¿Por qué subir la montaña?

Mi historia con el montañismo inició quizá porque estaba harto del mundo. Hay una etapa en la juventud que nos impulsa a actuar con rebeldía contra la sociedad, y en una Guatemala en guerra, tan represiva y conservadora como en la que me tocó vivir, lo único que quería hacer, aunque no era consciente de ello en ese momento, era simplemente escapar.

Montañismo, deportes extremos.

Rodríguez escalando la pared norte del volcán Iliniza en Ecuador.

¿Por qué subir la montaña?

«Porque está ahí», dicen que respondió George Mallory, refiriéndose al Everest, en una entrevista que le hicieron en 1923, año en que aún se creía imposible que las personas pudieran alcanzar dicha cumbre.

Esa frase se volvió famosa y es enaltecida por las personas que osan escalar montañas. Sin embargo, siendo Mallory escritor y poeta, esa respuesta le quedó demasiado simple, vacía y carente de sentido. Y he ahí su popularidad.  Pocos saben que, Mallory, antes ya había respondido a esa pregunta de manera más elegante, pero nadie le había entendido. Su respuesta ahora fue tajante, porque estaba harto de que le preguntaran lo mismo una y otra vez.

«Valen la pena las vistas», dice todo el mundo. Pero, en mi caso, muchas de las veces que he subido ha estado completamente nublado, o en otras ocasiones he llegado tan cansado a media noche que no quiero saber nada más que irme a descansar. Cabe mencionar también, que he tenido la oportunidad de ser guía de personas ciegas en muchas cumbres en Guatemala, España y Noruega, entonces, ¿Qué hay de especial hay en las vistas? Si en muchos casos no las hemos necesitado y seguimos disfrutando del lugar.

Una vez en la montaña, alejado de la sociedad, las sensaciones de paz y tranquilidad fueron muy intensas y muchas veces indescriptibles. Me quedé maravillado con los amaneceres, como si no ocurrieran los mismos diariamente en cualquier parte del mundo. En la montaña, el cielo se ve diferente que en la ciudad, nos hace ver que no somos nadie, nos invade una sensación de vulnerabilidad y volvemos a ser primitivos.

Montañismo, deportes extremos.

Rodríguez participó en la primera expedición adaptada de alta montaña de la Fundación Uned, España, con 5 personas ciegas en el Monte Galdhøpiggen, Noruega.

Al subir montañas hacemos lo contrario a lo que el sentido común de la evolución nos dicta: vivir de manera cada vez más cómoda, placentera y segura… con el menor esfuerzo posible. Al subir montañas involucionamos porque buscamos cansarnos al máximo, vamos a ensuciarnos, pasar hambre, sed, frío y calor intenso; nos da igual no bañarnos durante días, no nos importa la suciedad, oler mal, sudar, escupir o cagar en el monte de las maneras más incómodas y antihigiénicas. Vamos a la montaña a sabiendas de que terminaremos con dolores musculares o de cabeza, con las rodillas y pies hechos pedazos, quizá con lesiones y a falta del buen comer terminamos muchas veces con diarrea. Todo esto por intentar llegar a sitios que no nos brindarán más que rocas y barro.

Hace poco leí un texto de un montañero español, Simón Elías, que decía algo así: «El montañismo es un acto estúpido que cuando se cuenta se intenta hacerlo parecer como si fuera algo épico». Y le doy toda la razón, es una fórmula que suelen poner en práctica quienes quieren sobresalir en este mundillo de las «aventuras extremas». En sus conferencias suelen contar como se vieron envueltos en épicas batallas contra natura con tal de alcanzar objetivos tan irracionales como el de poner en la cumbre una bandera nacional o una marca comercial.

Todos comienzan con la misma historia: que se sienten infelices, y que ven al resto de personas con el mismo pesar. Así que se empecinan en cambiar al mundo, para hacerlo feliz, subiendo cumbres y plantar trapos de colores para transmitir mensajes de optimismo y motivación a los demás. Les acompañan en sus presentaciones fotografías de paisajes increíbles mientras los contaminan con logotipos de empresas patrocinadoras y frases de automotivación al estilo Og Mandino o Paulo Coelho. En verdad les digo, yo me fui a la montaña para alejarme de todo este tipo de gilipolleces.

La montaña me enseñó a serme fiel, a resolver los problemas de la manera más sencilla, con pocos recursos. Además, me ha enseñado a respetar, no solamente la montaña sino a las personas que las habitan, en su mayoría campesinos que son expertos montañeros pero nadie los llama así por no vestir ropa técnica o de buena marca. Obviamente también se intenta respetar a las personas que las visitan, aunque cada vez es más difícil que se den a respetar, porque el mundo de la competencia, del egocentrismo y el de las diferencias de las clases sociales ahora es cada vez más evidente en la montaña.

Montañismo, deportes extremos.

Croagh Patrick es una montaña sagrada en Irlanda, llena de mitología y leyendas, en la que se suele ver a personas descalzas intentando alcanzar la cumbre.

Las montañas se están masificando, no todas afortunadamente, y aunque me gusta la idea de que más personas puedan disfrutar de la montaña, no es justificable que las estén llenando de mierda, y no sólo hablo de la basura material. Ahora pareciera que es mejor montañero el que mejor se viste, el que mejor equipo lleva, el que más cumbres ha hecho o va más lejos y rápido. Cada uno va dejando sus recuerditos en la montaña: plaquetas, cruces, banderas, grafitis en rocas y hasta juntan piedras para formar nombres o letras como si estuvieran marcando su territorio.  Muy bien lo decía mi buena amiga escaladora y montañista, Mónica Escalante: «si en la montaña lo único que sobra somos nosotros».

Por ese motivo, también he tenido que huir de muchas montañas, y después de más de 27 años de ascenderlas, sigo usando la montaña a modo de escape, y a la primera oportunidad me voy a ellas con mi familia, amigos o en solitario. No sé exactamente la cantidad, pero han sido más de 300 cumbres diferentes las que he pisado desde entonces. Aunque ese dato no me hace ni mejor ni peor montañista, simplemente representan para mí el hecho de que sigo huyendo de lo que me quieren imponer las sociedades con sus modas y reglas. Subo las montañas que quiero y no las que me dicen que tengo que subir.

Aprendí a disfrutar de las montañas, independientemente de su medida o de su fama, porque son esas precisamente, las más altas y famosas, las que se están abarrotando de personas, y quizá no de las adecuadas. Muchas cumbres ahora parecen mercados repletos de personas donde hay tanta gente que es imposible llegar a conocer a una sola.

Yo las prefiero de otro tipo. Aquellas de las que puedo escribir porque cuentan historias de personas comunes, de pueblos y tradiciones, las que son hermosas sin importar su altitud y cumplen un papel importante en la vida de las personas. Son esas montañas a las que me gusta ir, las que ayudan a conocer mejor el entorno y las culturas de los pueblos, y en las que puedo convivir con personas que buscan también esos mismos ideales de simplicidad del montañismo de toda la vida.

Autor: Christian Rodríguez

(Guatemala, 1976). Practico montañismo desde que era niño en los barrancos de la zona 18. Migré a tierras vascas en 2009, siguiendo el amor. Soy miembro fundador de la asociación de montañismo inclusivo IBILKI, he colaborado y trabajado con otras asociaciones que trabajan temas de pueblos indígenas, multiculturalidad, migración y deporte adaptado.

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