¿Alguna vez has sentido frío de verdad?

Hace un par de semanas sentí realmente lo que era el frío. La sensación era tan extrema que me paralizó hasta la conciencia. Me gusta el frío, voy seguido a buscarlo en las montañas, pero ese día lo encontré cerca de casa, era como estar en el noveno círculo infernal de Dante.

Ya había experimentado temperaturas muy bajas en varias ocasiones, como aquel enero del 2017 en el Volcán Acatenango, en el que, a pocos metros de nosotros, sin saberlo, morían 6 personas de hipotermia. Ese día hubo una combinación de bajas temperaturas y fuertes vientos que fueron mortales para todas esas personas. Pero realmente ese día no hizo tanto frío, fue algo así como dicen los noruegos: No existe el mal tiempo, lo que existe es la gente mal vestida.

Hubo más frío cuando en una montaña, mientras apaleaba nieve, olvidé mis guantes junto a una roca y cuando volví por ellos estaban pegados a ella, completamente congelados. Estaban tan duros que me costó despegarlos. Y una vez logrado tardaron varias horas en descongelarse. Afortunadamente a la montaña siempre llevo varios calcetines gruesos extra, los usé como guantes y no pasó a más.

En otra ocasión había tanta nieve que era inevitable pensar en jugar con ella. Me sorprendió descubrir que esta no se pegaba. No se podían hacer bolas con ella porque era tan fría y seca que parecía azúcar glass y se escurría entre mis dedos hasta desaparecer. Era el polvo blanco que mata en las avalanchas y en las ventiscas porque se mete en los pulmones al intentar respirar. Esa noche dormí dentro de una cueva de hielo, adentro estaba más cálido que afuera, y pude dormir cómodo y protegido.

En otra ocasión, en medio de una poderosa ventisca en Ecuador, a casi 6 mil metros de altitud, di una bocanada de aire y sentí un fuerte dolor. Terminó tratándose de una congelación en un nervio de la mandíbula que me envió al hospital, no solamente esa vez, porque a consecuencia de la lesión de vez en cuando me vuelve a molestar, especialmente cuando enfrento vientos tan gélidos como en esa ocasión. Aún así, tampoco ha sido de los peores fríos que he sentido en mi vida.  

Tan solo un mes atrás, llegué a lo alto de otra montaña en el País Vasco, sabía que allí en la cumbre había una cruz de metal y una virgen pero no los pude ver porque estaban ocultos bajo una gruesa capa de hielo de unos 60 centímetros de espesor. Pero, el frío, tampoco era para tanto.

Fotografía de Christian Rodríguez

Una mañana glacial

El día que mencioné al principio, hizo tan gélido el ambiente que fue muy difícil de soportar, mi cuerpo quedó herido tanto físicamente como en psique, con consecuencias que considero durarán largo plazo.

Habían pronosticado una fuerte bajada de temperatura, el ambiente estaba húmedo y el frío se metía por los poros como alfileres pinchando la carne. Cuando el frío llegaba a los huesos los atacaba a mordiscos con furia.

Mi hijo iba bien abrigado, parecía una bolita de lana con piernas colgando. No íbamos tarde a la escuela, pero corríamos por la calle para entrar en calor. De pronto, en el camino nos topamos con una persona que se arrastraba por el suelo. Sus dos piernas estaban atrofiadas al igual que su brazo derecho, con el que apenas podía extender para pedir dinero. Fue en ese momento cuando sentí uno de los fríos más extremos que jamás haya imaginado en mi vida. Aceleré el paso, lo esquivé y pasé de largo.

Mi hijo, de apenas 3 años, se había fijado en el muchacho y me preguntó sobre él. No pude contestarle algo coherente, porque tenía la mente congelada. De vuelta, pasé por la misma calle y tuve que poner mi mente aún más fría. Quise ayudarle, pero no llevaba dinero, en realidad casi nunca llevo. Así que volví a pasar de largo.

Regresé a casa, no encendí la calefacción porque mi cuerpo estaba tan frío que no había mucho contraste con las bajas temperaturas de la calle. Pero luego me di cuenta que no podía trabajar en la computadora, mis dedos estaban tiesos y temblorosos como si estuvieran a punto de congelación. Me serví una taza con café caliente, le eché unas semillas de cardamomo para darle ese agradable aroma, y que me trae recuerdos de mi niñez en Guatemala. Eso ayudó a calentar mis manos, pero tampoco pude trabajar. Mi mente seguía pensando en el chico de la calle.

Tenía que salir corriendo para resolver unos asuntos. Sin poder sacarme al muchacho de la cabeza preferí rodear la calle y hacerme de la vista gorda, sabía que él seguía allí en el suelo, soportando una ciclogénesis explosiva. Mi corazón parecía en ese momento un tempano de hielo, gélido y que se hundía profundamente en el pecho.

Pasaron las horas tan lentamente, como si estuvieran cuajándose en un nevero, hasta que tuve que ir a recoger a mi hijo. Tenía que pasar otra vez por esa calle con tiendas de artículos que cuestan un ojo de la cara. Porque el pueblo donde vivo es, de España, el que tiene la canasta básica más cara de todo el Estado, donde habitan más personas ricas de toda la región, donde hay más perros por habitante y estos, perros, viven con mayores comodidades y lujos que la mayoría de niños en el mundo.

Cuando pasé por el mismo lugar vi que una señora se detenía y buscaba monedas entre su bolso de piel de cocodrilo. Ella iba vestida con un abrigo de piel de oso que le cubría desde la coronilla hasta el talón, parecía un oso de verdad, pero con rostro de persona. Apenas y pudo agacharse, prácticamente le tiró las monedas al suelo. Pero, yo, simplemente volví a pasar de largo. En ese momento me sentía como un glaciar que se arrastra por las montañas, una masa de hielo impenetrable pero lleno de grietas en el alma.  

Cuando recogí a mi hijo, me preguntó si le había llevado algo de comer. Suelo llevarle galletas o manzanas. Pero ese día había olvidado hacerlo, mi mente seguía fría, rígida e inanimada. Tan gélida era la sensación de frialdad que no estaba en mis cabales. Pero el ver a mi hijo hizo que ese iceberg comenzara destruirse. Le dije que le daría algo, pero antes teníamos una misión, una muy importante por hacer.

En el camino le fui explicando sobre personas con discapacidad que viven en la calle, en realidad hablaba conmigo mismo, a la edad de mi hijo seguramente no entendía nada.

El muchacho de la calle

Cuando llegamos, otra señora casi bota su cartera buscando desesperadamente las monedas que le habían sobrado, las más pequeñas seguramente. Caminé despacio, esperando que la señora se fuera, y por fin me pude acercar al chico que me tenía la mente atormentada como una borrasca invernal.

Me agaché para estar a su altura y lo saludé de mano. Me dijo que era la primera vez que alguien lo hacía. No sabía si creerle o no. Me dijo que se llama Martín, quizá también mentía sobre su nombre, y finalmente me dijo que se quería morir. Eso sí se lo creí.   

Le hice saber que yo no tenía dinero, pero que lo quería ayudar de alguna manera. Lo invité a comer, pero no aceptó. Me mostró que alguien le había regalado una barra de pan, de las que venden enfrente, de las más sencillas, pero siendo «mi pueblo» sabía que eran las más caras de toda la península Ibérica.

Supongo que también tenía alguna discapacidad intelectual, porque muchas personas que viven en la calle las padecen. Me contó que vivía bajo un puente y que una manta y la ropa que llevaba puesta era lo único que tenía en la vida. Su padre lo había abandonado, el resto de su familia no sabía dónde estaba. Él había trabajado toda su vida, pero por un accidente había quedado así.  

Mientras me contaba parte de su vida desviaba la mirada para agradecer las moneditas que la gente le iba dejando en el suelo. A mi hijo, que había permanecido callado todo el rato sin comprender lo que pasaba, se le habían puesto morado los labios y temblando me dijo que teníamos que irnos a casa porque sentía mucho frío.  

Yo también estaba temblando, me sentía incómodamente destemplado. No soportaba ver así a Martín, tirado en el suelo y con poca ropa. Comencé a quitarme la chaqueta para dársela, costaba más de 80 euros, al menos eso me dijeron, en realidad a mí me la habían regalado. Yo no la habría comprado por ese precio, porque compro poca ropa y porque intento comprarla siempre de segunda mano. Pero antes de quitármela me dijo que no lo hiciera, que no la aceptaría. Me explicó que donde duerme suelen haber muchos «yonquis», drogodependientes y que si se la veían se la robarían.  

Entonces le pregunté qué necesitaba. Me pidió una manta y algún suéter para el frío. Minutos más tarde volví con un polar, un gorro y un par de guantes, que son parte de mi material de montaña cuando voy a lugares con nieve y hielo. No podía ponerse el gorro ni los guantes por sí solo, así que le ayudé a hacerlo. Me senté con él en el suelo, y mientras mi hijo se comía un trozo de pan nos veía llorar.  

Eres un buen cristiano me dijo, le respondí que no, que yo no creía en nada, quizá sí un poco en las personas, le dije. Y lloró con más fuerza, agradeciéndome no por lo que le había regalado, sino por el detalle de detenerme a hablar con él. Me dijo que cuando pide dinero casi nadie le habla, solamente le tiran dinero y se olvidan de que él también es una persona.  

Pasó una semana y ya no volví a ver a Martín, hasta el día de ayer. No llevaba puesto lo que le di, se habían robado los yonquis. La vida es una mierda me dijo. Y fríamente, le tuve que dar la razón.  

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