Un caldo de pata, una comunión con el pasado, un revivir constante

“La barca en que me iré lleva una cruz de olvido, lleva una cruz de amor y en esa cruz sin ti me moriré de hastío”

Calderón de patrullas

Fotografía de Elí Orozco

Los que aún quedaban despiertos después de una noche de boleros rancheros cantaban desentonados y borrachos. El frío de la madrugada y algunos gallos que cantaban a lo lejos les anunciaban que habían amanecido chupando. Una mesa llena de cadáveres de cervezas y rones blancos lucía triste y desesperada.

En un disco de vinil brillaba la foto de un orgulloso Javier Solís vestido de charro, las chencas de cigarros apestaban muy cerca de la tornamesa que neciamente repetía las canciones viejas y tristes. El plan era dormir un par de horas y luego salir a buscar uno de los comedores que se jactaba de preparar el mejor caldo de pata de la ciudad. Hay lugares que insisten en preparar este cocido también llamado “levanta-muertos”, un epíteto correctamente endilgado, cualquiera lo sabe, cualquiera lo ha experimentado.

Este lugar se encontraba en La Castellana, una avenida en la zona 8 de la ciudad, entre la terminal y el boulevard “Liberación”, oculto entre tortillerías y talleres de mecánica. Un comedor con mesas de pino y carteles ochenteros, un cálido olor de panza de res cocinándose recibía a los comensales que se atrevían desde temprano a llegar engomados o medio briagos a esperar que saliera el primer caldo de la gigantesca olla de barro ennegrecida de tanto fuego, de tanto levantamuertos.

Como ya se sabe qué es lo que desean los comensales, aquí no hay preguntas ni respuestas. La señorona se acerca a la mesa con vasos, octavos de aguardiente, gaseosas y hielo. «En diez minutos está listo el caldo ´e patas», asegura, mientras coloca los efluvios sobre la mesa. Los labios secos y las comisuras blanquecinas delatan la resaca de los visitantes.

El gordo con espinillas en las mejillas se levanta y busca entre sus bolsas algunas monedas para accionar la rocola. Elige tres boleros que sabe son del agrado de todos los presentes: Gema, Contigo en la distancia y Las tres cosas de Pedro Infante. Todas las canciones describían perfectamente la borrachera del amor. Le sobraba una moneda y para cortar el mood de los boleros eligió Me gustas tú de Manu Chao. «¿Cuáles pusiste?», preguntó de mal modo el que parecía ser el líder de la manada. El gordo no contestó; no podía, ya se empinaba el vaso lleno de guaro para bien-venir los primeros acordes de Gema.

No se sabe bien si fue la música o los olores que salían de las ollas los que dejaron mudos y tranquilos a los engomados, lo cierto es que la mezcla de los tomates, las cebollas, los pimientos, las zanahorias, los güisquiles, el apio, el cilantro y las patas de res, combinada con las especias secretas que cada cocinera le agrega o le quita, hicieron que el desvelo y la cruda apretara el ánimo de aquellos muchachos que celebraban, sin ellos saberlo, una tradición milenaria, una comunión que tenían con sus ancestros, con su historia, con su cultura.

De pronto, como para romper el embrujo de la música y los olores de la comida cocinándose, alguien dijo: «El mejor caldo de patas es el del mercado central». «Nel —replicó otro mientras escupía un par de pepitas de limón que habían caído en su trago—, en La Negra, un comedor cerca de La Recolección. Hacen un buen caldo de patas, es nuevo el lugar pero hacen una comida como las de antes». «Yo creo que el de aquí les va a chipotear el hocico a todos esos lugares», dijo el que parecía el líder. «Si no, vos pagás la comida de todos», dijo el gordo. “Soque”, respondió, aceptando la apuesta.

«Si será tu pelo, si será tu boca, si serán tus ojos, o serán las tres cosas que me han vuelto loco. No sé qué decirte, no sé cómo hablarte, ni cómo explicarte las cosas tan raras que siento al mirarte». Cantaba Pedrito Infante cuando empezaron a pasar los hondos platos llenos del caldo grasoso y gratificante. A parte, pequeños recipientes de barro que contenían cebolla picada, perejil picado y chile cobanero… Más de uno se frotó las manos. El gordo disimuladamente se desabrochó el pantalón para acomodar la panza y ponerla a punto de recibir la comida, que lucía hirviente y abundante.

«Tráiganos otros cuatro octavos por favor», dijo el lidercillo. «Yo me cambió a diesel —dijo el flaco de lentes gruesos y bigote ralo—, tráigame una cerveza bien fría por favor». «¿Entonces son tres octavos, una cerveza y dos aguas, va?», preguntó la cocinera, orgullosa por lo que acababa de poner en la mesa. Los amigos ya no respondieron; empezaron a devorar el caldo. Ya empezaban a sentir el aliciente para la cruda. La temperatura, el potente chile cobanero y el limón rociado sobre el caldo empalagaba sus sentidos y empezaba a curar sus entrañas heridas en la juerga de la noche anterior.

Foto True-Memories-photography

Fotografía de True Memories Photography

Cuando empezó a sonar la canción de Manu Chao, todos voltearon a ver al gordo… «la cagaste, mano», le reprocharon. Alguien le somató tres monedas en la mesa, «cambiá eso», le ordenó. De mala gana se levantó y marcó únicamente boleros. «Se va a repetir una», anunció mientras se sentaba para seguir curándose la cruda. Nadie respondió, todos sorbían y sudaban frente a su plato de caldo.

Ya era medio día, el calor calentaba la ciudad, en La Castellana los buses bramaban sus viejos y ruidosos motores, los ayudantes gritaban destinos e insultos, el tráfico intenso y bullicioso no paraba. Los comensales sentían su cuerpo revivir poco a poco, la música triste y quejumbrosa los llenaba de ganas de beber y cantar. Solo el chocar de los cubiertos y el sorber de las bocas se escuchaba. De pronto alguien dijo: «¿Te acordás cuando este bruto le cantó “Serenata sin luna” a la Leti?». Las carcajadas se escucharon en toda la cuadra. Se sentían felices, reviviendo como nuevos; estaban listos para emborracharse de nuevo. Nadie lo dijo pero era un acuerdo tácito: esa tarde, esa noche, se emborracharían de nuevo, curados por el caldo de pata; estaban dispuestos a una nueva borrachera sideral. Mientras contaban la anécdota de la improvisada serenata para Leticia, sus risas y comentarios se escuchaban por encima del bullicio de la ciudad. La comunión daba inicio otra vez, en espiral, como un bolero infinitamente repetido.

 

Autor: Juan Calles

Periodista, documentalista, lector de tiempo completo, ha facilitado el taller de narrativa del Centro Histórico. Autor de “Triciclo”, libro de cuentos cortos. Nació en mayo del 73, pero no está seguro de ello.

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