¡Tirar las tortillas es el hit!

¿Quién no recuerda cuando nos mandaban a traer las tortillas? Usualmente era a medio día justo antes del almuerzo, cuando el sol se encontraba en su máxima expresión.

Fotografía de Fernando Chuy

Uno acababa de aterrizar en la casa desde el centro de estudios, muchos nos quitábamos el uniforme, otros se lo dejaban como si fuese un trofeo, pero eso sí…  ¡A todos nos mandaban a traer tortillas!

Y si vos sos de esos a los que no mandaban a traer tortillas, dejame decirte que tenés un hoyo en el aprendizaje sobre la vida. ¡Son bromas!, pero recordá que entre broma y broma…

No voy a negar que a veces sentía una pereza enorme de ir a la tortillería, pero también sabía que, como hija única, si no lo hacía yo, no habría hermano que fuera, y definitivamente no estaba dispuesta a comer mi almuerzo sin ese complemento único proveniente del sagrado maíz que acompaña las comidas aquí en Guatemala.

A mis 8 años (si no me traiciona la memoria) era costumbre que para ir a la tortillería me iba acompañada por mi gata siamesa llamada “Michi”, tomaba un carruaje de muñecas que conservaba y sentaba a mi gata en él, le ponía el cinturón y nos íbamos a la tortillería. La acostumbré desde muy pequeña, así que para ella no era atemorizante salir en carruaje a la calle.   El ritual consistía en pasar a la tienda a comprar algunas bolsitas de ricitos Diana que en ese tiempo costaban 35 centavos.  A mi gata y a mí nos gustaban las chucherías y ya armadas con estas finalmente nos íbamos por las tortillas.  Siempre había cola, era rarísimo que no encontraras una fila de por lo menos 4 o 5 personas; por la hora la demanda es grande.

La gente siempre se asombraba de ver a un gato sobre un carruaje llegar a la tortillería. Por lo tanto, mi gata era el centro de atención en el rato, cuando llegaba el turno y nos despachaban, nos íbamos directo a casa sabiendo que el almuerzo estaría servido en la mesa por mi abuela o por mi madre.  Ya se sabía que si eran recados uno se iba a hacer bajado el muñecon de tortillas.

Hoy en día vivo fuera de la ciudad y la tortillería más cercana queda a un kilómetro de mi casa, así que hace varios meses atrás comencé a tirar las tortillas en el comal. Al principio me daba un poco de pereza, pero al hacerlo seguido se ha convertido hasta en algo satisfactorio para mí; mientras me dedico a hacerlas, permanezco en silencio y otras veces escucho dungeon synth (miren cómo se mezclan las culturas). Aprovecho ese tiempo para hacer retrospectivas sobre mí, analizarme, estudiar situaciones, encontrar soluciones, alternativas, nuevas perspectivas de situaciones personales en las diferentes áreas de mi vida. Es como tener un tiempo extra para la meditación diaria, otro momento para estudiarme durante el día, y ¿por qué no? a veces solo tarareo en mi mente alguna composición que ando creando cuando hay silencio pues soy compositora y me gusta crear canciones.

No puedo decir que tirar las tortillas en casa sale más barato, lo que sí es que ahorra la caminada. El esfuerzo y el tiempo que se deja en cada tortilla es invaluable, y más ese sentir al probarlas o al ver el rostro de tu familia al comer tus tortillas.

Quiero aprovechar las últimas líneas para ofrecer mis respetos a todas las tortilleras, pues como me comentó mi amigo Juan Calles: Algo de magia hay en las manos que convierten los granos en alimento.

Autor: Lorraine Villegas

Lorraine Villegas (Guatemala, 1987) Cantautora

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