Una melena de libélulas vibrantes

Dulce casaca

Fotografía de Amenhotep Córdova

Por Pablo Sigüenza

Ella venía distraída, afanada en la plática con su acompañante. Fresca como cada día, irradiando eso que esparce por todos lados cuando camina, cuando sonríe, cuando dialoga; algo como alegría desmedida, como interés cálido, como susurro fulgurante de estrellas. Él la vio a unos diez metros de distancia, caminaban en sentido contrario. Su corazón se aceleró, plasmó una sonrisa en el rostro, y entonces la duda. El roce era inminente y la pregunta surgía amenazante, ¿le hablo o dejo que siga su camino?

Nunca fue de los que evade los momentos tensos, así que luego de algunos pasos la tomó de ambas manos, le dijo hola y, aún más nervioso que segundos antes, la abrazó. Ella lo vio a los ojos y se sumó con diversión y entusiasmo al abrazo. El momento de entrelazo fue largo, tierno, tembloroso. Él no quería que el tierno contacto terminara y lo extendió por siglos… Quiso saber qué pensaba ella, pero ante la imposibilidad se aferró a su piel, a su melena de libélulas vibrantes, a su cuerpo bello. Ella existía intensa. Era la vida misma fluyendo por el aire entre los dos.

El abrazo terminó incompleto, como siempre. Luego vino el intento infructuoso de concertar un nuevo encuentro. “Hasta luego” fueron las palabras más honestas y útiles. Ella, su fulgor, sus ojos, su cabello, su boca pequeña y dulce caminaron de nuevo y se alejaron. Él, lleno de emoción, avanzó rumbo al oriente con una sonrisa amplia, con el nerviosismo en la punta de los dedos. El encuentro había teñido el día de rizos y lo había alimentado con esa timidez que esconden las ganas de juntar los labios. Mientras la tarde agonizaba danzaron delirantes el recuerdo y la promesa. Un beso nuevo quedaba como boceto de acuarela germinando en el tiempo.

Autor: Barrancopolis

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