Un arcoíris abraza el concreto

Era de mañana, el televisor se prendió y el pronóstico del clima hizo que dejara su cama con sobresalto. Se lavó las manos mientras silbaba como pájaro frente al espejo salpicado. Se apresuró al balcón y dirigió la mirada al cielo, lentamente la brisa chocó contra su epidermis reseca de tiempos y soles solitarios.

Aspiró como queriendo inhalar las nubes por la nariz. En ese instante eterno perdió la conciencia de los sonidos desesperados de la calle. Sus pies sugirieron un leve movimiento y quedó de puntillas, flotó como un fantasma sobre el viejo piso del apartamento; luego, presuroso se dirigió al baño para ducharse. Al terminar, sacó del viejo ropero sus ropas más elegantes y se acomodó la corbata sobre la camisa de seda gris.

Antes de salir, se examinó en el espejo, se sintió tan inmenso que vio su figura incompleta en el reflejo, pero observó un brillo en las flores violetas estampadas en su corbata. Se acercó al calendario colgado en la pared que marcaba mayo y lo guardó en el bolsillo, justo en el pecho. Tomó un paraguas negro y salió dispuesto al invierno.

Bajó por el largo pasillo que llegaba la entrada principal. Ahí se encontró con la portera y una sonrisa se dibujó en el rostro de ambos. Ella se quedó viendo cómo la figura galante de él se difuminaba.

Ilustración de Luis Caal

Llegó a una esquina y entró a una cafetería, pidió un café con leche y unas rosquillas bañadas en chocolate. Cuando estaba sentado frente al ventanal, las letras fluyeron instantáneamente; al inicio, como una leve llovizna, pero pronto se convirtieron en un aguacero sobre el reverso de la hoja arrancada del calendario. No fue suficiente y todo espacio a su disposición tuvo que ser usado para la afanosa tarea de escribir. Al terminar, se levantó y dejó unos billetes sobre la mesa, su figura quedó detenida por un instante en el arco de la puerta de salida.

Vio su muñeca derecha, el reloj marcaba las 11:47 a. m., afuera el cielo rompió en llanto. Abrió su paraguas y mientras toda la gente empezó a correr,  él sonreía y caminaba resplandeciente. Se detuvo en la casa número veintitrés, contempló cómo la humedad resbalaba por las paredes y se agachó para introducir debajo de la puerta su torrente de ideas.

Caminó complacido bajo las lágrimas del cielo, aunque la vista se perdía a dos metros de distancia, el color gris pintó las formas que estaban frente a él. El sonido de los motores  de los carros que transitaban por la avenida era leve, porque el miedo a la muerte redujo la velocidad y la desesperación. Los bocinazos cotidianos  dejaron de romper los tímpanos.

La primera lluvia relajó a la ciudad  y sus histerias. Al ir por el camino de asfalto, pisó los charcos y se sacudió los zapatos para luego limpiarlos con el pantalón. La humedad subía por su ropa casi besando sus rodillas. Se detuvo en un barandal, cerró el paraguas y de sus labios salieron unos versos para la lluvia…

Hoy amanecí líquido

busco mi tercer estado

estoy compuesto

destilándome

por mis lagrimales.

 

Hoy amanecí líquido

y busco la corriente

del hermoso río agitado

que arrastra barquitos de papel

con los que juegan los niños en el fondo del barranco.

 

Hoy amanecí líquido

como una gota de lluvia

que cae lentamente al abismo.

 

Al finalizar la lluvia,  un arcoíris hizo acto de presencia atravesando el firmamento como un filo diminuto. Pocos ojos lograron apreciar aquella poesía rara.

 

Autor: Luis Caal

Aprendiz de artista plástico, a veces urbano, a veces de galería.

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