Tenía un pene hermoso

Candy

Fotografía de Cecilia Cobar Falla, de la serie El Que Encuentra Una Flor.

Eran como las ocho de la noche cuando escuchamos que en el parque de la ciudad estaría la Sonora Dinamita amenizando la fiesta por el día de la Diversidad Sexual. No bailo mucho, ni me sé todas las canciones que toca el grupo, pero la alegría de todos en el bar me contagió, así que me uní al grupo.

 

Tomo cerveza desde hace dos años, creo, y para ese entonces todavía no conocía el límite de mi cuerpo. Recuerdo una vez que me tomé dos vasos de cerveza a la orilla del Lago de Amatitlán y me puse tan ebria que cuando iba de regreso a mi casa, un amigo se hizo pasar por mi novio para abrazarme y ayudarme a caminar y ya dentro del Transmetro tuve que vomitar dentro de mi mochila para que no me bajaran.

 

Regresando a la zona 1, cuando llegamos al Parque ya había tomado como tres vasos de Cabro con jugo de tomate. Como tampoco soy tan extrovertida, lo primero que hice fue comprar una oferta de dos latas de Gallo por Q15. De esa forma me aseguraba que en algún punto de la noche entraría en ambiente. No sé de dónde saqué dinero para más, pero después de varias ofertas pasó lo siguiente:

A lo lejos vi al chavo de mis sueños (tengo muchos sueños). La verdad me gustan mucho los hombres. Antes no era tan así. Hasta hace como dos años nunca me había gustado un chavo por su físico. Bueno, uno sí, pero era Tobey Maguire en las películas de Spiderman. Él sí me encantaba, qué lindo, sus ojos y las comisuras de sus labios. Me gustan los Peter Parker, tímidos, medio despistados, interesantes y con ganas de salvar el mundo 😀

 

Bueno, el muchacho del que hablo es algo así. Solo que no tan tímido. Ya lo había visto un par de veces, incluso una vez me lo encontré en un edificio y me preguntó dónde estaba una oficina. Sabía la respuesta y después de utilizar una amplia explicación para decirle que estaba enfrente de él, me despedí. No olvido la magia de ese día. Nteeeee.

Quería hablarle pero no sabía cómo hacerlo, así que acudí a uno de mis amigos treintañeros. Sabía que él tendría la respuesta. Le conté que me gustaba mucho y resulta que él le hablaba. Así que en medio minuto ya teníamos un plan. Mi amigo se acercaría para saludarlo y yo casual pero estratégicamente me pararía a su lado. Me terminé la cuarta lata de cerveza haciendo caras (no tenía juguito de vegetales y de verdad creo que la cerveza sabe feo) y llegué con toda la seguridad que me daban los zapatos de tacón que me había puesto ese día y que me hacían ver más alta y con buena postura.

 

No logré ser tan disimulada. Solo me paré a su lado (un poco asustada y estática) y él empezó la conversación. Fue tan agradable, nada forzado. Fue ameno (pero no Córdova), divertido y entretenido. Nunca sentí que debía sacarme temas de la manga, hablamos de todo y se me hacía el chavo más buena onda del parque. Tomar mucha cerveza no es bueno, y si en ese momento ya se hubiera hecho viral el video de los niños que se caen del techo de su casa, mi pensamiento hubiese sido: esto se va a descontrolar.

 

La palabra bisílaba

 

No recuerdo cómo llegamos a una casa a orillas del periférico. Cuando hago memoria pienso en la primera escena de Birdman, esa donde Michael Keaton, inserto en su personaje, se suspende en el aire y se escucha una voz que se pregunta: “How do we end up here. This place is horrible, smells like balls”. La casa estaba fea. Es famosa por eso creo, pero había muy buen ambiente.

 

Estaba lleno de gente, cerveza, marihuana y buena música. Incluso había una cruz invertida… No pude soportar caminar un segundo más con mis zapatos de tacón, así que cuando entramos lo primero que hice fue buscar al anfitrión y pedirle prestados un par de zapatos. Esperaba que mi personalidad vibrante y ebria compensara mi falta de estatura y mala postura. Creo que a esas alturas de la noche ya nada importaba.

 

Así regresé a platicar con el joven que me recordaba a Peter Parker. Él resultó ser uno de los primeros chavos que me gustó físicamente, a parte que su forma de ser me cautivaba. Ya no sé de qué hablamos. Luego sólo recuerdo estar en un pasaje sin luz besándome con él. Besos intensos y apasionados.

El lugar era oscuro, había dos carros. Estábamos en medio de los dos vehículos, aprovechando la falta de luz y el respaldo de la columna que parecía sostener el techo. Con los besos nos acercamos más y más hasta que nuestros cuerpos empezaron a apretarse.

 

Nos fuimos a su casa, y casi en cada cuadra nos deteníamos a besarnos. Otra vez tenía puestos los zapatos de tacón, así que me sentía como una lady.

Subimos las gradas hacia su apartamento y cuando por fin abrió la puerta nos acercamos apasionadamente para devorarnos.

 

Tengo lagunas mentales de esa noche. Pero hay algo que recuerdo bien y es su pene. Escribir esa palabra bisílaba no es fácil. Toda mi formación fue cristiana evangélica, así que claro que durante mucho tiempo pensé que era pecado tener sexo antes del matrimonio. Si sucedía, pasaba semanas sintiéndome mal por eso. Creyendo que era sucia y que cada vez que alguien tocaba un espacio de mi piel, yo perdía valor. Dejaba de ser una buena persona, alguien que valiera la pena.

 

Todavía me cuesta decir en voz alta pene. Escuchar cómo suena la palabra en mi cabeza. Vagina ya es más natural, pero no suelo pronunciarla mucho. Ahora ya conozco mejor mi cuerpo y lo nombro como es, cada espacio de él ya no es un lugar sucio o desconocido para mí. Pero para llegar a esa conclusión pasaron muchas cosas, entre furiosas aventuras y lágrimas. Todavía estoy en construcción, pero cada vez me siento más persona, empiezo a aceptarme con todas las contradicciones. Hay un ser humano debajo de este personaje que escribe sobre una aventura sexual bajo el nombre de un risito de la marca Diana (Candy Maíz).

Cuando digo que tenía un pene hermoso pienso en el asco que aprendí a tener por el cuerpo de los hombres. El desprecio que la sociedad también me inculcó tenerles. Cuando estaba en el colegio era común que a las mujeres nos separaran de los hombres porque eran sucios, pervertidos y calientes. Nosotras nos debíamos entregar a la delicadeza y pulcritud. Pero adivinen qué. Debajo de mi falda palpitaba algo. No sabía que era hasta que un día, cambiando los canales en la televisión llegué al programa de sexualidad de Silvia Olmedo en Telehit. Alguien le estaba preguntando qué era esa palpitación que a veces sentía entre las piernas. Ella dijo, felicidades estás viva. Es tu vagina. Es excitación. Calentura pues.

Nota del editor: Inexplicablemente la foto que aparece en esta nota no tiene nada que ver con el artículo pero no podemos quitarla. Ofrecemos las disculpas correspondientes al señor Amenotheph Córdova, ya nuestro máster de la web está intentando solucionar el asunto.

Autor: Candy Maíz

Soy Candy Maiz. Criada en la tenebrosa Villa Nueva. Furiosa aventurera que viaja a diario en un bus extraurbano. Quisiera ser libre como un chucho callejero. Mientras la vida pasa escribo en mi smartphone un anecdotarío. Me gustan los recuerdos, las cejas, las nubes y los tortrix de chiltepe.

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