Breve crónica del final de una convulsa tarde

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Fotografía de Julio Ávila

Decidí no malgastar la tarde así que fui a dar una vuelta por el Lux, para ver “Cortos finos para tu cabeza”.

El anuncio decía que la muestra daría inicio a las siete de la noche. Jueves. Se exhibirían varios cortometrajes realizados por jóvenes cineastas guatemaltecos a quienes —en honor a la verdad— no había oído mencionar antes, pero cuya propuesta en el afiche promocional digital del evento no dejó de llamar mi atención: “Cortos finos para tu cabeza”, se leía, y enumeraba los cuatro cortos que serían exhibidos. Lo dispuse todo, entonces, para asistir a dicha actividad en el Teatro Lux, localizado en el ahora Paseo de la Sexta Avenida del Centro Histórico capitalino. Coincidentemente, poco después del mediodía de ese mismo jueves, la Sexta se había convertido en lo que muchos describieron por diversos medios, y de boca en boca, como el escenario de una verdadera batalla campal. No obstante, yo había acordado con un amigo reunirnos a comer algo en un local cercano y luego trasladarnos al Lux para ver los cortometrajes que se exhibirían. Así que, alrededor de las cinco de la tarde, me encontraba recorriendo la Sexta Avenida y viendo los rostros perplejos de mucha gente que comentaba los destrozos y observaba los restos de esculturas, macetas y semáforos que, como mudos testigos de una convulsa tarde centro histérica, permanecían impávidos sobre el asfalto y el concreto de algunas esquinas (no comentaré aquí más al respecto porque ése es otro asunto, pero sí diré que una extraña sensación de inquietud mezclada con las típicas y tal vez trilladas reflexiones que suelen acompañar estos nefastos acontecimientos me embargó).

Por fortuna, a pesar de los vestigios y de la zozobra que aún se podía percibir en el ambiente, el final de ése día fue distinto: la entrada al Lux fue tranquila, expedita, y los asistentes pudimos ver los cortos anunciados al tiempo que éramos testigos ―aunque muchos no lo hayan percibido así―, de un singular encuentro que conjugaba arte, sueños, aspiraciones, duras realidades, esfuerzo, buen humor, solidaridad, entre otras tantas cualidades y adjetivos que servirían para describir el evento y que llenaron el lobby y la sala del lugar por todos lados.

 

¿Cómo surgió la idea de presentar la muestra?

Eso ya lo explicó elocuentemente en su momento Ameno Córdova, a quien no tengo aún el gusto de conocer pero cuyo involucramiento en distintos proyectos artístico-visuales me ha sorprendido gratamente (pueden leer sus propias palabras aquí mismo, en Barrancópolis). Según entendí, por paradójico que parezca, la muestra fue una idea que tuvo su origen en la falta de unidad existente en el mundillo del cine local (no lo digo yo, lo dijo Ameno, aunque casi puedo asegurar que no lo dijo de forma peyorativa, sino como una suerte de reflexión acerca de la realidad de una rama del arte guatemalteco que empieza a realizar esfuerzos reales y particulares por desarrollarse, muy a pesar de que abunden en el interior de ese mundillo  “muchos egos que vuelan como si fueran barriletes” ―eso tampoco lo digo yo, lo dijo Camila Urrutia, según escribió Ameno―). Por ello, no deja de alegrar ver cómo una sala va llenándose poco a poco (quizá demasiado poco a poco), para ver el trabajo cinematográfico de jóvenes soñadores y emprendedores que, en la mayoría de los casos, van luchando arduamente contra la corriente para poder plasmar en celuloide (¿se llama así?) esas ideas que previamente han revoloteado vertiginosamente en sus mentes.

Los cortometrajes presentados, mismos que no pretendo describir extendiéndome más de la cuenta ni mucho menos emitir una crítica académica al respecto en virtud de mis escasos conocimientos en la materia, ciertamente tienen sus aciertos y sus defectos (como es normal en estos casos), y seguramente habrá muchas cosas que los realizadores tendrán que pulir y corregir en sus próximas producciones, pero más allá de los puntos en contra que alguien pueda darles, lo admirable es que se han aventado a nadar, con sus propios recursos según pude intuir, en aguas oscuras, turbulentas y profundas, con la convicción de realizar propuestas interesantes en las que luego es imposible no reparar como espectador. Enhorabuena por ello y por ellos (y por ellas, que abundaron en la muestra, lo cual me pareció fabuloso). Nombres como Rebeca Lane o Vania Vargas, quienes además de geniales en sus respectivas disciplinas, de alguna manera también formaron parte de la muestra: sea actuando, sea como autora de algún libro que sirvió de base para un guión, lo cual es grandioso, porque pone de manifiesto no solo grandes capacidades multifacéticas sino también la voluntad de colaboración y solidaridad que existe en la mente y corazón de muchos guatemaltecos ligados al campo del arte y la cultura de Guatemala, lo reconozcamos o no.

Todos los cortometrajes presentados ese jueves, a su modo —justo es decirlo— fueron buenos, uno por esto, otro por aquello y otro más por aquello otro. En términos generales, merecen todos y cada uno de los aplausos que escuché después de la exhibición, y en especial, merecen mención la valentía y el coraje de los realizadores y de todos los involucrados, y ―como no― de los organizadores de la muestra cuya idea ojalá que se repita. Más allá de la forma de pensar de cada quien, más allá del contenido de los cortometrajes exhibidos, más allá de los prejuicios, egos y veleidades que por estos lares abundan, todo mi respeto y mis mejores deseos para cada uno (y cada una también, cómo no)… Gracias por esa muestra de cortos [finos para tu cabeza], que le dieron vida a una forma distinta de terminar una convulsa tarde chapina, ése jueves 10 de noviembre.

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