Un domingo de ramos con doña Berta

Fotografía de El Miljos

La bruma se levanta desde el barranco del Incienso hacia la cuarta calle que enfila a la Avenida Elena del lado de la zona 3; el calor y la humedad de las noches de “verano” se manifiestan así al amanecer. En el horizonte, las primeras muestras de luz que vence a la oscuridad presagian la llegada del astro rey que, como suele suceder en la Semana Santa, caerá con todo su “rigor” sobre todas las almas que verán ese día la procesión.

En las casas hay movimiento desde muy temprano, es Domingo de Ramos y hay que madrugar para ir a ver la procesión de “la burriquita”. La abuela Berta protesta: ¡No es de la burriquita! Porque no es a la burra que vas a ir a ver patojo, sino al Señor de las Palmas que hoy entra a Jerusalén. La hermanita del regañado aboga por él: Abuelita, es que quiso decir que el Señor va sobre el borriquito. La abuela no muy convencida, da por terminado el asunto, debe preparar muchas cosas antes de salir y no está para perder el tiempo con los más patojos.

Más preocupada la tienen los calaveras de sus nietos mayores, el Viernes de Dolores, a escondidas, se fueron a ver la “Huelga”. Ella les ha dicho que no vayan, que aún pesaba la pena de excomunión y que la habían renovado otra vez, pero nada, siempre se le escapaban y según se llegó a enterar, instados por sus padres.

“Huelga de Todos los Dolores” 2018. Fotografía de Fernando Chuy

La perorata del sábado había sido monumental. Mañana entra Jesús a empezar su pasión y ahora vienen ustedes con esas faltas al Señor y a su Madre bendita, porque a eso van, a ver cómo se burlan de la Iglesia ¡Tanta inmoralidad!¡Saber en qué vamos a parar!

Se vive el ajetreo de todos los domingos de ramos, sí, pero pocos irán a ver la procesión, la juventud se apresta a partir a la playa, a sus vacaciones de verano.

¡Es Semana Santa insensatos!, no fue un chucho quien murió por ustedes, fue Dios nuestro Señor.

Si mamá, si abuela. dicen en coro y hacen el intento de aplacar su euforia ante los días de sol y playa.

Vos que sos más estudiado, reclama la abuela al que tiene a mano, que andás con tu discurso que no consumamos esto, que no el otro, que te peleás con tus hermanas y hermanos cuando ellos dicen que van al cine o los mirás tomar Coca Cola ¿Por qué ahora me venís con lo de las vacaciones de verano? Eso es, como decís vos, puro consumismo. No has visto las marejadas de gente baboseados en mega conciertos  que no son más que para sacarles pisto ¡Puro negocio es todo eso!

El nieto que ha sido amonestado de tal forma, calla, los demás también, pero no dejan de adelantar con los preparativos. Mientras la chiquillada se apresta a ir a la procesión junto a sus padres y la abuela.

Una vez en la calle, buscan a la primera vendedora de ramos para comprarlos, qué sean benditos dice la abuela, la vendedora jura y perjura que fueron bendecidos en la misa de las 5 de la mañana. Están bonitos ¿a cómo tenés los ramos patoja?, se remata el negocio y con ramos en mano continúan su ruta.

La caminata lleva un ritmo pausado porque la abuela ya no tiene las fuerzas de antes para andar, aprovecha para ser el objeto de atención para apostillar: Cuando era patoja esta procesión salía temprano y hasta que entraba, salía Jesús de San José con la Cruz, antes las cosas se hacían bien, ahora no, ahora va Jesús feliz en su borriquita entrando triunfante en Jerusalén y en la otra cuadra lo llevan cargando la cruz. La gente no sabe por qué se hacen las cosas ¿Sabés qué es lo único que les importa mija?… ¡El pisto! Todo es pisto, antes no era así, antes era por devoción.

Efectivamente, son las 7 de la mañana y Jesús de Los Milagros, como se llama la imagen que “procesionan” de la Basílica Menor del Patriarca San José, ha empezado su recorrido, mientras la de la iglesia de las Capuchinas, en la cual Jesús va sobre un jumento, recorre las calles del barrio Gerona. El contraste no puede ser mayor, mientras en un punto suenan al aire las bombas festivas que anuncian con algarabía la llegada triunfal de Jesús a Jerusalén, a pocas calles, el sonido de las matracas, las marchas procesionales fúnebres, el color violeta del penitente, han tomado las arterias y las someten a ese “rigor mortis” colectivo que boicotea lo que celebra un día tan señalado por la cristiandad.

Es lo que ha dicho la abuela en forma más sencilla y directa. De la piedad, de la repetición cíclica de la liturgia de la Semana Santa, se ha pasado al negocio, a exhibirse ante la gente y si Jesús entró ese día en Jerusalén de manera triunfante o andaba desde ese momento cargando la cruz, es lo de menos, lo importante, lo único importante es que “yo” cargue y me vean.

Como todos los años, esta vez, nuevamente, la procesión no está donde previeron que estaría.

¡Ya ves!, esa maña de agrandar los recorridos, todo por pisto, ¡Viste!, te lo dije. reitera la abuela a quien aquellas novedades no agradan en lo absoluto. Y como todos los años, les ha tocado ver la procesión en la esquina del parque Colón, bajo unas piñatas, en la 9ª. Y 12. Mundos de gente se abalanzan por todos lados, cada uno lleva su rumbo y pareciera que fuera la ruta correcta: se tropiezan, chocan, confluyen en un espacio que traspasa todas las leyes de la física en cuanto a densidad y espacio ocupado por la concurrencia.

El calor es sofocante, cada cabeza parece una tea encendida que aumenta la sensación del estío. Los vendedores vociferan sus productos, las vendedoras acercan el género a los posibles clientes, pasan las tablitas de chupetes, los de algodones, los de vejigas (para los más colonizados, lo que ahora llaman globos), los… en fin, una serie de productos desfilan ante aquellas huestes que han tomado las banquetas y de las cuales no las mueve “ni Dios”.

El calor aprieta más, la abuelita ha dado por perdida la causa de ver al Señor de las Palmas como lo llama ella, “la burriquita” como es conocido coloquial y cariñosamente. Se nos volvió a perder, refunfuña.

Iremos a buscarla después, le responden a lo que ella ataja con un: Yo de esta me voy a mi casa, no puedo andar en estos mares de gente. En plena conversación un redoble de tambores acompañados por bombos impone el silencio, son los romanos que anunciarán el pregón…

“Yo Poncio Pilato, gobernador de Palestina…”

Se hace el silencio ante aquellas palabras, se aplaca la movedera de gente y la zangoloteadera a la que tienen sometidos a quienes están en las orillas de la banqueta. Aquellos romanos que hacen recordar a los provenientes del Rhin después de la tragedia de Varo aunque para hacerlo más reciente, a quienes intentaron defender las últimas “fronteras” del Imperio que había sucumbido ante los “bárbaros”, leen aquellas palabras con solemnidad y empieza el desfile de cucuruchos.

Unos vienen platicando entre sí, otros haciéndose selfies, otros más saludando a la gente que está en la calle, cual estrellas de cine, las filas son puro jolgorio

Antes respetaban más, casi grita la abuelita. Es lo que les decía, antes la gente sabía a qué venía ahora no, ahora todo es pisto.

Eso era antes usté lo dijo, ahora las cosas son distintas, suavícese abuelita.

Lo que querrás, pero antes había respeto y cuando te hablo del respeto es lo mismo antes que ahora, cuando hay respeto, las cosas se viven como son.

Sigue desfilando el cucuruchal, la abuelita cada vez más molesta les ve pasar simultáneamente con los pasos del vía crucis portados por romanos. El calor aumenta, el humo de una venta de churrasquitos o de shucos, no se sabe qué es porque es imposible poder voltear al ver porque la gente está bien compactada y uno también, da sensación de mayor sofocación a la existente en ese momento.

Fotografía de Fernando Chuy

Pasa la cruz alzada con los ciriales, se siente el olor a incienso combinado con otros olores de época como el corozo, aserrín, garnachas, miel de molletes y torrejas, panes con chile… en fin, una sinfonía de olores propios de la ocasión que se mezclan acompasadamente al ritmo de las marchas procesionales con los olores humanos que, en una concurrencia tan compacta, son percibidos hasta en la Luna.

La procesión hace su paso solemne frente a la abuelita y familia en pleno, casi en pleno porque muchos efectivos han hecho viaje de “verano”. La matrona del clan se santigua devotamente, se le ve mover sus labios en señal que está rezando en aquel momento que para ella es intenso. Una espiritualidad tradicional vivida en plena calle pero con la intimidad de un lugar cerrado, donde el alma que reza y el Dios que escucha se hacen uno y ocultos ante los ojos de los demás.

Fotografía de Fernando Chuy

¡Y pasa lo que a la abuelita la pone como para manadas! Al levantar su rostro para ver a Jesús, después de haber estado rezando en silencio con cabeza baja en señal de acatamiento a la voluntad Divina, las manos de los alrededores impiden ver la imagen en su totalidad, cada una enarbola un celular y están tomando fotos cual japoneses en plan turístico. A la abuela le disgusta eso y sin recato afirma (en plena tomadera de fotos y vídeos):

¿Para qué toman esas fotos que luego les salen espantosas y no van a imprimir nunca jamás?

Los nietos discretamente le piden a la abuela que se calme ¡para qué! es como decirle a un perro entrenado que ataque. Termina de pasar la procesión y vienen las devotas cargadoras de la Virgen, la abuela está cansada, han sido muchas emociones y disgustos y decide mejor callar.

Pasan los corazones traspasados por los 7 dolores de la Virgen, nuevamente la cruz alzada y viene la imagen de la Virgen, la abuela reza nuevamente con devoción, menos manos se alzan a tomar fotos y eso gusta a la señora que se siente más tranquila porque percibe más respeto, tal como lo manifestó en el acto.

Fotografía de Fernando Chuy

Concluida la procesión, le indica a la expedición que vayan a comer empanadas de leche y horchata, que de paso comprarán unos tambitos de súchiles “para estos días de tanto calor”.

Enfilan nuevamente de vuelta a casa, viendo las alfombras por la primera avenida, porque por la tarde – noche pasará la procesión ahí. Y mientras caminan, la abuela sigue lamentando que otro año más no verán al Señor de las Palmas.

Autor: Angel Valdez Estrada

Nacido en algún lugar del mundo el 1 de octubre de 1967. Actualmente trabaja como docente en la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala, escribe textos de investigación y en sus ratos libres redacta historias cortas de ficción.

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