Te quiero un mundo

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Hotel El Carmen. Fotografía de Fernando Chuy

Por Lester Oliveros

He terminado mi peregrinación. Anduvimos, mi compañera y yo, en más de veinte hoteles de la zona 1 por dos años y medio, de esta Zona Reina, que por momentos se nos volvía una ingrata déspota (y por momentos una zona indiscreta que nos miraba con mucha generosidad). Allí escribía a punta de lapicero y cuadernos escolares lo que ahora es mi novela proscrita. Pero quiero adelantar algo de todo ese conocimiento sagrado describiendo algunos motelitos, ciertos circuitos:

 

El Carmen: Le dediqué a este hotel un capitulo completo de mi novela. Es uno de tantos que se mantiene en la zona del Cerrito por las ofrendas multitudinarias de todas las parejitas románticas que llegan. Además, una tarde vi por lo menos unas quince motos guardadas en el pequeño espacio de su patiecito principal. Entonces yo les dije a los encargados, que por lo menos había una convención de mensajeros puestos de acuerdo para llenar el hotel. No llegaban parejas bonitas, es decir, modelos no eran, pero tenían, luego lo comprendí, el deseo de hacer el amor, lejos de sus familias particulares. Esos secretos que se van añejando desde la adolescencia y terminan por crecer en las entrañas, como para rejuvenecer al alma.

 

El Acapulco: Este es un hotel sencillo. El encargado es un muchacho, que como todos, se desvela y levanta de madrugada. El hotel tiene un gran estacionamiento y la puerta se mantiene abierta todo el día. Al fondo hay un cuarto sin pasador. A la par dos cuartos donde duermen, ya entrada la noche, dos bellezas anónimas.

 

Los Ángeles: En este hotel nos ubicamos en el segundo piso, y además hasta el fondo.  Es un hotel amplio y los encargados no son preguntones.

 

Pensión América: Este es uno de los lugares más siniestros que conocí. Pero hay cuartos por noche a tan solo veinticinco quetzales. Todavía conservan el glamour de los moteles de citas, ya que en cada cuarto hay un chorrito y una palangana. El que tenga oídos para oír, entenderá.

 

Charlie’s: Estuvimos solo una noche. Lo bueno es que hay tienda y la atienden toda la noche.

 

El Gloria: Este hotel es tan encerrado que si uno no tiene alarma, puede dormir hasta las once de la mañana.

 

El Washington: Es una casona antigua. Espantan.

 

Las Ilusiones: Por lo menos llegan más de ciento cincuenta parejas todo el día y parte de la noche. A veces la misma mujer con otros, a veces otros con la misma.

 

Hotel Realidad: De este hotel lo único que me gustaba era el nombre. Alguna vez escribí que debería ser el nombre de todos los hoteles del mundo.

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Fotografía de Fernando Chuy

 

El Pasadena: Este hotel queda en un callejón bastante pintoresco, en ese callejón hay por lo menos seis hoteles de diferentes precios.

 

Las Margaritas: No recuerdo bien el lugar pero estuvimos.

 

La Ceiba: En este hotel, el cuarto número 11 tiene un espejo en el techo que uno siente que se le va caer encima. A veces, era bueno para hacer el amor o para escribir.

 

El Escorpión: Yo no entendía por qué el nombre, y el nombre de un hotel, siempre, pero siempre… siempre quiere decir algo, algunas veces es una clave latinoamericana, otras un signo sexual: una tarde vi entrar, urgidos, contenidos pero precisos, a más de ocho parejas de hombres con una alternancia de 20 minutos aproximadamente. En cada cuarto hay un cuadro de una mujer, recuerdo el 1 de Sofía Vergara, y el 2 de Ana Kurnikova. Arriba, en la esquina, buscando la segunda avenida, hay una placa: la de Luis de Lión con una vela encendida.

 

El Texas: Uno de los más desolados y monumentales hoteles es el Hotel Texas. El edificio, pintado de verde y con un letrero que más parecería una venta de helados por su variopinto y diverso colorido, es un fracaso. En ocasiones solo nosotros estábamos allí toda la noche sin que llegara nadie más. No creo que el motivo sea el continuo pasar de los atronadores tráileres y contenedores, sino más bien un aura de vacío que lo abrazará hasta su fin. En la garita de cobro no hay nadie. Hay que subir unas gradas para darse cuenta que en todo el edificio de cuatro niveles y más de cuarenta habitaciones, solo hay dos muchachitos demacrados y soñolientos.

 

El Triunfo: En la zona 5, oímos ahí gritos de dolor de una madeimoselle que no quería ya estar con su pareja. Pelearon y ella le pedía su ropa y él se la tiró a la calle.  Ella la recogió y él le abrió la puerta. Al final, el amor. Eso lo habíamos experimentado nosotros, y muchos en todos los hoteles… y cuando lo oímos nos emocionó a tal forma que nos reíamos imitándolos.

 

El Marino: Otra vez la zona 5, es un punto, el mejor. Nadie te dice nada. Los policías son cómplices.

 

El California: Solo una o dos noches: si alguien se queda allí se renueva.

 

El Sin Nombre: A este hotel uno mismo le pone el nombre a la salida, yo le puse Gilgal, porque soñé que subían y bajaban angelitas con orejas de conejo.

 

Pensión La Morenita: Una noche allí conocí que las visitadoras de Vargas Llosa se salieron del libro solo para prestarnos lo que nos faltaba para pagar.

 

El Aurora: Allí, en ese hotel hay rostros de filósofos en los cuartos amueblados.

 

La Diligencia: Fue efímero. Pero como todos: misterioso.

 

La Gran Mansión: Amé ese hotelito. Allí fue el primer lugar donde me quedé. Me cobraron nada, me vieron itinerante y salí ileso. Allí fue la primera vez que amé a mi compañera.

 

El Mundial: Un gran ventanal, no tuvimos llave.

 

El Copán: Allí vi pasar la noche muy ansioso, de las paredes del cuarto salían voces, sonidos de placer como vasos comunicantes,  reproducidos por todos lados como un eco, como cuando se sintoniza la misma emisora por todos lados.

 

El Paraíso: Tiene la televisión descompuesta. Si uno la logra encender puede estar seguro que es imposible volverla a apagar.

 

A veces son viajeros, otras veces malabaristas, músicos o gitanos neohippies que se levantan cuando oyen el toc-toc de la puerta a las 9:00 a.m., otras veces son maridos extraviados entre los brazos de una becerra de fuego. En algunos hay agua caliente, TV plasma, radio para CD,  ventilador y toallas blancas, jabón y shampoo. En otros hay que conformarse con que la toalla esté limpia aunque luzca como trapeador. También hay desterrados, familias enteras que suben con sus hijos en brazos, y eso ya no tiene ninguna gracia literaria, sino social.

 

Ahora vivimos en una casa antigua con rosales. Desde el tercer nivel miramos la cúpula de La Merced y los edificios horribles alrededor del Palacio Nacional. Ya no oigo los gritos y quejidos de placer a cualquier hora y en cualquier esquina de todos esos motelitos.

 

Lo malo es que, quién me iba a decir que mi vecino sería un estudiante de violonchelo del Conservatorio Nacional de Música, y me iba a dormir oyendo sus fortuitas composiciones,  y me iba a levantar con los nervios destrozados por la resaca a las seis de la mañana.

 

Ahora que voy pasando de nuevo por el Cerrito del Carmen, exactamente por la 2da Calle y 12 avenida veo pasar mi vida de antes y fue como un tren en marcha, veo la pared de enfrente y leo lo escrito con la precisión del grafiti: “Te quiero un Mundo”. La vida ha hablado.

 

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Fotografía de Fernando Chuy

Autor: Barrancopolis

Medio digital de arte, cultura y entretenimiento.

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