¡Que dicha tiene ese güiro de vivir en el campo!

Barriletes

Fotografía de Pablo Sigüenza

Mientras el mes recién se levanta, otras cosas empiezan a morir. Septiembre pasó con sus utópicas celebraciones de una falsa independencia y octubre nos dejó con la gloriosa celebración de la Revolución de 1944, que, aunque pocos lo sepan y otros muchos lo nieguen, es quizá lo mejor que le ha pasado a este atormentado país en toda su historia.

La lluvia se está despidiendo poco a poco con sus últimos aguaceros. Muy probablemente para el campesino guatemalteco no fue el mejor año para sus siembras, pero ahí sigue trabajando y enfrentándose a la vida en medio de tantas injusticias.

Los más contentos a la hora de decirle adiós al invierno son los patojos, quienes esperan con ansias el frío y los vientos de noviembre para ver cómo la montaña se torna verde, verde, verde como diría el premio Nobel de literatura guatemalteco en su poema de Tecún Umán.

¿Qué buscará el niño en la montaña?

¡Que dicha tiene ese güiro de vivir en el campo! Muchas veces, sin importar si el ciclo escolar ha terminado o no y aunque vaya bien o mal, le da por irse de capiusa a la montaña con uno, dos, tres y hasta cuatro compañeros más.

Se oyen las voces, las pláticas en el monte: ¡Por aquí vos!  ¡Por allá mirá!  ¡Esas están buenas!  ¡Esas son muy flacas! ¡Cuando se sequen van a quedar chileras! ¡Vamos a otro lado!

Cien o doscientos palillos colgados en los hombros de cada patojo. Estos palillos serán su fuente de diversión todo el mes. Deberán evitar que la mamá se los quiera tirar por aquello de que “ensucian la casa”, ¿Cómo es que se llaman? Cola de coyote, así se les conoce a las varillas para barriletes. A los más chispudos estas “colas”  les sirven para ganar dinero al hacer barriletes y luego venderlos.

Aquel que nunca fue a la montaña o al barranco a buscar colas de coyote no tuvo infancia, y para aquellos que hoy son adultos y tienen niños muévanse a disfrutar la temporada de barriletes, claro siempre aguas con que no los vean los abuelos porque una buena paliza se pueden ganar, ya que ellos dicen que por volar barriletes ya no llueve.

Por último, muchá, mi más sentido pésame para aquellos que viven y crecieron en zonas urbanizadas que no gozan de esta experiencia, también un minuto de silencio para aquellos que lloraban porque sus barriletes no volaban por no hacer bien los frenesillos, otros segundos de silencio por aquellos papás que hoy prefieren comprarle a sus hijos cometas industrializados de plástico.

Autor: Gerber Camey

Profesor en historia y ciencias sociales.

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