Yo también hice pintas intrascendentes

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Foto tomada por la Municipalidad de Guatemala, 20 de octubre 2016.

La gente tiene muy interiorizados los sentimientos nacionalistas, generalmente disonantes y esquizoides. No sorprende que las capas medias e ignaras se traguen la píldora de la defensa del patrimonio nacional cuando se trata de repudiar las pintas en las calles. El argumento, por ejemplo, de NO DAÑAR el patrimonio de todos los guatemaltecos es estúpido porque una pared no va a dejar de ejercer su función de pared por el hecho de haber sido pintada con alguna consigna, a lo sumo se va a ver estéticamente fea o bella, dependiendo del criterio del observador, pero nada que no se pueda remediar con una mano de pintura, y nada tan malo como ya de hecho es la propaganda kitsch de la Municipalidad, S. Erasmo Méndez o cualesquier empresa por el estilo. Lo preocupante es que la crítica a Las Pintas no pasa siquiera por el contenido de las mismas, sino por esos esquemas moralizantes tan conocidos en la mentalidad del guatemalteco promedio. La responsabilidad de esto, quizá, sea de quienes hacen las pintas, su falta de creatividad, su repetición sin sentido de las mismas consignas que no dicen nada, el facilismo del insulto, una habilidad en el arte del graffiti que da pena, entre muchos factores, hacen del mensaje político que se espera de las pintas vacuo y hasta deprimente. El hecho de hacer una pinta se vuelve entonces un acto de regocijo individual de parte de quien hace la pinta, ese pequeño espacio de impunidad en el que puedes arremeter contra la estética de la propiedad privada de quienes te joden a ti la vida todos los días. Es harto comprensible: uno a veces quisiera quemar ciudades enteras, todos esos símbolos civilizatorios que esconden la infamia verdadera que subyace en la realidad… Pero este tipo de acciones no ayudan a articular un porvenir político alejado de la mediocridad que ya conocemos, tampoco guardan coherencia con respecto a los ideales que se intentan transmitir, y más bien sirven de excusa a los que siempre se ponen a favor del establishment para deslegitimar las luchas sociales. Hace poco Flaco Maya (como se hace llamar en féisbuc) escribió: «…pintar “muerte al capitalismo” en la “San Martín” de la sexta, es algo contradictorio, asumiendo que el aerosol no fue regalado precisamente.». Exactamente eso. No son las pintas el problema, sino la forma en que se hacen; si no guardan un propósito importante, una información necesaria, ¿para qué hacerlas? Viene siendo hora de reinterpretar los conceptos de “rebeldía” y “transgresión”.

¿Por qué no escribir una pinta con la cifra media de asesinatos de mujeres por día en Guatemala? ¿Por qué no otra que diga la cantidad de poblaciones arrasadas durante el conflicto armado interno, en lugar de poner simplemente “sí hubo genocidio”? ¿Y qué tal otra con el nombre de las empresas evasoras de impuestos en lugar de poner “oligarcas explotadores”? Es hora de abandonar el empleo de lugares comunes que ya sólo pueden sonar a chácharas y reclamos al viento. Se supone que el propósito de los movimientos sociales es oponerse inteligentemente al establishment, no plagiar la simpleza y mediocridad de los grupos de poder e imitadores. Se supone que el propósito de los movimientos sociales es tomar el poder, no resistir cristianamente los embates del CAPITALISMO.

Autor: Camilo Villatoro

(1991-…) Escritor de ficciones y sátiras, esteta, nápiro y humorista iconoclasta. Nacido en México pero de identidad guatemalteca. Según un primo borracho que lo quiere mucho, “la persona guatemalteca más inteligente de todos los tiempos, pasados, presentes y futuros” —cosa no muy difícil de lograr. Pese a esta espectacular ventaja evolutiva, su intelecto es inversamente proporcional a su modestia; el único problema es hacerlo creíble.

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