Sólo quiero terminar de aprender a coger

Son los primeros días de 1997. Soy libre ­— no me lo he ganado yo—, lo han decretado mis padres. Es la hora ―¡Por fin!― de entrar a la Universidad, mi viejo sueño, la gran angustia de mi madre. ¡La universidad pública, carajo! La vida real, por fin la vida real. Mi plan es estudiar con todas las ganas y conocer muchos hombres.

Fotografía de Lozano

Casi disfruto del viaje perezoso de la 96 hasta la U. Todos los días llego antes de las cuatro y la voy conociendo. Me gusta la biblioteca pero no termino de sentirme cómoda allá adentro. Me encantan los murales, sobre todo el de las ranas de Arquitectura. Voy a veces al estadio Revolución, es un lugar apacible donde uno puede olvidarse de todo. Todavía no me atrevo a caminar hasta el S-10 y ni me asomo por agronomía. Hay gente que dice que por ahí es un poco peligroso para las mujeres.

Es cierto, la universidad está descuidadona pero se puede caminar un buen rato y conocer gente de todo tipo. Hay jóvenes, viejos, trabajadores, niños bien, loquitos, deportistas, revolucionarios, derechosos, de todo. Incluso hay orejas y dealers, dicen pues. No existe en la ciudad otro lugar tan diverso, tan libre. Bueno, en realidad, conozco muy poco la ciudad pero la U me parece emocionante.

Lo malo es que mi plan de estudiar con ganas no va. Los profesores se aparecen tarde y desganados, y algunos llegan solo a improvisar. Con los estudiantes es casi lo mismo. El flaco, el pollo, Dina, Jorge, Chepe y Rony casi nunca entran a clase, se quedan afuera fumando y hablando astralidades. Dara y Nancy vienen sólo a pelar gente: tienen a toda la facultad clasificada en feos y guapos, con pisto y sin pisto… Tal vez exagero porque apenas empiezo a conocerla pero ahorita me resuenan las palabras de mi madre: ahí no vas a ir a estudiar, dejate de babosadas. Pero su preocupación era otra, que me metiera en babosadas, pues.

El panorama de hombres es mucho mejor. Hay de todo: vagos, fresitas, intelectualoides, izquierdosos, machitos, cachurecos y posibles combinaciones. A mí me gustan varios. El flaco es atractivo aunque habla muy poco. Me encanta Rony, con su melenota y su cara de malo pero como fuma tanto, termina hablando idioteces. Chepe es el mejor conversador y su humor fino podría rematarme, lo malo es que anda de novio. No me agrada mucho el aspecto de burócrata del pollo pero su mirada de lanzallamas está gruesa. Jorge es aparte, sin duda me atrae su izquierdosismo aunque su cara de “mañana triunfaremos compañera”, me da risa y pena.

El problema es que ni sé muy bien cómo flirtear con ellos, ni sé tampoco en qué plan tener algo. Cuando uno ya no es virgen ¿Siempre que tenga algo con un hombre, habrá sexo? ¿Todos los hombres que me gustan ya perdieron su virginidad? ¿Qué pasa si ya no soy virgen pero tampoco sé coger? Los astros se acomodan y me sacan del dilema…

El poeta L. ingresa triunfalmente a la universidad, se me acerca, me declara amor eterno y me invita al toque del próximo sábado (vino incluido). Esta es mi oportunidad. Que no me interesa el toque ni tu amor eterno y que el vino no me calienta, te digo. Pero no le digo la verdad: sólo quiero terminar de aprender a coger y él es más indicado.

Y el sábado directo al acto. Sobre su cuerpo desnudo, a medio acto, observo sin piedad las dos lágrimas que salen de los ojos del poeta L. Son idénticas a las de un cocodrilo. Desgarrada su voz me habla de amor eterno. Devolveme la vida Pilar, volvé conmigo, mujer silvestre. Su rostro triste, su cuerpo débil, me calienta. Sigue siendo 1997, año de la libertad, sábado de libertad. Me voy lejos poeta L., me voy de vos, de tu casa de huéspedes, de tu vida sin nada, me voy por fin con el cuerpo marcado.

Autor: Pilar Gutierrez

(Ciudad de Guatemala 1979). Desordenada, nostálgica y locuaz. escribo para retener el pasado y restarle insomnios. Creo que 1954 y 1982 definen gran parte de nuestro presente.

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