Artimañas a la hora de echarse los tapis

A pocos días de que se terminaron las fiestas de fin de año, conviene reflexionar nuevamente sobre ese arte, oficio, deporte, pasatiempo o hábito que representa empujarse los buenos tapis. Si partimos de la premisa que la meta de tomárselos es alcanzar un estado dionisíaco, se vuelve relevante preguntarse cómo le hace la muchachada para burlar a su destino y tomar sin emborracharse.

El muy noble y muy leal oficio de empujarse los buenos tapis en Mi Verapaz. Fotografía de Fernando Chuy

Después de un arduo trabajo etnográfico, en esta columna llegamos a la conclusión de que la bandita generalmente utiliza seis mecanismos distintos para salir a parrandear y no terminar en estado lamentable. Advertimos que no todas las formas son dignas de admiración, pero dado que no escribimos El Tapis para agradar la doble moral de nadie, de todas formas, las vamos a mencionar. Al fin y al cabo, como bien se dice en Barrancópolis, lo que les vamos a contar es lo que hay.

 

Los métodos preventivos

Idealmente, cuando sabemos que vamos a tener una dura faena, nos preparamos física y mentalmente para dar lo mejor que tenemos. Buena hidratación, comida sana, un pestañazo reparador, algún reconstituyente para ese gran muchachón que es el hígado, algunos menjurjes naturales vueltos té o algunas medicinas mágicas en pastillas tomadas unas doce u ocho horas antes del gran evento, son algunos consejos que los más instruidos en la materia le dan a uno cuando se empieza en estas lides.

La idea es que ese derroche de energía al que nos vamos a someter no signifique tanto castigo que nos deje a medias en plena cita y que al otro día se aminoren los efectos de la aborrecida cruda.

Estos métodos son tan viejos como el mismo guaro, pero adolecen de un defecto: que presuponen que sabemos cuándo habrá fiesta y que estamos en condiciones de prepararnos. La verdad es muy otra, cuatro de cada cinco idas a beber son espontáneas y generalmente surgen luego de largas faenas de trabajo, tan corridas o mal pagadas que el desayuno fue liviano y el almuerzo, chatarra.

Un shuco con todo o una tostada de chow mein son alternativas rápidas, económicas y eficientes a la hora de “hacer base” antes de una jornada de tapis. Fotografía de Fernando Chuy

 

El amarre

Ya en esta columna hemos hablado de la importancia de hacer base previo y durante una difícil jornada de tragos. Salado o dulce, es cosa de cada quien, pero mezclar los tapis con algún bocado de comida sirve para introducir un aliado al organismo al momento de enfrentarlo con ese tremendo rival que es el alcohol. Todos lo hemos dicho y hecho: “pidamos algo de comer, vos, para que el trago amarre”.

Este mecanismo es muy conocido, al punto de que en la mayoría de lugares en donde se precian de tratar bien a sus comensales, hay una política de amarre: una sopita para el cliente (de la que no se vendió el día anterior, con un poquito de agua extra), una tanda de tortillas con “algo” (sería muy aventurado delimitar los tipos de animales que se sirven en los bares y cantinas de la ciudad), una que otra fritura, semillas y hasta algunas frutas. Creámoslo o no, hay lugares que son visitados específicamente por sus bocas, aunque dicha consideración es más propia de los veteranos que de los novatos.

 

La infalible guaca

Muy de moda entre la juventud de ayer y hoy, echar la guaca es el mecanismo antiborrachera más utilizado de lo que se cree. De ello son testigos los parqueos y baños de los antros, los árboles y macetas, los patios de atrás y los postes de las esquinas de las casas. Infestado como está el estómago de alcohol e incapaz de procesar tal cantidad, no falta el mitómano que utiliza este artilugio para quedar “como nuevo” y seguir en la jugada.

Fotografía de Fernando Chuy

A los adictos a este tipo de tretas, los podemos reconocer cuando regresan a la mesa principal, ojos vidriosos, limpiándose la boca con la manga del suéter y algo salpicados de los zapatos y pantalones, pidiendo una efímera tregua con un poco de agua -pura o soda-, para bajarse el mal sabor, previo a atrancarse la siguiente tanda de tapis.

 

Hacerse el loco

Mientras la menguante lucidez lo permite, un buen adicto al tapis tiene la oportunidad de estudiar al selecto grupo que conforma su mesa de tragos. Obviamente destacan el que más ruido hace para tomar y el que más toma, pero calladito. Por su parte, el fanfarrón se hace notar cuando bebe a fondo, somata el vaso en la mesa y grita pidiendo que se lo llenen. El otro, en cambio, no avisa, sólo espera la siguiente ronda y furtivamente toma intermedios.

Pero en medio de estos personajes, están los más comunes, los que toman a ritmo promedio y los que se hacen los locos. Vamos a centrarnos en los segundos. Se levantan justo cuando se va a brindar, se cambian de mesa cuando se pide otra ronda o salen a llamar por teléfono cuando la sirven, se cambian varias veces de lugar con el mismo trago en las manos, el cual dejan “olvidado” en cualquier parte, se echan más soda o más hielo, toman por sorbos o hacen como que toman y, peor aún, lo dejan caer “accidentalmente”: en el trago de otro amigo, en la mesa o en el suelo.

Estos individuos, no pudiendo decir “ya no quiero” y, presumiblemente, queriendo simular que llevan el ritmo del grupo, pasan la noche bohemia engañando. Mientras todos van perdiendo la cordura, estos continúan “impecables”, tomando la fotografía de los yerros y aciertos de los demás. Es por eso que no son bienvenidos en muchos círculos, porque no exponiéndose a hacer el ridículo colectivo, pero queriendo estar en la función, se teme, con razón, que sean agentes infiltrados del mundo de los sobrios.

No olviden jamás llevar sencillo para la rocola. Fotografía de Fernando Chuy

La bailada

Acaso la forma más efectiva y genuina de hacer transcurrir la borrachera sin mayores sobresaltos sea la bailada. Merengue, cumbia, salsa, pasito duranguense y hasta un reguetón son buenas excusas para abandonar la mesa por largos ratos y regresar alegre, allá cada tanto a descansar los pies un segundo, a dejar el saco o a beber, literalmente, un trago para la sed. Y es que todos tenemos un amigo o amiga así, que no pueden ver a nadie sentado porque lo ponen a bailar, así como todos tenemos a alguien que no puede ver a nadie parado porque lo sientan a beber.

Debe hacerse constar que no es lo mismo bailar y parar a beber que beber y parar bailando, porque una vez el tapis ya se apoderó del individuo, ser protagonista de más de algún clavito nada lo evita.

El pase

Esa mara cómo aguanta, dicen los incautos cuando ven a un grupo de jóvenes que beben y beben toda la noche y en vez de decaer se ven más animados. Lo que estos ingenuos no observan, es que estos alegres jóvenes peregrinan en fila hacia el baño, “limpiando el salón” con un pañuelito, y regresan tarjeta de crédito o llave en mano. A ese permiso artificial que la mara se da para seguir resistiendo desvelo, derroche de energía y tragos, se le denomina comúnmente “un pase”.

Fotografía de Fernando Chuy

Aunque no aparezca en el menú, en la mayoría de bares y cantinas del país hay pases o tolerancia a los mismos. Solamente hay que saber cómo y a quién pedirlo: al del parqueo, al de la entrada, al mesero, al cantinero o hasta al dueño. Y si se lleva al antro, dado que la venta de pases está a la orden del día en todas las colonias y barrios de la ciudad, solamente hay que saber el rito para “dártelo”, no vaya a ser que la moral de más de alguien se ofenda… por verlo en público, claro.

Autor: Juan Pablo Muñoz Elías

Estudiante. Platicador. Bohemio. Amigo. Humano al fin.

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