Un primero de noviembre muy tradicional

Jalogüín perdió, aquí la tradición marca que un 31 de octubre se debe pasar picando verduras, o bien haciendo mandados que son tantos que no se puede llegar a concluir uno: “picá la zanahoria” a tomar el cuchillo va uno cuando “mejor ¿sabes qué? Poné una olla de agua a hervir”, a buscar la olla y viene otra orden “mirá, andá a traer vinagre que se acabó”, a punto de abrir la puerta “¿ya regresaste?”.

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Fotografía de José Orozco/La Hora

Guatemala es un país muy tradicional, prueba de ello es el fracaso del jalogüín, porque acá el disfrazarse para dar miedo no tiene mucha cancha, pero sí el hacerlo para dar risa, como muestra un botón: tiene más éxito el desfile de fieros en Villa Nueva o los convites en las diferentes ferias que se celebran a lo largo y ancho de la geografía guatemalteca. El primero de noviembre no es la excepción a ese principio chapín de obedecer al peso de la tradición.

Y precisamente por eso el tal jalogüín perdió también, debido a que la tradición marca que un 31 de octubre se debe pasar picando verduras, o bien haciendo mandados que son tantos que no se puede llegar a concluir uno: “picá la zanahoria” a tomar el cuchillo va uno cuando “mejor ¿sabes qué? Poné una olla de agua a hervir”, a buscar la olla y viene otra orden “mirá, andá a traer vinagre que se acabó”, a punto de abrir la puerta “¿ya regresaste?”. Tal estrés hogareño intimida a quien decida armarse de valentía, disfrazarse y anunciar que se va a una fiesta. De hacerlo, queda inmediatamente desterrado del solar de la casa.

Después de un ir y venir, la voz cantante pontifica a los cuatro vientos “hay que irse a acostar temprano, porque mañana tenemos que madrugar”. Y todas y todos a dormir para cumplir con el ritual que marca la tradición para el primero de noviembre, así, primero, como se decía antes y la gente no se complicaba tanto la vida con que lo correcto es decir uno.

En la quietud de la noche, en esos momentos de silencio que preceden al alba, la voz preponderante en toda familia grita en tono desesperante y desgarrador… “¡Ya es tarde! ¡nos agarró el sueño! ¡levántense!” Y uno sin saber ni cómo se llama, menos poder discernir si es tarde o temprano, porque con eso del tiempo, la relatividad se cumple a raja tabla cuando se está emponchado y sin ganas de levantarse.

El editor recomienda agregarle chile a todas sus comidas y esta canción a la presente lectura…

Empieza el ritual

“¡Traete la escalera!, no se les olviden los botes, que desayunen los patojos, poné café, ¿dónde está la canasta de panes que dejé aquí? parece que uno habla con sus espaldas, ¿ya se bañaron los patojos?, no vayas a olvidar los cartuchos que trajeron de San Juan, pónganse suéter que hace frío, ¡la escaleraaaaaaaaaaa!…”

Por fin sale la tribu a rendir honores a las y los efectivos que se les han adelantado en el camino de la eternidad. Cada componente sabe lo que debe hacer al momento de llegar a los nichos correspondientes y proceder a florear. En el camino se repasa el plan anual:

“¡La escalera!” – aquí va- “¿Traes el machete” – sí, “que no te vayan a babosear cobrándote más por el bote del agua ¿y por qué no trajimos agua de la casa mejor?” – no me van a babosear y no trajimos porque pesa mucho. “ah”.

Se llega al panteón familiar y se procede a la enflorada. Cada quien ocupa su puesto estratégico, mientras otras gentes más prácticas pagan para que les hagan ese servicio “esos porque son servidos”, pontifica la voz cantante y se sigue con las maniobras respectivas: limpiar las jardineras, cortar lo que sobra de los tallos, cambiar el agua, retocar las letritas con los datos de la finada o el finado, poner las flores, “adornar” en un estilo que emular lo más destacado del arte kitsch.

Los patojos corren por los paredones, mausoleos y nichos, siempre aparece el listo que se trae otras flores más bonitas de otro difunto “patojo, no hagás eso, regresá a devolverlo sino te va a caer”.

Concluida la operación, cada quien rinde los honores como siempre lo ha hecho: unos llevan mariachis para cantar las canciones favoritas del que ahora van a visitar, en otro lado están escuchando marchas fúnebres, en otro sitio después de garabatear una señal de la cruz, rezan y al final, comen algo.

En el horizonte, empieza a salir el sol

Si no se lleva nada para comer, al salir del cementerio está a disposición de las y los dolientes una amplia y colorida gama de gastronomía local: buñuelos, garnachas, tacos, tostadas, atol, carne asada, carne adobada y a medida que se camina por aquella jungla, el olor inconfundible a la grasa de los tacos mexicanos o de las papitas fritas, cuyo toque radica en que se utilice aceite de 20 días continuos de reciclaje.

La tribu a pesar que comió adentro los panes que llevaban y tomaron café, salen con apetito y se aprestan a devorar aquellas viandas a las que les harán honores. Se desayunan garnachas o bien carne adobada, todo con frijoles parados porque es el desayuno.

Concluido el desayuno, regresan a su casa para proceder a la segunda parte del ritual: armar el fiambre. Sea del color que sea según los gustos, este platillo resalta por la característica de poseer múltiples recetas, cada quien lo hace como Dios le da a entender, tampoco hay un patrón establecido que se deba seguir para armarlo, por lo que las ideas fluyen a medida que el mismo se va construyendo en una cantidad de platos que miden la generosidad de la familia o la voracidad de sus componentes.

Salen las o los emisarios con los platos que son obsequiados a amigas, amigos, vecinos en general y si se tiene venta, pues a los encargos que se hicieron con anticipación.

La familia que estamos siguiendo almuerza temprano, la comida es obviamente fiambre, ayote y jocotes en miel. En el transcurso de la degustación de lo cocinado, salen a desfilar la lista de muertos tanto de la familia como de familias conocidas y de amigas y de amigos. En algunos casos se pondrán tristes y nostálgicos, en otros volverán a reírse de sus gracias y ocurrencias. Concluida esta etapa, se disponen a ir a ver volar los barriletes gigantes de Sumpango, siempre han tenido “la armonía” y este año han decidido quitárselas.

Ciertas costumbres traspasan las barreras de las clases sociales que en Guatemala son rígidas, una de ellas es ir a ver volar los barriletes gigantes a Sumpango o a Santiago Sacatepéquez, entra un estrés por llegar a aquellas localidades y poder disfrutar del espectáculo que se viene anunciado desde principios de octubre. Cada quien llega como puede, algunos en sus vehículos que suelen ir llenos, si pudieran meter a alguien en el baúl, lo harían. Otros van en camioneta. Nuestra familia prototipo se irá a ver los barriletes en camioneta y sale a la Roosevelt a ver si pasa alguna “vacía”.

Van llenas, pero con el suficiente espacio para que puedan entrar y así poder irse. El concepto de “espacio” es tan relativo en las camionetas, como el del “tiempo” cuando uno debe levantarse y quiere seguir acostado unos cinco minutos más. El ayudante verá “vacío” donde ya se asoma el volumen de varias personas pero como el que determina qué significa “vacío” piensa que lo está, pide que se corran para atrás porque “efectivamente” está “vacío”. Y es el momento en que se comprueba también la elasticidad del cuerpo humano, es impresionante la forma en que cada guatemalteca, cada guatemalteco en una camioneta, transgrede las leyes de la física.

No obstante ellos van felices a ver los barriletes, todo transcurre con la normalidad del caso, el clásico apachurramiento en cada curva subiendo La Interamericana, pasan San Lucas – después de casi una hora de cola- y apenas han avanzado pasado el pueblo cuando… Nadie puede moverse, carros, camionetas y camiones se quedan varados y el ayudante dice “los que van a Sumpango pueden bajar, pasaje en mano los que no han pagado”, ante la confusión surge la pregunta-queja “pero si faltan cinco kilómetros”, y la respuesta pragmática “si quiere espere a que lleguemos pero no va a poder ver los barriletes porque llegaremos de noche”.

Bajan y empiezan a caminar los cinco kilómetros que al inicio se caminan con alegría, luego con cierto estrés porque más gente lo está pasando a uno y mientras tanto los que retornan, se les escucha comentar “que lindos están los barriletes, pero dicen que no los volarán”, pero como no preguntan, se van especulando en todo el camino el por qué dijeron aquello. En el recorrido hay ventas de varios productos y por la caminata que provoca sed, se toman un agua de coco, o un fresco de tamarindo, también puede ser una granizada.

Por fin se llega al cementerio, jadeando por lo caminado y está lleno; efectivamente los barriletes permanecen en tierra, no hay viento dicen, además está brisando. La concurrencia permanece estoica esperando, mientras aprovechan para ver los barriletes y preguntar sobre su significado, pero lo hacen de uno en uno, por lo que quienes están al lado del barrilete en cuestión, deben repetir la respuesta una, otra y otra vez, así hasta el infinito que es cuando cae la noche y la gente se regresa a casa.

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Fotografía de Elí Orozco

El regreso a la ciudad

Viene la caminata de regreso porque así como había cola para llegar, hay otra para salir y por tanto debe caminarse en la búsqueda de transporte. Pero a la espera de los barriletes en el cielo, se ha comido de todo: tostadas, choco bananos, mangos con pepita y sal, etc, hay que mitigar el hambre que supone permanecer en un mismo sitio por tanto tiempo.

El cansancio se hace sentir y el regreso es necesario. Las camionetas pasan llenas, algunas hasta con gente en la parrilla. Por fin se tiene suerte y para una. Otra vez la relatividad del espacio/tiempo se hace presente “córranse que atrás está vacío”. Quien escucha ese mandato anhela ver un lugar donde poder ir de pie, quienes están en ese espacio “vacío” sienten como su cuerpo se contrae para soportar al lado una masa corporal más. Las bocinas de la camioneta retumban con el sonido de las canciones de regueton, posteriormente sonará un compilado mp3 que trae las favoritas del conductor y del brocha.

Las costumbres gastronómicas extremas de estos días hacen mella en las y los pasajeros de la camioneta, el olor de la Guatemala profunda se hace sentir y el sonido de su expulsión se confunde con los tonos graves de la música. Entre apretujones a cada vuelta bajando de San Lucas a Guatemala y la guerra química de olores en la camioneta, aparece un nuevo “personaje”: la lluvia. Ante la primera brisa, todas las ventanas son subidas inmediatamente y esa batalla de gases que suponen esos viajes, se hace sentir con todo su rigor: cansancio, mareo por las vueltas, náusea por el olor, dolor de cabeza por el sonido y la circulación de la sangre en mínimos debido al poco espacio –si es que se le puede llamar así-, acompañan a la viajera y al viajero hasta llegar a su destino, a la ciudad.

Será quizá hasta el próximo año cuando decidan embarcarse en una aventura similar (quizá para Semana Santa) y así poder vivir en su máximo esplendor y en carne propia las tradiciones guatemaltecas.

Autor: Angel Valdez Estrada

Nacido en algún lugar del mundo el 1 de octubre de 1967. Actualmente trabaja como docente en la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala, escribe textos de investigación y en sus ratos libres redacta historias cortas de ficción.

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