Me pusieron la negra en la Petapa

Los charitas son chéveres,  solo forman parte del paisaje en la ciudad. Fotografía de Javier Herrera

Fue un miércoles, finales de semestre en la uña; me perfilaba a entrarle con Tokio al examen, ganoso de saber mi zona para decidir si sólo escribía mi nombre y me iba a la mierda, o de plano tenía que rifármela. Fueron cinco insignificantes series las que nos había puesto aquel considerado e ilustre licenciado.

Después de haber calculado los puntos que necesitaba para ganar, entregué la prueba y me dirigí a la puerta, sabía que un par de chelas me esperaban merecidamente luego de hora y media de darme verga con ese examen cerote.

Salí del edificio, y mientras caminaba esperé encontrarme con algunos jóvenes sedientos, de esos que abundan en las inmediaciones de la zona, para incitarlos a conocer a Cristo: Sshhhhh ¡qué putas, muchá! ¿Va haber algodón?. Pero pa’ qué mi chile… Esperé por unos minutos y nada; parecía que mis potenciales aleros habían dado el culo en el examen y estaban rogando por sus almas. Mientras tanto, decidí mejor  irme a la mierda, miré hacia la esquina donde se encontraba el chiclero de rigor, le pedí un Marlboro rojo y comencé a arreglar mis chivas antes de zafuca la peluca.

En el camino hacia la burra, ya con mis audífonos puestos escuchando musicón , me puse a meditar sobre la vida, el cosmos, los átomos, el universo y en la contingencia de pasar por un par de porciones de pizza a Al Macarone (2 x 10 varas, como todo proletario sabe). El cigarro no quita el hambre, no sean mamones…

Saliendo de la uña encarnada, empecé a tener una corazonada tipo la Rosa de Guadalupe: me dolía el pecho y sudaba frío, era claro que la providencia trataba de advertirme sobre el futuro cercano. Mientras tanto, allá a lo lejos se escuchaba todo ese hijueputal gritando: La última a Villa Hermosa…la última…, ¡Vaya taxi!; ¡Guajitos!, ¡la Justo!, Venezuela precisos.

Le subí volumen a mi música y seguí caminando, cuando de pronto se me acercaron dos almas turbias. Una de ellas me pidió amablemente el teléfono: chavo, dame tu celular, pero pilas, pilas pues o aquí te socamos, a lo que yo les respondí que “buscaran a dios”, sólo ÉL podía sanar las heridas de ese pasado violento.

Por supuesto comenzaron a tirar pijasos, tipo aquellos principiantes del legendario Mortal Kombat. Sólo gracias a mi memoria que aún guarda las enseñanzas del señor Miyagi a Daniel San, pude hacerme el quite a semejantes talegazos proporcionados por el par de adictos a la lírica de Tito El Bambino, Víctor El Nazi y la música del Summerfest de la Brahva. Sin embargo, mi celular, como se podrán imaginar, valió verga.

Desde pequeño me enfrenté a emociones llenas de shock, como cuando videaba con mi abuelo la serie completa de los Hermanos Almada, Lola la trailera, La risa en vacaciones, y un sinfín de películas mejicanas de aquellas llamadas “ficheras”. Claro, sin contar las de Tiburón I, II y III, o Konan el Bárbaro. Ninguna de estas se compara con el hecho de ver tu celular yéndose en manos de semejantes gárgolas.

Hoy sólo pido al santísimo que les hayan dado unas buenas piedras filosofales en el point ,que luego se hayan puesto bien lurias, y  ya en pleno trance kantiano se los haya pasado llevando entre las llantas a la vida eterna una de esas extraurbanas peleando pasaje.

Autor: José Luis Leal Hidalgo

(Quetzaltenango, 1982) Profesor en Historia, amante de la filosofía y literatura, amante de las películas turbias.

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