conviviente. Ni de ella ni de nadie. No es un asunto personal, es más bien un tema de pretendida libertad. A ella la ilusiona la posibilidad de una niña que se llame María o un niño que pueda llamarse Judas.

Ezequiel siente que se muere cuando ve venir los resultados en un sobre. La pistola de la ruleta está lista, cargada con cinco balas, un disparo libre nada más. Con todo lo que le gusta ser ateo, Ezequiel lanza una pequeña frase dirigida a San Juditas Tadeo y jala del gatillo, abre el sobre. Afuera de la clínica la lluvia moja el pavimento, es San Judas derramando bendiciones a su verdadera creyente.

 

Autor: Pablo Sigüenza

(ciudad de Guatemala 1978) Mestizo kaqchikel. Reniega de la identidad nacional, esa comunidad imaginaria construida desde las élites. Ama las luchas de resistencia de los pueblos latinoamericanos y el escenario verde que las cobija.

Comparte esto en

Danos tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *