Todo puede caber en un bolsillo

No todos los días se lleva a la niña a jugar al parque. Esas cosas hay que merecerlas, pero ante todo hay que levantarse temprano. Sólo proletarios, campesinos, jubilados e impúberes se levantan temprano.

Fotografía de Ban Vel

A la niña hay que sentarla sobre los hombros para que recuerde al abuelo más allá de un dolor de lumbago con piernas. Los sexagenarios ocupan buena parte del tiempo libre ideando inútiles maneras de disimular la edad. Mina más temprano que tarde será adolescente y se verá a sí misma como la suma de lo peor de sus padres, que en su caso es razón sobrada para odiar el mundo. Pero a mí (el espécimen portentoso del clan) me recordará como una breve imagen fantasmagórica o como lápida a visitar aprovechando el funeral de algún conocido; o ni eso. Así que no puedo darme el lujo de parecer un viejo cagón ante esta criatura del mal. “¿Verdad que sí, mi Minnie…? A veces olvido que no entendés español… pero es el idioma de una fracción de tus ancestros, otra parte importante fueron indios, más probable indias violadas en la Conquista, Minnie, pero no te preocupés, en esta parte del mundo se descubrió el cero mucho antes que en las Galias de tus antepasados maternos; hay que portar la mancha mongólica con dignidad, Minnie. Por duro que parezca el presente hay que aprender a sobrellevarlo; a veces uno es pobre y hereda deudas. Cuando crezcás te darás cuenta que uno hereda generalmente mierda. Yo por ejemplo te heredé un papá Post-Doctor en Ciencias Oscuras, pero pudo ser peor, creéme, hay unas cosas que se llaman diputados”.

Ella ahora más bien se interesa por la historia de las cosas simples: biografías imaginarias de los perros callejeros, el nombre de las nubes rechonchas y gigantes, el número desconocido de trinos que logra imitar el zanate. Obviamente un abuelo es aquella persona forjada por los años encargada de transmitir conocimientos básicos de la cultura popular a las últimas y descuidadas generaciones. Por ejemplo, hoy Mina está a punto de aprender en el trayecto de casa al parque en hombros de su abuelo, que el zanate es el ave nacional de Guatemala.

A medio día la niña Mina es exquisita contertulia para devanarse en conversaciones en grado de ventaja sobre complejas escuelas de pensamiento, pero a las ocho de la mañana de este domingo, lo que la jovencita precisa es asirse de mi cabeza gris y contemplar el paisaje surrealista de esta urbe tercermundista. Apenas y habla de política para señalarme al muchacho que transporta su puesto ambulante de shucos. “Grandpa, why he’s pushing his car?”, y le tengo que explicar que los pobres casi siempre no tenemos carro, y que los más pobres entre los pobres tienen carros pero no gasolina. Como de idiota no tiene nada, termina señalando y riéndose del gruñón de sudadero y banda elástica en la frente que nos presume el motor de su BMW con el semáforo en rojo. Entonces le explico que un rico es una persona que va en BMW al gimnasio en lugar de hacer ejercicio en su casa o sacarse la mierda picando piedra. La parte del BMW no la entiende muy bien y tengo que explicar que hay carros hechos específicamente para ricos y carros específicamente para pobres, estos últimos llamados Toyotas. Vamos enumerando cada Toyota que encontramos en el camino, para que al final del día saque cuenta estadística de la generosidad de nuestras importaciones niponas.

El parque por fin y “Go ahead, sweetie. Enjoy the games” y la diablesa se va solita, independiente que es, a buscarse la vida en las estructuras carcelarias metálicas creadas para el descanso de orgullosos madrepadres autocomplacientes. No tarda en encontrar fieles lugartenientes del hampa dominical. Cual pirata inglesa haciendo transacciones en el caribe Mina se salta cualquier barrera lingüística a fuerza de mímica y violentas gesticulaciones.

Por lo pronto expongo mi tercera edad a los gajes de la rutina. Uno sólo quiere sacar su librito y aprovechar el tiempo perdido, pero es menester alzar la mirada por encima de las páginas cada medio minuto para ver si todo bien. Y sí, todo en orden. Mina y secuaces juegan a Los 120 días de Sodoma versión Pasolini, pero quién soy yo para juzgar las experiencias recreativas de estos mamíferos.

En una oteada me percato del paisaje exuberante de nalgas adonde quiera que volteo mis cansados ojos. ¡Cruel obsequio de guantes al manco! ¡Dan ganas de quitarse 30 años! Intento ignorar el tumbao de los culos y los saltitos de las mamas, pero es imposible; uno se siente vivo pero condenado, estas muchachas adictas al ejercicio cardiovascular evocan antiguas texturas y trastocan el pacífico deterioro con el que suele transcurrir el final de mi existencia.

Volteo la vista hacia mi encargo personal y logro ver a los rapaces jugando al ahorcamiento de Guy Fawkes mientras una muchacha de buen ver camina hacia mi dirección. Se sienta en la banca donde estoy:

¡Buenos días! —Saluda con la candidez de los guatemaltecos apostólico romanos.

Buenos días… —digo parco pero cortés, y vuelvo a mis páginas.

Usted es el abuelo de la canchita, ¿verdad?

[¡Ála gran puta, tenía que usar la palabra!]

El abuelo, sí. ¿Cómo lo supo? —Tampoco hay que ser genio, pero en estos casos uno se hace la vaca; “la educación no pelea con nadie”, diría el más lerdo vendedor callejero.

Vi que vinieron el domingo pasado, y me llamó la atención la niña, es muy linda, ¿no habla nada de español, verdad?

—Es fruto del mestizaje contemporáneo, el mejoramiento de la raza que le dicen —explico con vehemencia mientras miro de reojo a Mina Fawkes impertérrita en su patíbulo imaginario—. No, —continúo— pero le estoy enseñando algunas cosas durante su estadía en la patria de los criollos. Mi yerna Mina es gringa, la pobre, y mi hijo Fernando fue devorado por las pirañas en una expedición diplomática en la amazonia venezolana, así que me toca ser el tutor de español de Mina junior. Crueles pero educativos son los designios del Señor.

¡Ay Dios! ¡Qué lo siento! Perdóneme, no era mi intención… Mi pobre beba —dice, aprehendiendo a mi Mina como si tratara de un hijo propio— ha de estar pasándola fatal…

Las pesadillas no la dejaban dormir, pero por suerte es niña renacentista y se tranquilizó cuando le expliqué en perfecto inglés [¡shish la mierda!] que la autopsia todavía no ha confirmado nada, que no puede confirmar nada porque no tenemos noticias del paradero de su papito desde hace tres días, pero como tres días amazónicos son tres años guatemaltecos es mejor prepararse para lo peor, teniendo en cuenta pirañas, anacondas y tribus reductoras de cabezas. Decirle entonces que siempre sí las pirañas, era lo más benévolo, y no lo tomó tan mal la desgraciada criatura.

¡Ay no! ¡Tan exagerado! —Conque agarramos confianza…— ¡Cómo le dice eso a la beba! —Se ríe del disparate— Ya va a ver que todo bien, ¡tres días no es nada!

Puede que tenga razón, seño, pero a mi edad uno es más susceptible a la imaginación, y ni modo, excusas quiere la vida.

¿Cuántos años tiene?

69, bien echados…

Yo le calculaba cincuenta y tantos…

Es probable.

¿No sabe cuántos años tiene? —Ríe con malicia—.

Juraría que el año pasado cumplí 62, pero como el presente baktún parece transcurrir a velocidades mágicorreligiosas, ya no se sabe.

¿No que 69 pues…? —La monja liberta sonríe con picardía y mira de reojo.

[Usted manda, seño, si tanta es la gana nomás me pega un grito, aquí estamos a la orden y a la disposición, no tenga pena… Pero a estas alturas no sé si estoy en condiciones de echarle uno completo sin ayuda farmacéutica. Soy apenas un sufrido viudo zen que vino a este parque de paisajes concupiscentes a hacer penitencia visual en pos de su limpieza kármica ignorando que Venus en persona iba insinuarle subir a su monte olimpiaco de incandescentes malezas…]

Era por probar. Un amigo dice que nadie es invulnerable a la seducción. Pero a todo esto, me llamo Jacobo, como el coronel. ¿Y usted, viene todos los domingos a este parque?

Lucía me revela su nombre y otros detalles sin perder el humor y entonces apunta su índice en dirección a Andrés, uno de los niños que juega con Mina a cierta representación que ahora sí resulta indistinguible. Ya tenemos otra excusa para venir con Mina los domingos… digo, para que el pobre Andrés, hijo de Venus, no se aburra de lanzar flechazos erotizados a los chuchos fufurufos que retozan en esta fastuosa posesión municipal rodeada de alcantarillas de malsanos efluvios.

¿Están jugando a los piratas?

Pues, parece… —replica Lucía llevándose los dedos al mentón y estirando el cuello para contemplar bien la escena.

Mire cómo es la vida. La niña es descendiente tanto de sureños afectos a William Walker como de las huestes centroamericanas que cercaron al filibustero.

¿Quién es William Walker? —pregunta con auténtica curiosidad.

Un presidente decimonónico de Nicaragua que llegó a Centroamérica en forma de filibustero, pero que en realidad era sólo un esclavista protopentecostal aburrido de tener cuatro estaciones al año. Le encantaba el clima, pero no sabía que las amebas abundan en el trópico provocando insufribles diarreas que te deshidratan hasta perder la cordura y volverte católico. Fue felizmente fusilado en tierras hondureñas en una fecha ahorita mismo difícil de recordar.

—¿Un filibustero es como un pirata?

Y sí… Lo que viene siendo un pirata temeroso de dios.

¡Ála, dónde aprende tantas cosas?

Bueno, ya sabe lo que dicen de la cultura general del ángel caí… —Andrés irrumpe lanzándose a los brazos de la Venus para murmullarle algo al oído.

Andrés tendrá acaso cinco años, apenas uno más que Mina. “Mama mirá, no me quiere enseñar lo que tiene en la bolsa” —logro captar del mensaje secreto. Parece que Mina oculta algo en el bolsillo.

Mina me cerca con exhalaciones de satisfacción que sólo el juego infantil, el descanso eterno y otros placeres mundanos otorgan. No soy persona curiosa y me hago el desentendido, pero como se toca el bolsillo protuberante y hace mueca de querer dar demostración terrenal de sus infinitos poderes diabólicos, me apiado de ella y “What’s up, honey… Wanna show grandpa what you got in your pocket?”, pero “Uhm… uhm…” gutural; mueve la cabeza de un lado a otro mirando a las copas de los árboles y usa su pierna derecha como un péndulo que remueve y me salpica de tierra negra de tan húmeda. “Welly well, young lady. In this case, grandpa can wait till his birthday to find out. Don’t you bother.”.

Andrés sigue dando la lata sin parar y Lucía tiene que prestar doble atención a lo que acontece a medio metro si se quiere enterar del chisme, mientras la inversión psicológica hace efecto inmediato con el viejo truco de abrir el libro donde se quedó y ponerse las gafas; Mina me agarra de la cabeza y me jala para revelarme el misterio. “Oh Minnie, cute little devil! I would never have guessed!”, y sellamos el pacto con un estruendo de palmas que deja desconcertados a nuestros interlocutores inmediatos.

¿Qué dice la nena? —Pregunta Lucía con avidez astrofísica.

Pasa que tiene algo en el bolsillo.

¡Sí sí! ¡Andrés me contó!

¡Es una cosa increíble!

¡Ála gran, qué es?

Es… un secreto…

Autor: Camilo Villatoro

(1991-…) Escritor de ficciones y sátiras, esteta, nápiro y humorista iconoclasta. Nacido en México pero de identidad guatemalteca. Según un primo borracho que lo quiere mucho, “la persona guatemalteca más inteligente de todos los tiempos, pasados, presentes y futuros” —cosa no muy difícil de lograr. Pese a esta espectacular ventaja evolutiva, su intelecto es inversamente proporcional a su modestia; el único problema es hacerlo creíble.

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