Un mercado en medio de los tiempos: ¡Pásele, pásele!

 

La Ciudad de México tiene aspecto de aleph, basta asomarse por su orilla y da la impresión de que contiene el mundo entero. En Milpa Alta, una de las diez y seis delegaciones que la componen, se observan señalamientos que dan aviso de la próxima vía para llegar al centro de la ciudad. “A México”, se lee en los enormes letreros verdes. Es así como sé que al pisar suelo milpatense estoy en provincia, aunque no sea así. ¡Pum pum pum!, resuenan los cuetes en el cielo durante todos los meses del año. Con eso, también sé que el tiempo aquí se cuenta de forma distinta.

Sin embargo, Milpa Alta no se desviste de su ritmo citadino pues el tráfico es tan igual como en cualquier urbe de la tierra. Los niños que corren a la escuela, los padres que corren con sus hijos a la escuela, los chóferes que manejan con los escolares a la escuela, los comerciantes que llegan por las mañanas de sus compras, los obreros que van al trabajo. Las mujeres, los hombres, los niños. Los carros, los caballos, los carretones jalados por burros. Todos con el reloj de una ciudad que en sus entrañas esconde todos los sabores, los amores, los tiempos existentes y los inexistentes también.

Malacachtepec Momoxco, como se le conoce a Milpa Alta en nahua, es una comunidad cuyo origen se remonta a la época prehispánica. Está conformada por doce pueblos originarios. Con un territorio de 288 kilómetros cuadrados, los milpantenses ocupan el segundo lugar en territorio (sólo después de Tlalpan), según datos del Gobierno de la Ciudad de México. No obstante, su importancia radica en su movimiento rural, pues junto con Xochimilco y Tláhuac conforma el triángulo de la actividad agrícola. Es decir que estas tres delegaciones abastecen las mesas de gran parte de los chilangos.

Frutas, mercado.

Fotografía de Fernando Chuy

Entre diableros, temporaleras y marchantas

¡Ahí va el carrito!, escucho decir a alguien cuando ya me está rozando un diablito. Siempre pensé que en Milpa Alta predominaba la parsimonia de los lugares alejados del tumulto. Pero aquí, todo es distinto. Son casi las siete de la mañana y en los alrededores del Mercado Benito Juárez de Villa Milpa Alta comienzan a estacionarse camionetas de redilas. En forma de desfile, los diableros –como se le conoce a los cargadores de mercancías– empiezan a transitar por los apretados pasillos del mercado. Con mi acostumbrado paso citadino, tiendo a creer que nadie se habla entre sí, pero… ¿No va querer su atolito?, le grita una joven morena a uno de los muchachos que pasan apurados con el cargamento. Sí, y guárdeme uno de rajas, responde jadeante. Regreso. No, aquí aún queda tiempo para mirarse e intercambiar dos que tres palabras.

Es temprano y la algarabía ya tiene mucho aquí. En cada esquina se esconden enormes canastas de pan, justo en las escaleras que conducen al interior de los olores, sabores y ritmos. Entre huacales, los puestos empiezan a llenarse de jitomates, plátanos, naranjas, cilantro, tomates, cebollas, chiles y hasta piñatas. Los más venturosos llegan a doblar la ropa que deben vender en el día; los que no, bien saben que su fuerte no es en las mañanas.

Pásele, güerita, ¿qué va llevar? Tenemos atole de amaranto, guayaba, fresa…, dicen a coro las muchachas en el pasillo de la comida. En puestos de 2 por 1.5 metros, los comerciantes hacen magia para alistar ollas, comida y capital humano en su interior. Verónica llega desde las cinco de la mañana para acomodar todo, pero desocupa a las 10:30 para que lleguen los del turno siguiente a vender alimentos.

Desde las ocho de la mañana, los puestos de comida comienzan a llenarse. Para las nueve los comensales ya han atiborrado las bancas. Pero no son los únicos desmañanados, sino que también empiezan a desfilar músicos y vendedores. Entre corridos mexicanos y reguetón de moda, el desayuno apunta a otro día más en esta rutina de nuestros días escandalosos.

Por aquí desfilan estrategias de venta, como si una superara a la anterior se escuchan al compás de una banda musical desorientada: Dos zacates por diez, no los pague más caros; vasos, tacitas baratas, ¡llévele, güera!; a diez los ajos, ¡a diez! Miro, escucho y me digo en silencio: esto es México. Sonrío al pensar que este júbilo será eterno. Hasta que en las escaleras una señora nonagenaria me recuerda que lo único que queda es un puesto improvisado al final de la existencia. Es México y sólo nos queda seguir hasta después de la muerte, como los murmullos en Cómala. O como si el güerita se quedara eterno en su símbolo de belleza, por no decir que no percibimos nuestro racismo.

Lo cierto es que de este lado de la ciudad, la vida empieza más temprano de lo normal. Remedios llega con unas bolsas de nailon negro, de ella saca un plástico azul que extiende sobre la banqueta y pone las hierbas de temporada. Es una de las temporaleras –personas que venden en temporadas específicas– que llenan de verde las afueras del mercado en tiempo de lluvias. Ella es rechonchita y morena. Tiene una sonrisa que viene a bien en medio de la prisa mañanera. ¿Qué va querer, marchanta? ¿Menta, manzanilla, pápalo?, dice a todo aquel que pase junto a su puesto. Mientras, Abigail, la niña menudita que la acompaña, sigue acomodando todo en el suelo.

Mercado, ventas.

Fotografía de Laura Domart

Doña Remedios es originaria de San Lorenzo Tlacoyucan, uno de los doce pueblos milpatenses, pero está en el mercado antes de que éste fuera mercado: desde 1974. Es decir, desde los seis años, cuando sus papás la llevaban a vender a lo que entonces era el tianguis de la explanada. Éste es un oficio de generaciones, de abuelos campesinos, padres campesinos e hijos campesinos. Ése es el caso de Remedios, pues su día comienza a las cuatro de la mañana para pasar a componer la verdura junto a su familia. Después, ella se viene para acá con la mercancía. Su día va de las cuatro de la mañana hasta las ocho de la noche. El marido es el que va al campo con el peón, se adelanta a decir. A pesar de ello, no se queja, está orgullosa de su oficio.

–Todo lo producimos nosotros, lo vamos a traer al monte… el hongo, el té de tabaquillo, el cilantro. Todo lo producimos. Todo, ¿por qué? Todo es orgánico –dice orgullosa mientras come el típico cocol de anís.

Doña Remedios habla de cómo ha cambiado todo, de cuánto vendían antes y cuánto venden ahora. Y la acera se empieza a inundarse de gente, de vendedores ambulantes. ¡Lleve la miel!, la miel, la miel… escucho en medio del bullicio. Ella habla de las grandes cantidades que se sembraban antes, y el espacio va reduciéndose entre nosotros. Yo siento que es lo mismo, sólo que ahora somos muchos vendedores y pues tenemos que repartirnos la venta, explica.

Aquí todos nos conocemos. Hay compañeras que ya fallecieron, hay quienes están aquí desde que yo era niña. Todos nos conocemos. Ahora ya vienen nuestros hijos, nuestras nueras…, dice con la cadencia de quien no conoce otra época. Pero es que aquí el tiempo se mide con los atisbos de la historia. Por aquí pasaron los zapatistas a principios del siglo XX, me digo en silencio mientras escucho los cuetes y el doblar de las campanas.

 

Milpa Alta libre de Oxxos

Carlos Monsiváis decía en los albores del siglo XXI que la Ciudad de México ya era un lugar postradicional, pues respondía más a la crítica modernidad y a las necesidades de sobrevivencia. Sin embargo, esa regla se rompe en Milpa Alta. Entre caballos, carnavales, chínelos, nopaleras, molinos, cuetes…aquí la tradición va arrastrando el paso. Y sigue la yunta andando, dice la canción.

Como si faltara algo para decir que no, que Milpa Alta no se ajusta del todo a la modernidad, un desgarbado hombre con chamarra de mezclilla y unas botas en pico se detiene junto a los puestos de comida con su guitarra en brazos. Marieta no seas coqueta, canta como si fuera el último hit de la música nacional. Nadie dice nada, siguen con los atoles, los tacos, los tamales en la mano.

Otra prueba de que estamos parados en un lugar distinto es que Oxxo, la tienda de autoservicio que ha asediado a toda la ciudad, no ha llegado a territorio milpatense. La agresividad de ese tipo de establecimientos acaba con el comercio local, con la tradición comunitaria, como ésta que aún conserva Milpa Alta. Sí, por aquí pasaron los zapatistas, reafirmo cuando veo a Remedios defender su tierra, sus productos, su trabajo. Aquí queda algo de ese espíritu revolucionario, me digo cuando escucho a los comerciantes defender esta vida.

Mercado, vaquero.

Fotografía de Laura Domart

Nopales de Milpa Alta a 10 pesos, leí hace unos años en un puesto del centro de la ciudad. Sólo me reí y seguí caminando. Lo cierto es que Milpa Alta no sólo es una demarcación más de la ciudad, sino es el territorio del mole y el nopal. Pues es el segundo productor de nopal a nivel nacional, sólo después de Morelos. San Pedro Actopan, su pueblo más conocido, está catalogado como “La Capital del Mole”. Es el lugar de la tradición, para acabar pronto.

No obstante, lo que convierte a Milpa Alta en una de las cunas de la tradición en esta metrópoli, no sólo es el mole y el nopal, sino sus usos y costumbres. Por disposición oficial, en 1997 se estableció en el Programa Delegacional de Desarrollo Urbano de esta demarcación que la propiedad es comunal. Es decir, quien pretenda hacer uso del 92% de las tierras que están bajo este régimen debe exponer sus intereses ante a la asamblea de representación ejidal.

En una sociedad donde la propiedad privada ha acaparado grandes hectáreas de territorio, este tipo de costumbres dan la cara ante la crítica modernidad que mencionaba Monsiváis. Te dicen la rompecorazones, se escucha en un puesto de artilugios tecnológicos. Es una señal de quien anuncia que sólo son otras generaciones en un espacio que parece el mismo sin serlo.

Mercado Central

El mercado Benito Juárez se fundó el 5 de marzo de 1962. Fotografía de Fernando Chuy

 

El mercado en el tiempo

El Mercado Benito Juárez, ubicado en el centro de Villa Milpa Alta, es uno de los más importantes de la delegación junto con el de San Pedro Actopan. En su interior alberga cerca de 207 locatarios, entre carnicerías, verdulerías, antojitos, ropa, jarcerías y demás. Pero a ello se suman las temporaleras de la banqueta, los vendedores de a pie, los cantantes, las panaderas, los comensales. Sin tener número exacto de quiénes asisten diariamente a este centro de comercio, lo cierto es que todos parecen conocerse.

Según información del JUD de Mercados, Miguel Sánchez, este mercado se fundó el 5 de marzo de 1962. Sólo que antes éste tenía su lugar en lo que ahora es la explanada delegacional. Don Alfredo López es de aquellos que estaban en aquel tianguis, que vendían en tiempos de lluvia bajo unos plásticos mal puestos.

Don Alfredo es de piel morena, recia y agrietada. Parece reservado, pero éste es su trabajo y no le queda de otra que hablar. Pásele, ¿qué le voy a dar?, dice para invitar a que vean su puesto de verduras. Él es originario de Tepetlixpa, Estado de México, pero llegó aquí en 1972. Su idea, en ese entonces, era vender sus cosechas sólo por una temporada. Pero el afecto, las personas, los planes lo dejaron aquí:

–Fui conociendo gente y un día me dijeron: ¿Te vas? Si te vas ya no vas a poder vender aquí, vas a perder el lugar –recuerda don Alfredo.

–¿Usted que cosechaba allá?

–Sembrábamos milpa, maíz… cosechábamos nuez, calabaza. Eso lo traíamos para acá, pero como allá no había nopales los llevábamos de acá.

Después de tantos años aquí, don Alfredo defiende a la gente sobre el tiempo. La gente no ha cambiado, el tiempo es el que va cambiando, dice de forma contundente. Los que estaban antes ya no estamos y así todo va cambiando poco a poco…El tiempo es el que nos va cambiando, balbucea en defensa de esta nuestra era. Él no se desanima por la crisis económica, pues dice que es como todo: Hay tiempos buenos, tiempos malos, pero es normal.

–¿Trabaja todos los días?

–Aquí trabajamos todos los días, pero el día que queramos hacer huelga la hacemos. Es la ventaja de ser nuestro propio jefe –expresa con una leve sonrisa de comerciante sin afán.

En este mundo, hay gente de todo tipo y color. Unos que vemos con nostalgia el pasado y otros que se dedican a sonreírle al devenir. Don Alfredo hace parte de los segundos y sin titubear, indica que le gusta su trabajo.

–Todo… el ambiente, la gente. Me llevo muy bien con la gente. Aquí lo que hace que vaya cambiando, son las generaciones que llegan. Ahora hay más juventud, pero nos seguimos llevando bien. Aquí todos somos una familia –dice con la calidez de un hombre de campo, uno que no ha sido devorado por la competencia de los días.

 

El mercado cambió como todo, pero no cambia el amor

Cambia lo superficial/ cambia también lo profundo/ cambia el modo de pensar/ cambia todo en este mundo, cantaba Mercedes Sosa. Pero doña Rosa Aristeo se niega a creer que lo que nos espera es bueno. Ella es chaparrita, morena y de piel rugosa. En el rostro carga el peso de los años. Se esconde detrás de montecitos de ropa, pero sale de vez en vez a mostrarnos los rebozos que hacen en la zona.

–Pusieron las grandes tiendas frente a los tianguis, frente a los sobre ruedas y los mercados públicos. Desde ahí se vinieron para abajo los mercados públicos de nuestros pueblos, de nuestras colonias. Ahora estamos sufriendo esa decadencia porque no tenemos clientes –dice con el tono adusto de quien se queja de las nuevas circunstancias.

Doña Rosa trabajó desde niña en el campo, en las nopaleras, pero también estudió en la normal para ser maestra. Sí, uno carga con la cruz de su parroquia porque doña Rosa no sólo es milpatense sino también es maestra, así que con ese tono reflexiona sobre su pueblo: Antes Milpa Alta era Milpa Alta, el centro de la población. La delegación tenía de todo, todo tiene, pero desde que empezaron los tianguis, los mercados se vinieron para abajo. Digo, ¿dónde están los gobiernos para apoyarnos?

Cuando ella era niña, la explanada se llenaba de gente de los pueblos. Los sábados esto parecía verbena popular, con puestos de haba, calabaza, frijol, hongos, chilacayote, fruta. También había venta de animales: pollos, cerdos. De todo había, recuerda.

En el fondo, resuenan los cuetes, tan comunes en los lugares con aires de provincia. Con música de banda, muchachos y muchachas bailando para el Santo Jubileo, que por estos días recorre las calles de la delegación. Por un instante, el mercado queda semivacío y los demás desocupados salen a ver el baile.

Doña Rosa no, ella se concentra en reflexionar. Cuando se perdió el tianguis de la explanada, empezó… digamos, el modernismo, añade con nostalgia al panorama desolador de la actualidad. Aquí teníamos un área para que los pobladores criaran pollos, puercos, borregos, chivos, de todos los animales. Ese lugar se usaba para criar y vender animalitos.

Después el mercado se cambió a las orillas de la explanada delegacional, que es el actual Mercado Benito Juárez de Villa Milpa Alta. Aquí, donde estamos, en este suelo que algún día fue otra cosa distinta (igual) a ésta.

***

El viento está distante, el de esos días ya no me rozará la cara por más que esté en el mismo sitio. También añoro el pasado, la permanencia voluntaria en los cines, el establo al que asistía cada mañana. Pero estoy aquí para vivir el presente de mis días pedestres.

─ ¿Antes cómo era? –le pregunto.

─Más tranquilo, más tranquilo. Los padres daban trabajo a sus hijos…Mis abuelos no tenían trabajadores porque eran campesinos, sus hijos eran los que sembraban, los que cosechaban. También mis papás. Pero mis papás ya no nos dejaron, nos mandaron a estudiar.

─ ¿Cómo llegó a vender aquí?

─ Me traspasó una señora el puesto. Es mi prima. Me dijo, ¿quieres ir a vender? Le dije, ¿de qué es tu puesto? Es de ropa, me dijo. Le dije a ver si me animo, vienes a preguntar dentro de una semana. Y yo estaba trabajando en los nopales, pero ya me sentí agotada y me decidí a venir acá.

Le comentó a su hija y quedaron que se haría lo que Rosa quisiera. Pues sí, porque yo ya no puedo trabajar en el campo. Ahora ya no se dedica sino a vender, pero no cualquier cosa sino productos mexicanos. En su puesto se encuentran desde juguetes de madera para los niños hasta delantales y rebozos. Uno de los productos que más presume son los coloridos rebozos de seda, algo típico de México. Entre sus intentos para favorecer lo hecho en México, dice que intentó vender artesanía pero no se vendió. Y nuestros pobres artesanos, ¿qué comen o qué van a vender?, se pregunta, sin responderse.

Ante esta situación, empezó con la venta de batas que elabora una señora del rumbo. Con ese estilo propio de los comerciantes saca un par de batas y me las muestra.

─Es una señora ya grande que me vino a ofrecer su mercancía. ¿No quiere comprarme mis batas?, me dice. Le digo, a ver tráigalas. Y me trajo, me dio precio y todo. Cada mes me trae ─indica sonriente.

En la canción de la cantante argentina también dice: Pero no cambia mi amor/ por más lejos que me encuentre. /Ni el recuerdo ni el dolor/ de mi pueblo y de mi gente. Doña Rosa me recuerda a ella, a las Adelitas de la revolución, a mi madre, a las mujeres.  Me recuerda a ellas, tan capaces de ver en las profundidades de un niño desamparado como de amar a los otros. Su nuevo oficio no le dejó grandes ganancias, pero sí la satisfacción de cooperar y conocer a su país. Pues los productos los va a traer al Estado de México, Tulancingo, Puebla, Tlaxcala. Y me gusta, ¿no? Porque por ahí conozco y por ahí paseo, dice entre risas.

Doña Rosa se entristece por los cambios y la proliferación de los productos chinos. En pocas palabras, no le gusta esta modernidad. Debe ser por ese ímpetu combativo que caracteriza a los milpatenses, así que me enumera sus batallas: el magisterio, el mercado, como cuando se opusieron a la construcción de un estacionamiento en el lugar donde estamos parados.

En el período del delegado de Víctor Hugo Monterola, en 2014, se planeaba construir un estacionamiento en el lugar del actual mercado. Pero los locatarios se opusieron a esta situación. Un grupo no mayor a cien comerciantes se adueñó del mercado, haciendo plantones, brigadas informativas. Ésa es la historia de los mercados, desgraciadamente… Pues ya no son mercados como quisiéramos, con libertad, con gusto como quisiera la gente.

Un pez que sangra en su tumba de hielo

Reces, pescados, pollos… sangran sobre sus tumbas de hielo. Lo que fue un pez nos mira directo a los ojos, nos entierra el tiempo que ya no es, nos enfría el alma. ¿Qué va querer? Tenemos trucha, camarón, tilapia, grita más de un vendedor en ese breve espacio. Ese es el último departamento del mercado, que por el momento está afuera, pero no deja de ser el del final.

Pescado, mercado.

Fotografía de Laura Domart

En ese pasillo se congrega el mundo de los finales, de los atardeceres, de las despedidas. O de las llegadas, de los que asisten para comenzar bien el día. Me da un kilo de pechuga en bisteces, por favor, pide una señora mientras pregunta, ¿por quién doblan las campanas? Silencio. Parece que por don Chente, el de los dulces, responde una mujer de bastón y mirada curiosa. Aquí está, marchanta, qué más, interrumpe el pollero. Ay Dios, se limita a balbucear. Se despiden y se van. ¡Pásele, güerita!, se vuelven a escuchar indistinguibles los vendedores.

Me asusta pensar que soy la única aquí consternada por don Chente, el señor de los dulces al que no conocí. En el mercado San Juan el enorme pez. /En su tumba de hielo sangra. /Hay posibilidad de que él también /sea nuestro consanguíneo antepasado.  /Es mejor no pensar entonces /que otra especie en peligro: la humanidad /está muriendo. Escribió algún día José Emilio Pacheco. Pero yo, a estas horas del día, entre medidas de lentejas y ramitos de cilantro, sólo puedo pensar en el frío que siento bajo este calor que no deja de caer.

Autor: Laura Domart

Nació el 29 de marzo de 1992 en la Ciudad de México. Estudió la licenciatura en Ciencias de la comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México. Entre imprecisiones del tiempo, en 2008 abordó el taller de creación literaria: “El Vagón”, ahí halló magia y una familia. Por ello, está aquí, aprendiendo… del sin-tiempo/sin-espacio, las letras, el amor, el abismo, los sueños. Actualmente es editora de la sección de cultura del portal de internet: www.join.org.mx Join - Jóvenes Informados por México

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