Apuntes sobre supervivencia urbana vol. 1

Primero usted debería haberle dado play al video y luego atravesar un proceso de sanación para perderle amor a lo material. Tenga siempre presente que puede ya no regresar con las chivas que tenía cuando despegó de su madriguera, así que lleve consigo solo lo estrictamente necesario. Es de novatos cargar el vergo de tarjetas e identificaciones, con una es más que suficiente. Algunos sobrevivientes de la vida urbana nos han legado máximas tipo “nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”.

Una vez consiga hacer suyo el propósito de restarle importancia a aquellos artefactos que en una sociedad de consumo como la nuestra se valoran tanto (el reloj, el celular y la billetera), usted habrá dado un paso certero hacia el conocimiento, su corazón latirá con otro ritmo y disfrutará mejor la experiencia de deambular por la suidá.

Quizá en un futuro cercano el “glorioso” se preocupe por la plebe urbana y decida impartir cursos básicos de sobrevivencia en la selva de concreto o bien un seminario específico sobre cómo salir inmune, sonriente y triunfante a un asalto en la 40R. Mientras se ponen de acuerdo para abrir cátedra en alguna universidad privada a continuación, presento una serie de consejos básicos para hacer más placentera la experiencia de recorrer cualquier punto de nuestra amada urbe.

Fotografía de Fernando Chuy

Quiero aprovechar la ocasión para compartir una experiencia que vino a consolidar mi jerarquía en temas de esta índole y significó una señal en el camino trasmitida por el altísimo.

Corrían los tiempos de bretear en La Uno y ciertos callejones en horas oscuras se llenan de malandrines, pero allí andaba ese día surfeando feliz de regreso al chance (allí dejé parqueada mi ranfla).

Como muchos de ustedes, sé que no es fácil vivir en una de las capitales del denominado triángulo norte, pero ¿Quién dijo miedo? si para morir nacimos. Es por eso y más que los exhorto a retirar a los centros comerciales de su lista de destinos turísticos preferidos, estos places lo debilitan a uno de muchas maneras, los fines de semana mejor aventúrense, ya es hora de vivir emociones únicas que transformarán sus vidas para siempre.

Como les venía diciendo, decidí tomar un atajo sin saber que en la otra esquina venía un personaje andrajoso y siniestro. Como los dos llevábamos hoodies parecíamos coyotes de la misma loma, así que me lo tomé como una señal, estaba en un duelo al estilo del Viejo Oeste. Me pareció sospechoso que metiera las manos en su bolsa delantera… ¿Y si llevaba un filero de generosas dimensiones?, hice lo mismo y metí las manos también, pero obviamente yo ni cortaúñas cargaba. Sentí pena por mis audífonos MDR-10RBT (ya les había tomado cariño, es un error lo sé).

Era hora de poner en práctica la teoría. Mi caminar pandilleril brotó naturalmente mientras mi contraparte acentuó el suyo. Allí estábamos los dos a punto de ponernos salvajes. Conforme nos íbamos acercando la tensión iba in crescendo. Pasamos el uno junto al otro sosteniéndonos una mirada afilada. Pasos después los dos volteamos sincronizados a ver, solo para desestimar un ataque a traición.

Quizá fue más la paranoia, bien pudo haberse tratado de dos buenos muchachos en un paseo nocturno sin malas intenciones, pero de aquí le preguntara.

La lección inaugural

Como no quiero aburrirles con una larga disertación llena de cifras y análisis exhaustivos, solo dejaré este fragmento por aquí y me iré. Más adelante, señalaré la hora y el lugar exacto donde el licenciado Giulio Talamonti y yo, ofreceremos un taller más profundo sobre cómo sortear los altos índices de violencia en Guatemala.

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