La música es un bálsamo, la ropa pela la verga

Fotografía de El Miljos

La marginalidad, siempre la marginalidad. Yo ya te lo había dicho hasta el cansancio, que esa vida de diletante incomprendido no te iba a llevar a nada bueno, y mucho menos el cambio cualitativo de alcohólico a alcohólico drogadicto. En fin. Allá vos. Hacía años que vivías del tingo al tango, no tenías casa y dependías siempre de la bondad de algún amigo o amiga que te daba posada por una noche o por unos días, y de esa cuenta una noche dormías donde Lija en la zona 6, otra en la zona 4 con tu pareja de amigos izquierdistas, otra en la zona 18 donde tu prima guerrillera, otra en Mixco a la venia de la virgen de la medalla milagrosa, muchas veces en pensiones pagadas por el ingeniero, no se diga en la zona 1 donde la antropóloga, y aquella vez que borracho y pasado de drogas hasta te ibas a tirar del balcón del quinceavo piso en el apartamento de Iván Keller en la zona 15.

A mí por eso no me extrañó cuando te encontré en aquel lúgubre colectivo con gente como la Encarnación, que por lo menos leía libros, y con nápiros como el Patojo Chispudo. Puta, ni luz había en ese “colectivo”, si es que se le podía llamar así a esa malévola escena de veinteañeros rebeldes sin rumbo. Lo típico: basura en el suelo, basura por todos lados, camas sin hacer con sábanas mugrientas, una pila de platos shucos en lo que había sido el lavatrastos… en fin. Ya entre tanta maleta, caja y artilugio no se distinguía qué era de quien, y vaya si poco les importaba. Todos esperaban que la redención cayera del cielo, que la manzana cayera del árbol a la boca ya pelada y en eso siempre se aparecía alguien con drogas.

Aquel día bien recuerdo que fue el George el que te apartó a uno de los obscuros rincones y sacó una piedra rosadita y te dijo que era éxtasis. ¡Puta!, le dijiste vos, yo no sabía que el éxtasis se fumaba, yo ya había dejado de fumar, ¡Paja más shuca!, y bien que sacaste tu pipita aquella de madera artesanal y sin dudarlo te metiste el tetuntazo. Todavía le alcanzó a llegar George al segundazo y los dos se sentaron en aquel hediondo sofá y se pusieron de acuerdo en que la cosa estaba buena, estaba “light”, no les dio la cangrejeadera…

Yo mejor me fui y los dejé bien prendidos y al rato me enteré que habías ido a dar con tus chivas a un cuartucho de dos por tres metros en un horrible palomar donde vivían solo delincuentes mareros, y que la ficha para pagar el adelanto te la había prestado el mismo cuate patán que te había conseguido una entrevista en el periódico para ver si al fin arreglabas por lo menos tu año, porque tu vida en realidad se veía pisada.

Ahí estabas otra vez sudando con la cruda de cargar tus cajas de cartón con libros que se iban arruinando, tu catre de Ikea que es de peor calidad que los que vendían en la Bolívar y tu maleta de rueditas que te había regalado Liv, y que todavía conservás. En medio de la mudanza, para variar, te dieron ganas de cagar y comprobaste que te habían mentido, que el cuartucho no tenía baño privado y le tuviste que hacer huevos a los baños comunes que quedaban al fondo a la derecha, atravesando aquel patio de lodo y de ignominia, donde mejor bajaste la mirada al encontrar a todo el mundo en camiseta con la mirada de la muerte en el ceño. Tuviste que hacer cola y al entrar te diste cuenta de que, hateados, los inodoros no daban espacio ni para estirar las piernas y la puerta de metal tenía un pasador estilo cárcel que sólo se podía correr desde afuera y te dio una paranoia de la gran puta sentirte así encerrado, pero pronto descubriste que había una ventanita por dónde meter la mano para abrirlo desde adentro. Para poder cagar mejor, tuviste que abrir la puerta y estirar las piernas y poco te importó que te viera todo el mundo. Al fin de cuentas los niños jugaban entre el lodo, las mujeres lavaban ropa a la par y los mareros hacían planes fumando en el pasillo. Con el rollito de papel que siempre guardabas en la bolsa trasera del pantalón te limpiaste con economía de recursos y camino de tu habitación recibiste una llamada de El Águila, qué putas vos cerote, te dijo con tono exclamativo, ya me contaron que regresaste a la capirucha, qué buena onda, a ver cuándo nos vemos y vos notando que ya te estaban viendo con malos ojos por cargar un celular, mejor te fuiste corriendito a tu cuarto y le dijiste al Águila que disculpara pero que estabas en plena mudanza y aquel te dijo tené cuidado porque cuando te vayás a trabajar te pueden poner con tus chivas y te entró la perseguidora al entrar a tu cuarto y lo primero que hiciste fue buscar entre tu mochila tu mini-disc, tus audífonos y tu bocinita y te los llevaste al pecho como tu prenda más preciada, la música es un bálsamo que cura, pensaste, qué pisados, si me roban los libros por lo menos ya los leí y la ropa me pela la verga.

En eso abriste los ojos y te despertaste en aquella enorme cama a la orilla del fiordo, en Noruega, y no lo podías creer: los motivos vikingos en el techo se miraban cada día más coloridos e interrogantes a medida que el sol veraniego iba llegando. Corriste la cortina y el sol brillaba sobre el fiordo y sobre tu necia testa, que te seguía doliendo. Mejor te pusiste a escribir, la música sonaba en la bocinita aquella…

(Nordstrandveien 16, onsdag 30. April 2020 kl. 06:53; soñado hace minutos, tercer día de sobriedad a lo cold turkey, el dolor de cabeza va cediendo)

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