Pactos de amor sobre un puente

Fotografía de Fernando Chuy

Todo comenzó como un rito espontáneo. Mi compañera y yo estábamos muy enamorados y los lunes, que parecen traer consigo una carga de desesperanza indeleble en ciudades donde aún se escuchan alaridos de guerra, decidimos volverlos de fiesta. Así que por las noches asistíamos a un comedor chino que aún se ubica a media cuadra del mercado central de esta ciudad.

 

Apostar por las ofertas de cerveza, llevar monedas para la rocola y sentarnos siempre en la misma mesa conformaban aquella ceremonia. Recuerdo que una vez un tipo se puso violento con su compañera y fue mi diosa la que intervino poniendo en su lugar al señor. Vaya si no hay muchas anécdotas en nuestras memorias respecto a esos estadíos donde veíamos morir aquellos días.

 

La una de la mañana cayó sobre nosotros mientras una delgada mesera nos informó que había llegado el momento de cerrar. Normalmente llamábamos al taxi antes que eso sucediera, pero en aquella ocasión los besos y las intensas caricias nos habían hecho pensar que el tiempo estaba detenido; porque en ocasiones, efectivamente, contábamos con la habilidad para que eso sucediera… el punto es que nos retiramos mientras la persiana de aquel local se cerraba detrás de nosotros. Las calles de esos barrios, a esa hora, suelen denotar la tristeza de una sociedad que por más que se embriague y enfieste en todo momento sufre de una melancolía y desolación perenne.

 

Ambos íbamos para zona cinco de la ciudad, pero no aparecía ningún taxi así que decidimos comenzar a caminar con el ingenuo optimismo de que aparecería uno en las próximas cuadras. Cuando el licor que aún tenía sus influjos en nosotros cuerpos nos permitió percatarnos de qué tanto habíamos deambulado ya nos encontrábamos cerca de la línea del tren, a unos pasos del bulevar y de aquel puente que hacen posible la llegada a aquella zona de esta urbe. Para quien haya vivido aunque sea algún tiempo en esta ciudad sabe que no es para nada buena idea caminar por dichos sectores a esas horas, pero el trago y el eros nos conducían de la mano y lo demás era adorno y ajeno. Cruzamos el puente entre risas y comentarios digamos, nerviosos con los cuales marcaríamos un pacto sagrado entre los dos.

 

Allí iban, pues, cruzando un puente tambaleante con la madrugada como fiel testigo; dos delgadas geografías que asumían, sin miedo, el amor en una ciudad donde toda muestra de este es imperdonable. Tras cruzar aquello, para nuestra sorpresa, dos perros que resguardaban una bodega se nos dejaron venir entre ladradas y muestras de rabia. No podíamos irnos limpios en aquella jugada de temeridad adolescente. Anonadados, esperamos y los perros, por fortuna, se calmaron.

 

Los lunes marcan la vuelta a una cotidianeidad desoladora y convulsa para millones de personas en esta ciudad. Intentar sobrevivirlos como mejor se pueda es lo que corresponde. Y si volcarse al amor no es fácil en este lugar, menos lo es caminar de la mano en calles donde alguien te observa para en cualquier momento vulnerarte y darte en la nuca. Pero, aunque parezca poco creíble a veces, en ocasiones y solo a veces; cierto es que también ganan los pactos que desafían a la soledad, a la oscuridad…

Autor: Sergio E Castañeda

Nacido en la ciudad de Guatemala por eso del año 1988. Estudiante de Historia fascinado por la exploración e indagación de distintos escenarios y rincones de la existencia. Consciente de que hay que expulsar letras que logren provocar, incomodar o estimular. Vamos a barranquear, pues, para ver qué hay en esas profundidades desconocidas… ¿ah y queso?

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