Pan, frijol, arte y clasismo ilustrado

La obra “Umbrella White Element” de los artistas belgas Jos de Gruyter y Harald Thys se exhibe en la feria internacional Art Basel, en Basilea, Suiza. Fotografía de Georgios Kefalas

Hace algún tiempo se publicó un texto en la revista Contrapoder que se titulaba “Arte contemporáneo: ¿El traje nuevo del emperador o la resignificación de los objetos?” en donde el autor enfrentó diferentes voces con cierta autoridad en la materia que hablaban sobre el estado del arte contemporáneo en Guatemala.

Ponerse de acuerdo en una definición de arte contemporáneo es una empresa inútil, como se puede concluir al leer dicho artículo. Pero para seguir el hilo de lo aquí planteado, es necesario especificar que esta categoría arbitraria (como toda categoría) no tiene tanto que ver con una delimitación temporal-histórica que acompañe a todas las artes pertenecientes al tiempo presente, sino (más arbitrariamente…) a las artes visuales (y derivaciones insospechadas) que surgen a partir de las reflexiones de la tradición postestructuralista, el relativismo filosófico y la fase cultural de la historia occidental que los académicos suelen llamar posmodernidad. Cuando en un artículo manifiestamente político como el presente es imposible resumir estos conceptos sin devanarse en explicaciones de necesaria implicación académica, existe ya la sospecha de que el arte contemporáneo es aquel dedicado a concretar ensueños intelectuales que, en el mejor de los casos, son asimilados por el público como dudas dignas de darle vueltas al coco. Para no cansar, digamos que como denominador común dentro de la extensa gama de expresiones del arte contemporáneo, la finalidad estética privilegia el trabajo intelectual y deja su manifestación concreta (técnica y forma) en un plano secundario.

Dicha prerrogativa intelectual ha de tener algo que ver con lo que indujo a Josseline Pinto, comunicadora de la Galería 9.99, a decir sin mayor reflexión en el artículo mencionado de Contrapoder, que el arte contemporáneo “no está al alcance del señor que vende panes con frijol en la esquina de la calle”. No es un secreto que la esfera del arte (contemporáneo…) en Guatemala (y el mundo) es practicamente elitista. Pero siendo el arte un punto de encuentro, una función de diálogo y búsqueda, se sigue reproduciendo, quizás inconscientemente, una concepción de este bajo criterios de exclusividad deshumanizantes. Sería interesante preguntar entonces qué tipo de arte sí está al alcance de los vendedores de panes.

“Vendedora de mangos” del pintor salvatrucha German Sagastume

El clasismo no es otra cosa que la forma de discriminación intrínseca de la sociedad de clases, donde una clase social domina a otras subalternas mediante la explotación y la exclusión. Es lógico que exista una expresión cultural hegemónica donde el criterio de exclusión se produzca por la inercia de las relaciones sociales predominantes, aun si el arte contemporáneo ―conceptualizado por la cultura gremial que arbitra la producción y mediatización del arte― se caracteriza por la relatividad del paradigma estético, lo que supone una apertura del arte contemporáneo a expresiones más bien subalternas. Esto último es cierto en cuanto a los artistas, quienes podrían manejar incluso una retórica de denuncia en contra del status quo (auténtica o no); pero no así con los consumidores del arte contemporáneo, quienes aparentemente tienen que llenar requisitos que vienen con el estatus de clase o con la búsqueda del mismo.

Dentro del capitalismo, el llamado arte contemporáneo es una mercancía generalmente diseñada para ser vendida a un público de elevado poder adquisitivo, tanto como la aristocracia de otros tiempos desempeñaba el mecenazgo de los artistas. El arte contemporáneo no se diferencia, en ese sentido, de formas anteriores, lo único que cambia es que pasa a ser la versión actualizada para el consumo de las élites forjadas dentro del neoliberalismo (e imitadores…), las cuales invierten en piezas artísticas de acuerdo a una noción de vanguardia, donde no importa cuestionar el arte, sino invertir en cosas caras para ganar estatus. Nada nuevo en los anales de la humanidad… Esnobismo a secas.

Lo que realmente separa al señor que vende panes con frijol del arte contemporáneo, no es su incapacidad de interpretación y aprehensión de piezas artísticas (como sugiere Pinto), sino su condición socioeconómica, que previamente lo ha excluido en mil y una maneras. Lo que separa al artista contemporáneo del señor que vende panes, es que mientras él puede cobrar miles de dólares en un día por lo que sabe hacer, el señor necesita hacer lo que sabe hacer durante un año o más para asomarse a la suma que aquel otro ganó.

Buen ejemplo de las condiciones socioeconómicas el hecho de que en el triste capitalismo guatemalteco y no noruego, un porcentaje ínfimo de población tiene acceso a la educación superior, e incluso leer un texto de análisis político y entenderlo es un lujo que ―podría apostar basado en mi experiencia― algunos de mis conocidos sabedores de arte contemporáneo, no se pueden dar.

Del mismo modo un capitalista puede ser incapaz de comprender una pieza artística, pero comprarla de todas formas. De hecho, es ingenuo pensar que muchas de las piezas de arte contemporáneo hayan sido pensadas para su comprensión, y esto es evidente cuando son acompañadas de textos teóricos que intentan iluminar al público sobre la representación más bien críptica de las obras, como señalan Gabriel Arana y Byron Quiñonez en el mismo artículo de Contrapoder. Esta es una de las paradojas más importantes que nos esconde la falsa superioridad que deviene del esnobismo: pensar que por ser poseedores de una mediana cultura general (percátese del absurdo) vamos a entender la gama de significaciones (muchas veces sinceramente ridículas) de cualquiera de los readymades veladamente plagiarios de Duchamp. Marcelo del Campo se revuelca en su tumba…

Fotografía de Salazar Ochoa

Si un lenguaje abusa de códigos y simbología autorreferencial, lo que se busca en efecto es la incomprensión. Hablar catalán en Japón, o decir algo como: «lo que intentaba con ese tenis chamuscado era hacerte comprender que en la infancia me quemé el pie derecho, o sea una forma de mostrar que tiene que haber una cicatriz, pero sin pasar por el proceso traumático de la exposición corporal» o lo mismo pero en forma de un texto atiborrado de alusiones psicoanalíticas que hagan exquisita la que sería, en el mejor de los casos, una explicación rudimentaria.

La justificación académica es fundamental para convertir un conjunto de ocurrencias (como bien califican los personajes entrevistados en el artículo de Contrapoder a muchas piezas de arte contemporáneo) en un producto sublimado por el status de clase que deviene del hecho de comprender (aparentemente) complejas corrientes de pensamiento… Pinto no se equivoca al decir que varios artistas contemporáneos son académicos con doctorado… Al fin de cuentas, todo diálogo y representación social es la puesta en escena de códigos en común, en este caso, aprehendidos en la tradición teórica occidental.

Por supuesto la academia también está mediada por el clasismo, especialmente en países extremo desiguales como Guatemala. Además la tradición del pensamiento occidental suele despreciar saberes de la cultura popular transmitidos por oralidad. No cualquiera es capaz de hacer sabrosos unos frijoles, pero esto no significa nada para aristócratas e imitadores acostumbrados a comprar las cosas hechas o pagar por recibir costosos cursos de cocina.

El clasismo radica en no comprender que el intercambio de saberes alimenta la cultura humana en general, y en pensar como definitiva y eterna la sociedad de clases, la explotación de los seres humanos por los seres como algo natural. Es, pues, una forma primitiva de pensar. Seguimos a Paulo Freire cuando dice que «la cultura no es atributo exclusivo de la burguesía. Los llamados “ignorantes” son hombres y mujeres cultos a los que se les ha negado el derecho de expresarse y por ello son sometidos a vivir en una cultura del silencio».

No extraña que dentro del mundo del arte existan opiniones de falsa superioridad, cuando validaciones del tipo “este artista ya expuso en el extranjero” son más comunes que el cuestionamiento del arte en sí.

La pregunta es si en medio de una sociedad desigual y excluyente como la actual, el arte contemporáneo tendrá algún día a la calle como génesis, retroalimentación y destino. Sin duda existen algunas fugas ejemplares que nos dan esperanza de un diálogo profundo y no meramente superficial con el contexto social, donde la pasión por la búsqueda constante rehúya la imitación ingenua y maliciosa de formas complacientes con el clasismo y el dinero no sea el motor de la mediocridad en todo su espectro. ¿Será el artista contemporáneo puente o abismo?

 

Posdata: Algunas de las ideas del texto habían sido previamente expuestas por Maya Juracán, con quien se planeaba escribir un artículo en co-autoría, pero al final, por razones de ego, simplemente se zafó. Sin embargo, al revisar ambos textos se puede dar cuenta que son sustancialmente diferentes, a excepción de algunas oraciones que de todas formas son modificadas  aquí, y de la cita de Paulo Freire. También conviene leer el texto original de la revista Contrapoder para revisar cualquier incongruencia. Digan no al clasismo ilustrado.

Autor: Camilo Villatoro

(1991-…) Escritor de ficciones y sátiras, esteta, nápiro y humorista iconoclasta. Nacido en México pero de identidad guatemalteca. Según un primo borracho que lo quiere mucho, “la persona guatemalteca más inteligente de todos los tiempos, pasados, presentes y futuros” —cosa no muy difícil de lograr. Pese a esta espectacular ventaja evolutiva, su intelecto es inversamente proporcional a su modestia; el único problema es hacerlo creíble.

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2 Comments

  1. Totalmente de acuerdo. Sería muy bueno hablar del abismo en el que se encuentra el artista que sintiéndose representante de su cultura, enfrentado a las límitadas posibilidades de sostener su vida personal frente al mercado que privilegia “un tipo de arte”, tampoco encuentra ninguna política de Estado que le apoye, ni siquiera inclusión en el sistema de seguridad social, o visibilización en un ¿Ministerio de Cultura?
    …lógico silencio de la cultura guatemalteca!!!????

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