Una goma pal´  recuerdo 

Playa de Las Lisas, Santa Rosa, Guatemala. Fotografía de Lozano.

Pasaron doce años para volver, todo ese tiempo pasó para que mis pies volvieran a hundirse en la arena de la playa de Las Lisas, de repente un montón de recuerdos venían a mi mente. En esa época cada Semana Santa fui invitado por mi amigo Nery Rizo, un lugareño al que no le gustaba la vida del mar, por ello huyó a la ciudad, así nos conocimos.

Nery llegaba cada Semana Santa a visitar a su familia, por dicha para mis bolsillos de puberto pobre, porque aquel patrocinaba mi viaje. Fueron cuatro años seguidos en los que pasamos toda la bendita semana chingando en Las Lisas. En tres ocasiones uno de mis amigos de chingadera de todos los tiempos; César Buchí, nos acompañó.

La familia de Nery tiene un amplio terreno frente al mar, alejado de la playa pública. Los Rizo se dedican a la pesca, Elver el hermano mayor tiene una lancha con motor, así entra al mar a dejar redes para obtener pescado, también hace viajes mar adentro para recoger la pesca de los barcos más grandes, jala gente, en fin; se las juega para vivir.

Recuerdo que una vez Elver nos llevó mar adentro, nos dijo: -¡Aprovechen pisados! Que esto solo los ricos lo hacen!-  Nadar en mar abierto ha sido una de las experiencias más engasadas que he tenido. Nade ahí, en medio de la nada, rodeado de agua. Me sentí diminuto en ese infinito, vi a mis pies flotando en la inmensidad. Fue como estar en el espacio.

Las Lisas. Fotografía de Lozano.

Que la casa de Los Rizo quede frente al mar, nos permitía tener la playa libre,  solo para nosotros en pleno verano. Debo de aceptarlo, éramos unos bolos pisados, pasábamos bien a verga durante toda la semana. De noche nos íbamos a tomar y a bailar a las discos que están en la calle principal del pueblo.

¡Sí! Ya bolo yo también bailo, la onda era ligar chavas. En una de las tantas veces que fuimos a la disco Nery estaba tan borracho que termino bailando con una canche que de lejos tenía buen ver. Fue su padre el que se percató que la canchita venía con premio incluido en medio de las piernas, y fue a jalar a mi amigo para evitarle el bochorno público, sin embargo aquel estaba tan emocionado que ya se estaba trincando al tremendo canchón enfrente de todo el pueblo. Don Ezequiel tuvo que sacar a su hijo a cuentazos del lugar, porque aquel por más que se le explicó, no quería soltar a su ligue pensando que había logrado conquistar a una tremenda chulada de patoja.  Al otro día ya más cuerdo a Nery le dio la goma moral, le pegó tan fuerte que durante el resto de la semana no quiso salir de la casa, ni beber una gota de licor. Y no era para más, si todo el pueblo sabía lo que había pasado, y nosotros y toda su familia no parábamos de chingarlo por ¡Maje! Aún me cagó de la risa cuando me recuerdo de eso.

Con el tiempo perdí contacto con mi amigo, ahora que venía Semana Santa trate de buscarlo en vano. Luego de tanto tiempo César y yo emprendimos el viaje hasta Las Lisas para ver si lo encontrábamos allá, tenía ganas de verlo e invitarlo a chelear. Dejamos el carro del otro lado del canal, nomás al parquearlo un señor nos ofreció servicio de lancha, le pregunte si conocía a la familia Rizo. -¿Cuáles Rizo? Me preguntó, al parecer el apellido es muy común en la zona. Por suerte tenía el nombre de Elver y de Don Ezequiel padre de Nery. El lanchero conocía a ambos y me prometió llevarnos hasta su casa.

Al llegar, esperé ver rostros conocidos, la casa llena de las hermosas hermanas Rizo (seis en total), pero solo encontré a una amable mujer que no conocía, que resultó ser la esposa de Elver, ella me contó que el papá y el hermano de Nery estaban pescando mar adentro, que todas las hermanas de aquellos se casaron y se fueron. Logré hablar con Elver por teléfono, me reconoció rápidamente y me dijo que lo esperara.

Cómo a la hora aparecieron Don Ezequiel y Elver al encontrarnos empezamos a recordarnos de las viejas anécdotas. Les pregunte por Nery y me sorprendió saber que aquel tenía más de tres años de no llegar a  Las Lisas y que casi no tenían comunicación con él. -¿Tanto le afecto lo de la canchita? Les dije, todos estallaron en carcajadas.  Me quede aún más asombrado de saber que Nery se volvió evangélico, que ya no toma ni una gota de licor, que se casó y que tiene tres hijas. Ahora incluso aconseja a su padre y a su hermano para que dejen de beber. Según me contaron el mencionado no tiene celular, por eso de vez en cuando los llama desde un teléfono público. Fue inevitable recordarnos de Nery y las muladas que hacía cuando andaba bolo, aquel era de los que borraba casete.

Nery era un caso bien peculiar, creció a la orilla del mar, pero casi no sabía nadar. Tampoco sabía mucho sobre la pesca. No sabía hacer redes, remendarlas, ni mucho menos pescar.  Nunca aprendió a subirse a las palmeras para bajar cocos, tampoco sabía pelarlos. Su padre recuerda que durante Semana Santa lo mandaba a vender cocos a la playa y aquel regresaba rápido, y cuando le preguntaba:

-¿Y los cocos?

-Los vendí.

-¿Y el dinero?

-No me dieron.

Primero se cansó su padre de mandarlo porque aquel siempre le regalaba los cocos a la gente. Eso me recordó cuando Nery compro camarones y me dijo que hiciéramos ceviche, ya teníamos todo lo necesario para preparar el plato, incluso las cervezas cuando aquel descaradamente me preguntó con su acento caribeño ¿Y cómo se hace el ceviche pues? Ahora saben porque se fue a la ciudad.

A pescar la sal del mar

Don Ezequiel y Elver Rizo pescando en el mar al amanecer. Fotografía de Lozano.

En la madrugada acompañamos a pescar a Elver y Don Ezequiel, para salir al mar pacífico, navegamos el Canal de Chiquimulilla, por un acceso que queda cerca de la casa, el canal está rodeado de manglares, salimos por la bocabarra sorteando el fuerte oleaje, a veces la lancha lograba romper las olas, otras tantas el agua nos levantaba tan alto que una ola casi voltea la lancha al tiempo que Don Ezequiel gritaba ¡Jue puta!

Al ingresar al mar  todo el cielo estaba claro, pero no era de noche, ni de día, se podía ver a la luna de un lado, y al sol aproximándose del otro, me hubiera encantado tener el lente ideal para captar esa locura, un gran angular o un ojo de pez.

Llegamos al punto en donde el día anterior Los Rizo habían dejado la primera de tres redes de pesca, una especie de bandera negra nos enseñó el lugar, eso fue lo primero que se recuperó, subieron la bandera flotante por el costado y empezó una especie de danza circular a estribor para cerrar el espacio del mar y poder atrapar todo lo que estaba dentro de la red.

Al mismo tiempo se suben unas anclas que ayudaban a tensar el hilo, un trabajo arduo porque su peso aumenta en la profundidad. Los tres expertos en pesca trabajan con sincronía perfecta recuperando la red y recogiendo la pesca. Fueron tres grandes redes, y nos llevó alrededor de tres horas para solo capturar tres tiburones de tamaño medio que más tarde se convirtieron en ceviche para nuestro almuerzo. Ese día la pesca fue mala, porque ellos pescan también para comerciar. Según me comento Elver una especie de lodo en el mar estaba afectando la pesca. Tras recuperar todas las redes volvimos a la bocabarra en dónde se lavó la lancha y se limpiaron las redes. En sabiduría popular Don Ezequiel resumió la mañana así “A veces el mar nos da, a veces el mar nos quita”.

Océano Pacífico, Playa de Las Lisas, Santa Rosa, Guatemala. Fotografía de Lozano.

Ese mar me ha dado muchos recuerdos y experiencias geniales. Recuerdo que en una ocasión vimos a una pareja joven teniendo relaciones a pleno medio día en la playa mientras jugaban niños, personas comían, gente nadaba ¡Que cague de risa! Otro día tomábamos una cerveza frente a una tarima con música que promocionaba una bebida espiritual, unas chavas del público se subieron alentadas por el animador para ganarse una botella, dos de ellas se desnudaron mientras bailaban y eran mojadas con cubetas. Otra vez regresando borrachos a altas horas de la noche caminamos por toda la orilla de la playa. En un área desolada se nos apareció una mujer de caderas y pechos voluptuosos completamente desnuda, mis ojos brillaron al ver a la sirena. Cuando nos aproximamos más a la bella aparición, vimos correr con premura a un hombre alto y corpulento que llevaba una toalla desde el otro extremo para tapar a la mujer, que no pudo hacer otra cosa que tratar de ocultar su desnudez en la arena y sonreír. Definitivamente en Semana Santa se ve de todo.

Al final de mi viaje, tras varias cervezas, anécdotas, recuerdos y una buena cruda, termine muy agradecido por la hospitalidad de Don Ezequiel y Elver. Ellos me contaron en donde trabaja y vive Nery en la ciudad, me quedó la tarea de ir a buscarlo, y llevarlo a Las Lisas aunque sea a regañadientes.  Y es que en el pueblo me contaron que hay una canchita que aún lo extraña.

Autor: Lozano

Guatemala 1987. Trabajó en un barrio en la periferia de la ciudad haciendo proyectos de arte y lúdica en búsqueda de la posible utopía de generar trasformaciones sociales. Siempre quiso estudiar y ser músico pero su viejo no quería que fuera un “vagabundo”, ahora que puede se quita la gana y se da ese lujo. Por necesidad de cara de chucho hizo periodismo de politiquería y trata de redimirse a través de este espacio.

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