Caminito de la escuela…

Paula y las mandarinas

 

Fotografía de Fernando Chuy

Mi abuela Paula me llevaba de la mano de lunes a viernes a la escuela de párvulos. Me adoraba. Cuando estábamos en casa, le gustaba chupetearme las orejas mientras me sentaba en su regazo. Caminito de la escuela… me iba dando mil consejos, de los cuales el único que recuerdo era que siempre me fuera por mi derecha (luego me hice a la izquierda), ¡ah, sí!, y que mirara muy bien a ambos lados antes de cruzar la calle. Me despedía en la entrada de la “Edelmira Mauricio” con un beso en la mejilla y seguía su camino rumbo al mercado con su canasto de mano, rectangular, que tenía un asidero elíptico.

Iba todos los días a hacer las compras para el almuerzo de mi familia, que vivía en la casa contigua, y también para mis dos tías y sus correspondientes críos, y por último, para ella y su solitaria cocina de leña, en el fondo de aquella vieja casa de adobe y tejas, adonde había quedado confinada tras enviudar hacía precisamente los mismos cinco años que yo tenía. Regresaba con las cuentas cabales para todos y nunca conoció una calculadora.

Ahora que lo pienso bien, aquella visita diaria al mercado era su única forma de socializar, de hablar con las “regatonas”, como se les decía en ese tiempo a las vendedoras del mercado. Se tomaba algún tiempo para platicar de las cosas del día, sin meterse nunca a cosa de chismes. Esto lo sé porque más de alguna vez la acompañé en domingo. Caminaba despacio y se mecía de un lado al otro, gordita como estaba, como una muñeca rusa de madera de esas que traen varias muñecas iguales adentro, como si les hubieran puesto a todas, a las muñecas y a ella, una especie de metrónomo lento.

Las compras, las pláticas y el regateo eran, creo, una forma de liberarse. Para su fortuna por fin enviudó, ya que mi abuelo paterno era un tirano de mierda que incluso en algún momento de sus vidas de casados llegó a agraviarla de la peor forma imaginable en aquel pueblerino contexto, llevando a vivir a casa a su amante de turno, desterrándola de la legítima alcoba matrimonial, y condenándola al triste rol de sirvienta de la nueva pareja, en una inverosímil trama sacada de las mejores (o peores) novelas de García Márquez.

Así que ya viuda suspiraba y exclamaba: ¡Ay, ay, ay; ay ay, m’ijito! (siempre eran cinco los ayes que le salían del pecho) recordando sin duda su dura infancia de campesina depauperada y su triste solución matrimonial. Sin embargo, no se quejaba. Por el contrario, guardando seguro sus penas adentro, reía de buen humor contando andanzas de sus tiempos de muchacha.

Me encantaba en particular pedirle que me contara cómo se había conocido con mi abuelo Teodoro; ya no recuerdo la calle exacta en que ubicaba el encuentro, pero ella siempre contaba la historia con alegría y afirmaba que ella en su camino no iba pensando en esas cosas, sino que fue Teodoro quien “se le allegó”. Años después, en la adolescencia, cuando me di a escribir un libro de cuentos cortos, le pedía que me repitiera la historia y siempre la contaba igual. Nunca, ¡oh, arrepentimientos tardíos y falsos!, tomé notas o la registré en un cassette. Por eso ya no puedo hacer el recuento de los detalles de aquella historia de amor y casorio (sinónimos en ese tiempo).

Celebramos aun los que vamos quedando de la familia, que todavía somos bastantes, su forma de ver la vida. Para ella, por ejemplo, la prosperidad de la mujer se mostraba en ser abundante de carnes. “Hoy me encontré con la fulana”, decía; “está galana, ¡gorda y barrigona!”. El adjetivo galán en ese tiempo equivalía a estar bien físicamente. ¡Cómo reíamos todos con esa ocurrencia!, pues era el principio de los 70’s y las jovencitas leían Buenhogar y Cosmopolitan y todas querían lucir delgadas y esbeltas en minifalda.

Como era usual en esa cultura machista, su preferencia éramos los nietos varones, a los que siempre llamaba en vocativo diminutivo: yo era Juancarlitos, y mis primos, Jorgito, Lalito, Willito y Mynorcito. Les tenía tirria a las nietas, a quienes, cuando llamaba, era siempre con un seco y regañón: ¡Iris! ¡Flor!… No era la única; la explicación acaso reside en que, siendo ella mujer cuyo destino eterno y fijado por Dios era sufrir, aguantar palizas del marido ebrio y parir cuanto hijo diosito le diera fuerzas de parir, sin chistar palabra nunca. La mujer era ser humano (apenas) de segunda categoría. El varón, en cambio, representaba todo lo bueno: la fuerza, el valor, el esfuerzo que sacaría algún día a la familia de aquella inmundicia.

Mi hermana Iris, que siempre ha sido una diablilla, se vengaba de su falta de cariño gritándole “¡Abuelita!” en la calle, cosa que ella aborrecía porque nunca se sintió vieja. Reíamos también cuando contaba: “Hoy me encontré con la fulana, galana está; es muchacha de buena edad como yo”, decía y cómo nos hacía reír. ¡Ay de aquel que se atreviera a llamarla vieja! Se enojaba y le quitaba el habla.

Al final de sus días –me duele el pecho- padeció de demencia senil y ya no reconocía a nadie. Excepto a mí. Cuando me veía entrar al comedor a almorzar, su rostro se abría en una amplia sonrisa y me señalaba con el índice y decía algo así como “ahí viene él”.

Hoy, mientras masticaba el primer gajo de una mandarina que recién había mondado, me recordé de su beso en la entrada de párvulos, y de la mandarina que siempre me dejaba de merienda.

(Deichmanske Majorstuen filial, tirsdag 28. Januar 2020 kl. 17:47, hodepinne, nudo en la garganta. OBS! Ren tilfelle: i dag er hennes bursdag!)

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