Una larga cadena de timos en los tapis

Son Q330, joven.

¡Púchicas usted!, ¿por qué tanto?

Porque pidió dos cubetazos, más los 4 octavos del muchacho que se fue,  los cigarros del joven que fue al baño y la michelada del muchacho que se quedó dormido.

¿Pero y no que los cubetazos estaban en oferta?

Sí, usted, pero no aplica los viernes.

¡Pero si hoy es jueves!

Tampoco los jueves…

Va, aquí hay Q300 más los Q30 que me debe de las alitas…

No, joven, esos Q30 aquí se los dejé…

Timo, fraude, chanchuy, estafa o como le quieran llamar. Engañar al prójimo es parte fundamental de la cultura etílica guatemalteca y a saber si mundial. ¿Ha sido usted víctima o victimario de alguno de los comportamientos fraudulentos que  citamos a continuación?

Podemos empezar este desafortunado recuento con la más grande de todas: el monopolio de ron y de cervezas al Estado para no pagar sus impuestos al fisco o los salarios a sus trabajadores. Con tretas contables que ni la Contraloría General de Cuentas entiende (¡no quieren saber de a cómo es la mordida!) o formas aún más discretas, como “invertir” en deportistas alcohólicos aglomerados en la “Selección Nacional”, los empresarios terminan reduciendo el pago de impuestos y hasta costos. O el clásico timo a los briagos incautos, víctimas felices de la publicidad embriagante en todo el recorrido del chante al chance (obviamente la mejor forma de recompensar las ocho horas diarias de trabajo enajenado es con una birra bien heledia, o un buen aguardiente nacional cuarteado con cola o mineral y cubos de hielo). Y ni qué decir de los babeantes verracos absortos en los calendarios eróticos que tapizan la tienda de confianza con publicidad etílica, o qué de aquellos que se compran la ultimísima oferta con tal de ser servida por la edecán de turno y de paso tomarse una foto para presumir vía féis.

Tima también el repartidor a la expendedora, y ella al cliente con los vueltos: el típico “ya se lo pasé, seño” o “allí se lo dejé, joven”, cuando le hicieron pozol el billuyo de a cien sin que le vuelva a ver la cara a un solo centavo. Se babosean al incauto bebedor al que le cobran más de una vez una chela que ya pagó o que ni siquiera ha consumido. Ni mencionar la majeada al pobre parroquiano que pide una oferta, la cual resulta que ya no está disponible, pero se lo dicen cuando ya anda más picado que maíz de costa. Baste con lo anterior, para no dejar más en ridículo a la gremial de embaucados, terminando con esa malsana costumbre que tienen los cantineros de “reciclar” la chela de la mara que se queda dormida.

Pero como en la vida todo se paga, tima también el bolo a la expendedora, aminorando lo que se tragó, escondiendo los envases, confundiendo al mesero, pidiendo vueltos de más, jurando por Dios y la Virgen que ya pagó o haciendo el típico fraude del “correlín”, cuando quiere tomar más de lo que su bolsillo le admite o lo que su sabiduría y las circunstancias le permiten y aconsejan.

Como en todo, este tipo de engaños no siempre son verticales. Se babosean dos hermanos cuando uno le dice al otro que se tomen “sólo un par” y terminan más bien hasta las chanclas, o cuando un compadre invita al otro a libar pero carga apenas cinco tukis en el bolsillo. Está el caso del típico bolo que aunque notoriamente las cuentas no salen insiste en que ya puso su parte, y el que dice que ajusta para la próxima, lo cual ya saben ustedes cuándo pasará.

Gran bajada le pega el chavo o la chava a el o a la que le tira rollo… mientras llega quien de verdad le gusta. Y en bolas dejan al que por llevárselas de rudo se queda bebiendo en solitario y termina comprando un equipo entero de fútbol de nuevos amigos… a fuerza de tapis.

Y verán ustedes cómo son estos asuntos, que en las casas y en los “restaurantes familiares”, entre trago y trago, hasta los hijos más pequeños timan a la madre o al padre, aprovechando su borrachera, para que los inviten a cosas que en circunstancias sobrias ni por asomo comprarían.

Y si al pobre devoto dionisíaco le toca regresar en taxi, le pone el taxista, y si le toca manejar le pone la tira si lo encuentra ebrio al volante. Y si no le llega al precio, le ponen en el seguro o el abogado que lo llega a “auxiliar”.

Finalmente, no faltan las historias de aquellos pobres diablos/diablas que después de interminables timos logran llegar a su casa sanos y salvos y amanecer en su cama, percatándose al día siguiente de haber sufrido el último episodio fraudulento de esta larga cadena: la aduana conyugal que asegura que el afectado no agarre la respectiva furia (otro nombre del archiconocido “descrude”), despojándole de lo poco que le dejaron la empresa, el tendero, el mesero, el cuate, el taxista, el policía y el respetable profesional del derecho. Dios no existe.

Fotografía de Salazar Ochoa

Autor: Juan Pablo Muñoz Elías

Estudiante. Platicador. Bohemio. Amigo. Humano al fin.

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1 Comment

  1. Muy buen relato, sin mencionar lo atinado que está en cuanto a toda clase de jugarretas que le hacen a los parroquianos al encontrárselos bebiendo, felicitaciones, me gusto mucho la lectura

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