Sueños muertos sobre la acera

 

Por Pablo Sigüenza Ramírez

 

No tengo fuerza para más. No sé qué voy a hacer. Juan y Rodrigo están decididos a llegar hasta el final. Yo ya no puedo. El frío cala profundo. La cornisa que nos cubre no ayuda, el viento sigue corriendo sin piedad a media noche. Le pido al chavo que sale de una casa cercana que me preste una camisa, cualquier cosa para cubrirme el torso desnudo. Me ve contrariado, se quita la playera negra que lleva puesta, se queda desnudo también, me la lanza desde la puerta del carro y se mete para evitar este frío maldito. Agradecido envidio su destino, él irá a una cama caliente, a los brazos y el calor del pecho de alguna mujer que lo desea. Yo no sé si amaneceré vivo. Me robaron el dinero que traía, mi mochila, mi suéter y hasta mi única camisa. Asalto con arma blanca dirá la policía.

Ya no sé si vale la pena seguir pensando en llegar a los Estados Unidos. El centro del dinero ya no me llama, no me promete, está tan lejos. La playera que el chavo me dejó ayuda poco, sigo temblando. Las manos heladas, inmóviles entre mis piernas, añoran el calor de la playa y la comodidad de la hamaca en el patio de la casa. La noche pesa más cuando se pierde todo. La esperanza encogió de tamaño y se fue por la reposadera de la cual salen dos ratas en busca de basura callejera. Si me huelen y me duermo es seguro que vienen por pedacitos de mí. Juan y Rodrigo duermen desde hace rato, roncan como burros desde que el chavo de la playera salió de la casa. Reponen fuerzas para continuar el camino que yo no pisaré más. Me regreso para Choluteca. Le contaré a Silvia que a medio camino pensé que era mejor quedarme con ella y con la niña que tiene en la panza. Algo habrá para el trabajo, quizá con el Chino en su pulpería o ya de cansadas le digo al Diego que me voy a la obra con él.

El frío aumenta, ojalá el chavo de la playera me hubiera dejado un suéter. Seguro que cuando se subió al carro jaló un suéter, se fue cómodo en el carro y a esta hora habrá terminado de hacer el amor y estará por dormirse abrazado a unos pechos calientes y unas nalgas frías. Yo, atrás del palacio de esta puta ciudad me estoy muriendo. El sueño me arrastra, la debilidad me empuja, cierro los ojos, la herida duele, la sangre emana lenta, el frío de esta acera ajena mata. Acá a nadie le importo.

 

Fotografías cortesía de Iván Sánchez y Mittchel Alcántara

Autor: Barrancopolis

Medio digital de arte, cultura y entretenimiento.

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