Un vuelo solitario: Jonathan Carrión en Aves Raras

 

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Llegué temprano y saludé al parcerito Petz —encargado de la iluminación del escenario— que estaba fanfarroneando (como siempre) con un par de amigos en plena 6ta avenida, a pocos metros de la entrada del antiquísimo Lux. Parece que espanté a los amiguines fresas de Petz y luego nos movimos a la cercanía del inmueble, donde osan colocarse los chicleros contradiciendo la noble estética del alcalde vitalicio y de sus jaurías de uniformes kitsch color verde radioactivo y de cascos anacrónicos a la Jumanji. Por supuesto, nos echamos un chancuaco —Petz me invitó uno de esos de contrabando que le gustan por baratos—. En eso Petz saludó a un bróder canche de estatura mediana, y luego me lo presentó. Era Jonathan Carrión, que estaba terminándose un refrigerio de emparedado y licuado de reconocido origen BERNÁculo. Videé el licuado color rosado, seguramente de fresa, pero cómo carajos saberlo. Entonces Petz —fanfarroneando as always— me presentó como periodista; tuve que confesar al Yónatan que iba a escribir una reseña del concierto (cosa que nunca se hace).  Carrión parece un tipo tranquilo y modesto, me cayó bien el pisado, aunque no intercambiamos mayores palabras. Luego llegó Elí Orozco, el fotógrafo. Llevaba un pañuelo en la cabeza pero también traje formal; parecía no darle mayor importancia a este hecho. Yo disimulé. Elí me confesó que Jonathan Carrión le era un completo desconocido —casi a la par de Carrión, quien afortunadamente estaba entretenido platicando con sus panas—, y me preguntó de qué tipo de música se trataba… «Pues, es como rockón…», y también le mencioné que apenas me habían mandado una rola del muchacho el día anterior; ergo: «estaba buena la rolita, pero a ver qué tal el concierto». En realidad, no sé por qué Salazar me confía la responsabilidad de escribir reseñas sobre este tipo de eventos, sabiendo el grado de indiferencia que me provocan los progresos y retrocesos de la escena musical guatemalteca. O puede que sea precisamente por eso, por mi criterio desapasionado y semivirginal con respecto a dicho fenómeno cultural. O simplemente soy lo que hay. En fin, Carrión había desaparecido. El muchacho Petz reapareció desconcertado, nos preguntó a Elí y a mí —como a la búsqueda de un pokemón legendario— si no habíamos visto a la dichosa ave rara, y también «ya sólo lo estamos esperando a él. Va a tocar solo; de todos los que han pasado es el único cantautor cantautor». Traducción: todas las aves raras se habían presentado acompañados de bandas con diferentes colaboradores para hacer más intenso el espectáculo; Carrión es el primero en pasar acompañado apenas por su instrumento (una Cort —me parece electroacústica cuerdas de metal, de buen sonido).  Después de ver cómo Petz subía por el caracol al segundo nivel —lugar donde ocurre la magia—, Elí y yo nos quedamos conversando sobre aparentes banalidades, como que ese mismo día, por ejemplo, a Elí no lo dejaron entrar en pantaloneta a las instalaciones de Intecap cuando se disponía a recoger sus calificaciones: el segureta tomó el guoquitoqui  y advirtió a sus compañeros acerca del joven terrorista que –era de esperar— bien podría inmolarse en un atentado suicida cobrando vidas de estudiantes inocentes, prolijos y obedientes en términos de indumentaria.

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Fotografías de Elí Orozco

El toque

unspecified2Desde mi humilde opinión, este joven de raíces huehuetecas —mencionó esto en el concierto— desperdició una buena oportunidad en Aves Raras. La razón: el rockón escuchado en una sola guitarra es peligrosamente monótono. Todo guatemalteco/teca conoce a alguien que toca Peces e iguanas acompañándose con la guitarra… ¿Me explico? Se puede escuchar una rola rockpop interpretada de esa manera pero resulta más bien prescindible. Las composiciones del joven Carrión están diseñadas para ser acompañadas por solos de guitarras, variaciones armónicas y percusiones melódicas y rítmicas: lo que se dice una banda, siguiendo la pauta de los cuatro fantásticos (se entiende que después de Los Beatles es bastante imbécil pretenderse original en el universo diminuto pero ancho del rockpop). Era lo que esperaba encontrar en el concierto, dada la rola de Carrión que había escuchado un día antes.

De las letras me reservo una opinión detallada, pues he escuchado las mamadas más idiotas del tipo «Carmela se fue, se marchó, me dejó sin mujer, Carmela se fue y no sé por qué», y las fumadas más ininteligibles como «todas las hojas son del viento, ya que las mueve hasta la muerte, todas las hojas son del viento, menos la luz del sol» y resulta que son rolas que uno no quiere dejar nunca de escuchar.  Sólo diré que el concierto estuvo dividido en dos secciones: una primera parte de canciones viejitas del compositor, de letras sobre todo bucólicas,  y otra parte con sus rolas más recientes, dramas existenciales narrados de una forma un tanto críptica.  Las canciones nuevas me llegaron más, pues eran menos comunes en términos armónicos y Carrión se empezó a engasar con sus riffs en la guitarra. El sol tropical es sin duda un hit que vale la pena escuchar. Espero que la próxima vez sea con una banda integral.

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Al término del  concierto, el azar, o más bien, el jalón propiciado por Elí, nos llevó a él, a Petz y a mí a un puesto de comida callejera sito en las inmediaciones del parque San Sebastián. Petz un pan con chile relleno, Elí una miscelánea de entremeses —que según dijo compartiría más tarde con su esposa—, y a mí lo que me alcanzó con los únicos cinco varos que llevaba: una pupusa. La mejor pupusa del mundo, en fuera de pajas.

Autor: Camilo Villatoro

(1991-…) Escritor de ficciones y sátiras, esteta, nápiro y humorista iconoclasta. Nacido en México pero de identidad guatemalteca. Según un primo borracho que lo quiere mucho, “la persona guatemalteca más inteligente de todos los tiempos, pasados, presentes y futuros” —cosa no muy difícil de lograr. Pese a esta espectacular ventaja evolutiva, su intelecto es inversamente proporcional a su modestia; el único problema es hacerlo creíble.

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