Bicenticidio

El centenario de la independencia de Centroamérica coincidió con el fin de la pandemia de la “gripe española”, hoy denominada influenza, pero se le puso ese apelativo debido a la mortandad que provocó ese virus en España, aunque la sepa surgió en Ohio, Estado Unidos, y fue llevado a Europa por los soldados estadounidenses. Por supuesto que llamarlo “enfermedad gringa” era imposible, aunque, un siglo después, llamar a la actual pandemia “bicho chino” es considerado “políticamente correcto”.

Fotografía de Simone Dalmasso

En aquel entonces, como ahora también, Guatemala estaba gobernada por un pusilánime, se estaba saliendo de una dictadura, la de Manuel Estrada Cabrera, quien manejó la pandemia muy similar a como lo está haciendo Giammattei, bueno, estaba, porque, de repente, se le olvidó o hizo todo lo posible para que se nos olvidara, pero nuevamente surgió con la llegada de las primeras vacunas contra la COVID entre fanfarrias y grandes aspavientos.

En el año anterior al centenario, se produjo la caída del dictador por medio de un partido político llamado “Unionista”, movido por las élites guatemaltecas y con la bendición, así como el empuje, de la jerarquía de la Iglesia Católica. Al llegar al centenario de la independencia, en 1921, gobernaba Guatemala Carlos Herrera y Luna, entre lo que quedó como construcción para la perpetuidad fue el “Parque Centenario”, ubicado en el emplazamiento del destruido antiguo Palacio de “Los Capitanes Generales”, que, al producirse la independencia, se constituyó en la sede del gobierno, primero del Estado de Guatemala y después de la República de Guatemala, el cual fue consumido por las llamas y el pueblo llamó “el palacio de cartón”.

En una esquina de ese parque, frente al edificio de la Empresa Eléctrica de Guatemala, entre hedor a orines, heces fecales, aceite quemado; decorado por trapos de limpia carros o también de lustradores, figura una placa de mármol que da cuenta que, en ese sitio, se firmó la independencia. El festival navideño de la municipalidad le lavaba la cara, por tres semanas, al monumento en mención, para pasar los siguientes meses como vertedero de cuanta cosa se les ocurre a los habitantes del área. Lástima que no se aprovechó para reivindicar su uso en esta ocasión.

Fotografía de Simone Dalmasso

Al igual que hace un siglo, el bicentenario nos encuentra en medio de una pandemia, su aparecimiento fue, para el gobernante y adláteres, ver el cielo abierto porque les permitió robar lo que suele hacerlo cada gobernante en cuatro años, pero, pasada la sorpresa, susto y angustias, con un conato de movilizaciones sociales noviembre de 2020, se pasó página, la gente empezó a tener vida social normal y hasta más de lo normal para recuperar el tiempo “perdido” y el gobierno se centró en el tema del bicentenario de la independencia.

En Guatemala se vive en varias realidades, como un país con múltiples dimensiones en las que uno puede llegar a confundirse, es como estar en un cuarto de espejos donde la visión se cruza ante tantas figuras, formas, escenarios y multiplicidades de realidad que conviven, se contraponen, se confrontan y se desvanecen una a la otra, así como un caleidoscopio de nunca acabar. En ese marco se circunscribe el proyecto de celebración que más que un bicentenario, es un bicenticidio[1], es decir, aprovechar la ocasión, para condenar a más guatemaltecas y a guatemaltecos a la muerte por la ausencia total de los más elementales servicios para sobrevivir y que deberían ser suministrados por el Estado. Junto al boato de aquellos “festejos”, en los que se gastan millones de quetzales, pero quedan dispersos la mayoría en bolsillos seleccionados; está el desprecio a millones que no tienen qué llevarse a la boca. Paralelo a los fastos del arranque de tales “fiestas”, la vacuna contra la covid llega al país gracias a donativos, a las sobras, que otros países le están dando a Guatemala, limosnas recibidas con todos los honores reservados a los jefes de Estado.

Los gastos que se justifican con las “celebraciones” de dos siglos de independencia, disimulan los procesos sistemáticos de exterminio de la población, sea por asesinatos, persecución, desaparición forzada, hambre o privándola de lo más elemental, más que un bicentenario, estamos siendo testigos de un bicenticidio que nada podrá parar; hace un siglo se planteó la necesidad de derrocar a un dictador, ahora nadie se plantea un cambio real para mejor.

 

Fotografía de Simone Dalmasso

[1]El concepto no es mío, sino del colega Edgar. S.G. Mendoza, de la Escuela de Historia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *