El veganismo en los tiempos del activismo snob

 Finalmente, es importante notar que los cambios del estilo de vida, como hacerse vegano, realmente no constituyen ningún tipo de activismo concreto. Ser activista es mucho más que simplemente tomar un partido, especialmente uno silencioso.
Brian A. Dominick.

Fotografía de Lalo Landa

¿Por qué hablar de veganismo? Para muchas personas, no hay razón: el veganismo es sólo una moda, una vanidad, una dieta o práctica para niñas y niños ricos que se creen superiores por no comer carne… Y sí, pero no. Es decir… hay ejemplos que respaldan esa idea: restaurantes caros, exclusivos y “trendy” que venden ensaladas por el mismo precio por el que alguien podría alimentarse durante una semana, gente que deja de comer carne para adelgazar o como parte de la tendencia a ser “light” o “eco-friendly”, o que por el “amor a los animales” deja la carne y se dedican a señalar de “asesinos” a todos a su alrededor.

Pero esa imagen no es todo lo que hay. Detrás de lo que puede parecer una moda reciente y egoísta hay también una construcción –y deconstrucción– ideológica que no se queda sólo en lo que ponemos en el plato. El rechazo a la carne es lo primero que nos viene a la mente cuando pensamos en la palabra “veganismo” (confundiéndose fácilmente con el “vegetarianismo”, que refiere a la dieta) y así se dejan de lado todas las otras formas de explotación animal que son también importantes y son ya tan normales en nuestro ambiente que incluso nos cuesta entenderlo y cuestionarlo.

Comer carne no es ni costumbre ni “necesidad biológica” como mucha gente cree. Que el consumo de carne haya servido al proceso de hominización o que “nuestros antepasados” sean cazadores no sirve más que para explicar esa realidad pasada, porque nuestras condiciones actuales son muy distintas: de la imagen del cazador que se enfrenta a su presa en lo salvaje pasamos ahora a la imagen de una persona comprando carne empaquetada en un supermercado. Todo el mito desde lo humano sobre cómo funciona la cadena alimenticia y de la superioridad del ser humano sobre los animales no-humanos es cada vez más débil ante las investigaciones que demuestran la verdad sobre nuestras características biológicas y las de los otros animales; unas que han sido exageradas y mitificadas, y otras negadas e invisibilizadas desde una postura antropocéntrica. Al situar a la humanidad como el centro del universo, los animales-no-humanos se han reducido a objetos, a bienes, a fuentes de ganancia y a partir de esta creencia hemos justificado su muerte, sufrimiento y explotación.

Fotografía de Lalo Landa

A esto se opone al veganismo. No a la carne o al cuero o la experimentación, a los circos con animales y zoológicos; se opone a la idea que sustenta estas prácticas, la idea de que la vida es valiosa sólo cuando es humana y que la “humanidad” por sí misma es característica o condición única para atribuirse superioridad y derechos. Se opone a la idea de que un animal no-humano debe servir al humano y que esta es la única razón de su existencia (como tienen por excusa algunos gremios religiosos). Además, esa forma de pensar y las prácticas que de ella se derivan no pueden entenderse como algo individual y aislado. Una persona que come carne o que usa pieles o que tiene mascotas como juguetes hace todo esto porque ha crecido rodeada de representaciones de este tipo de orden y ha sido condicionada para aceptarlas: se le ha enseñado que los animales no piensan y que por eso son inferiores, o que no sienten y que si lo hacen, de todos modos no es importante. Desde ahí se explican las realidades de explotación que van desde algo tan cotidiano como el desayuno con leche y huevos, hasta otras áreas tan complejas como las de investigación médica y farmacológica.

Usamos a los animales para casi todo. Y aunque parezca que en contextos rurales este uso o explotación es más evidente, en realidad es en lo urbano donde el animal pierde su condición de ser vivo para transformarse en un bien, en algo que se puede usar. Los patrones de consumo industrial y producción en ciudades son los escenarios perfectos para la explotación irracional que es una parte fundamental de un sistema ideológico, político, económico y cultural mucho más grande, un sistema que construye relaciones desiguales a partir de las diferencias, que privilegia unas características sobre otras para obtener ganancias. En un sistema que mercantiliza la vida por completo y que solo reconoce el valor de cambio y no el valor de ser, la explotación de humanos, de animales, de todo tipo de recursos, es la norma.

El veganismo, entonces, como oposición a la explotación animal necesita dejar la visión simplista e ingenua que presentan algunos grupos y tendencias, resumida en frases como “dejando de comer carne se salva a los animales” o “no usar cuero es atacar a la industria”. Una práctica personal, aislada, no cambia por sí sola las estructuras y los procesos más generales en los que se halla inmersa. La idea de que el veganismo es solo una decisión personal es parte del problema porque lleva a la gente a aislarse y considerar que solo con sus actos, que con tener la conciencia limpia basta, y entonces se deforma en el elitismo y la pretensión de superioridad que se le critica.

Y no es por despreciar la idea de una dieta vegana o a quienes la adoptan; simplemente es importante entender que decir “no” a ciertos productos o buscar una alternativa “cruelty free” es más un acto de coherencia que una revolución. La explotación de animales bajo nuestras condiciones actuales es una parte más de un sistema explotador y si pensamos que cambiando lo que compramos vamos a cambiar la forma en que el sistema funciona, nos equivocamos.

Supongamos que la dieta vegana fuera la mayoritaria: la demanda de vegetales, frutas y granos se dispararía y de acuerdo al mismo modelo de consumo actual, se necesitaría una agricultura más intensa, más pesticidas, más deforestación para extender la capacidad de producción, mega compañías que acaparen más suelo, que modifiquen los alimentos… y esta ni siquiera es una situación lejana o difícil de imaginar. Entonces, toda la pérdida de ambientes naturales, flora y fauna local, la contaminación del agua y sobreexplotación del suelo, ¿no afectaría también a más especies animales? ¿No seguiría reproduciendo la idea de que podemos, como raza humana, seguir tomando todo lo que nos plazca o nos beneficie sin respeto por la demás vida?

El veganismo no radicaría en forzar a todo el mundo a comer vegetales, porque un veganismo cien por ciento “puro” no sólo es imposible sino poco inteligente; se trata de extender una nueva forma de pensar y relacionarnos con los animales, con el medio y consigo mismo, para poder construir desde otra lógica. No basta con vaciar jaulas y matadero si no hay algo detrás que sustente las acciones y si no se construye otra forma de actuar. Sin propuesta, una idea es una idea y puede fácilmente derivar en fanatismo: práctica ciega e inconsecuente.

Considero que quienes creemos en el veganismo como algo más que una dieta tenemos la responsabilidad de darle profundidad y solidez al movimiento, siendo conscientes sobre nuestras limitaciones y posibilidades.

Tenemos siempre la posibilidad de cuestionarnos. Y así como cuestionamos los dogmas religiosos, los estereotipos de género, el clasismo, las ideas de superioridad racial, la heteronormatividad, el autoritarismo y otros modelos opresivos con los que crecemos, podemos y debemos cuestionarnos también lo que comemos, lo que usamos y a lo que contribuimos con nuestro consumo.

Ciertamente el veganismo no es la solución a los problemas del mundo, pero tampoco es un obstáculo. Al entenderlo como una ideología en vez de una dieta particular, al entender que se opone a la explotación y a la violencia hacia otras especies, es fácil comprender, sin sesgos, su relación con otros movimientos que buscan también la vida en libertad y el respeto.

Enfocándose en nuestra relación con los animales, el veganismo se sustenta en ideas y principios que van más allá y nos conectan a todas y todos, porque lo que sustenta un acto de explotación sirve para justificar otro y una injusticia representa todas las injusticias; porque el respeto a la vida debe ser general, entendiendo la vida como un todo complejo y articulado, y porque si la libertad no es unánime, simplemente no es libertad.

Autor: Hael López

Hael López (1994-…) prefiere no autodescribirse en estas descripciones, pero si alguien precisa saberlo tiene un perro llamado Puerco y 22 años de vida.

Comparte esto en

Danos tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *