Siempre hay espacio para un helado

Fotografía de Javier Herrera

El calor me pone nervioso a la mitad del día, recuerdo los proyectos deteriorados, la cocina de mi madre, los besos de Lucía y los momentos en los que no tenía por qué preocuparme por el siguiente día, cuando mi papá me invitaba a comer y me decía que pidiera hasta llenarme y al final, después de haberme comido al mundo, me preguntaba si tenía espacio para un helado, yo, que nunca prolongué las respuestas hacia él, le contestaba: Siempre hay espacio para un helado; mejor si es de nieve.

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Rodolfo Guaján Serech nació en Tecpán, Chimaltenango, cuando me le acerqué, sugirió que le comprara un helado, dijo: Si usted lo que quiere es un buen helado de nieve, Dios lo puso en el lugar correcto, cuarenta ocho años llevo de vender y le puedo garantizar que al terminarse su helado será más feliz de lo que es en este momento, lo sé porque  no me aburro de ver la sonrisa de los niños al oír el sonido de la campana, con decirle que hasta los grandes se ponen alegres de que lleguen los helados a su lugar de trabajo, no solo los pequeños son mis clientes los adultos también compran.

Le dije a don Rodolfo que es grato conocer a un heladero con experiencia y que, si el costo de su producto se ajustaba a los ocho quetzales que llevaba en mi bolsillo, con regocijo estaba dispuesto a suicidar mi presupuesto diario con tal de conseguir el efecto que produce el helado en mi cerebro.

Fotografía de Javier Herrera

A sus 61 años don Rodolfo (vecino del Barrio El Gallito) conoce el camino correcto que el ser humano recorre en esta espiral de vida, ama el trabajo que ha nutrido a sus 5 hijos y que gustosamente durante más de cuatro décadas ha desempeñado por las calles violentas de la zona central guatemalteca, aprendió a no esperar nada de ningún político, a confiar en Dios su carreta y los viejos y nuevos clientes que aborda cada día. Dice saber con exactitud en donde el peligro hormiguea en la ciudad, pero que el miedo es algo que a él no le tocó en esta vida, ya que un terremoto, un conflicto armado y una cáscara de banano no han podido acabar con él.

Rodolfo Guaján Serech, un heladero con experiencia. Fotografía de Javier Herrera

Mi papá me hacia caminar largos trayectos alternando las calles de la ciudad del futuro, decía que era la única forma que podía conocer el lugar y que cuando me tocara andar solo no me agarraran de mula.

Hoy hablo poco con mi viejo pero camino bastante por las mismas calles y cada lugar que reconozco hace que mis ojos se pongan vidriosos y mi pecho se sienta oprimido. En ocasiones escucho a lo lejos una campanita y aunque él ya no camina conmigo, cuando puedo me echo un helado de a tres o de cinco quetzales y espero, quizá con un poquito de suerte que mi papá esté al otro lado de la ciudad recordando los mismos instantes que hace muchos años nos hicieron felices…

Autor: Javier Herrera

(Guatemala, 1987) Camino por ahí observando hacía todos lados, menos mi camino, por eso me pierdo.

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