Carnaval o carnestolendas

Fotografía de Fernando Chuy

Las y los medievales eran más relajados de lo que podemos imaginar, tenían prácticas sociales menos alambicadas que las nuestras y la moral era más laxa, aunque estaban las exigencias de mandamientos y demás disposiciones se aplicaba a la perfección el dicho de “hecha la ley, hecha la trampa” y en el carnaval, la trampa era ley.

La historia dice que celebraciones como el carnaval vienen desde hace más de 5 mil años, de una región que se llama Mesopotamia, donde ahora están Irán e Iraq. De esos lugares pasó a Egipto que, al ser conquistado por los romanos, lo trasladan a Roma para, posteriormente, ser adoptado por los cristianos y así establecerse en aquella cristiandad que de aburrida tenía poco; bueno, en cuanto a plantearse las fiestas y sobre todo una como el carnaval. Era tal el jolgorio que Alejando VI (el Papa Borgia) se escandalizó de aquellos deslices y puso una serie de normas que, aunque escritas, su cumplimiento era pasado de largo.

De aquellas tierras de Europa dominadas por los romanos y después por los bárbaros germánicos, vino el carnaval, con los ingredientes que se fueron sumando por cada cultura. Ni los musulmanes estrictos que dominaron la península de lo que hoy llamamos España, pudieron hacer coto a una fiesta dedicada a la carne. Y esto porque al empezar la Cuaresma, se hacía el ayuno riguroso de carne y esto era entendido en el amplio sentido de la palabra, por lo que se abstenían cuarenta días, para dar rienda suelta, pero mesurada, al gozo de la Resurrección de Jesús.

Ahora que está de moda una enfermedad que nos tiene a todos en pánico, es oportuno mencionar que otra igual fue la que le imprimió mayor grado de festividad y desenfreno al carnaval, me refiero a la Peste Negra, mal que arrasó a gentíos, los mataba en un chasquido de dedos, se estornudaba por la mañana y por la tarde ya se era cadáver. Lo efímero de la vida, cambió el carácter de aquellas gentes y ante el peligro de morir en un santiamén, en el carnaval se servían con la cuchara grande bajo el anonimato de un antifaz o de un disfraz.

A estas tierras vinieron aquellas costumbres de origen pagano, con barniz cristiano, pero no tuvieron el arraigo de ser tan entregadas a la carne y al desenfreno como otras latitudes de nuestra Latinoamérica, donde hay cada carnaval que dan ganas de pasarlo ahí. Aquí no, aunque durante la Colonia había saraos, es decir bailes y fiestas, donde se tiraba papel cortado, al que llamamos picapica, se quebraban huevos güeros, es decir pasados, así como toda especie de líquidos sobre las víctimas, no se iba a más. Ese carnaval chapín fue pasando de generación en generación, hasta reducirse a cascarones, disfraces y una fiestecita para los niños en la escuelita, los mayores en las calles o casas que se prestaran para jugar carnaval y, cada vez en menor intensidad, en los parques emblemáticos de la ciudad como el Central o el Cerrito del Carmen, aunque el epicentro era el parque del Amate, hasta su total desaparición por la privatización de los espacios públicos.

Nuestra familia amiga no podía faltar a la cita carnavalesca, para lo cual iniciaban los preparativos con antelación, sobre todo en la recolección de huevos para los cascarones. La matriarca familiar era muy enfática en las instrucciones que giraba sobre la manera, la única manera, de partir un huevo y conservar la cáscara lo más intacta posible, para ser depositada a la espera de la fecha de la fabricación de los cascarones.

Fotografía de Fernando Chuy

Como la población infantil era legión, así era el consumo de cascarones para el carnaval, por lo que la recolección de las materias primas daba inicio con las primeras batidas de huevo para torrejas de Semana Santa, y continuaban a lo largo del año cuando se cocinaban toda la serie de envueltos que era la base de la gastronomía familiar: pacayas, patitas de cerdo, coliflores, ejotes, chilaquilas, güisquiles y cuanto alimento era susceptible de ser cocinado envuelto en huevo. Esto generaba una copiosa cantidad de cáscaras que eran almacenadas cuidadosamente, por lo frágil del material y lograr tener a salvo a la mayoría el día que eran necesarios.

Pasadas las fiestas navideñas, esto es, concluida la novena del Niño Dios o para después del Bautismo de Jesús como decía la abuelita, iniciaba la confección de picapica, que coincidía con el inicio del ciclo escolar. La bisabuela veía aquello con autentico estupor, rechazo y censura, porque para ella, tal tarea debía realizarse hasta después del 2 de candelaria (febrero), que era cuando terminaba la fiesta. Sea como sea, era necesario hacer picapica y en abundancia, porque cada vez subía el número de cascaras de huevo y si se querían rellenar todos, era necesario tener suficiente material.

Por las tardes, cuando el estío se hacía sentir como presagio de la proximidad de la Cuaresma, mientras se escuchaba la radio, todas las manos ociosas y disponibles en casa eran utilizadas para hacer picapica. Se llenaban baños con aquel material y en cuanto se tenía una cantidad generosa, se iniciaba el lavado de las cáscaras de huevo como paso previo para ser coloreados con anilina. Secas las cáscaras, se procedía a preparar los diversos colores, a recortar cuadritos de papel de china de diversos colores también y tener una buena cantidad de engrudo. El proceso de fabricar los cascarones había iniciado.

Todas y todos involucrados en aquella empresa, con las correspondientes etapas; primero, la pintada de la cáscara, con diversidad de colores y puesta a secar una vez pintados. Una incipiente distribución social del trabajo se establecía entre la cocina y el patio interior, colocados aún con la pintura fresca, sobre hojas de periódicos extendidos en todos los espacios posibles, niños que accidentalmente, aunque con picardía, hacían amago de confundirse y machucaban más de alguno, lo que significaba una pérdida y un dolor colectivo, por lo que costaba conservarlo intacto durante tanto tiempo. Y así, las cáscaras blancas o cafés, se iban transformando en cascarones multicolores aún incipientes.

Mientras se secan tantas cáscaras recién pintadas, se daba lugar a la fabricación de máscaras. En aquellos tiempos comprar una máscara es considerado un gasto innecesario y, un disfraz, es un lujo que solo pocas personas se lo pueden conceder en la antañona capital. En casa es costumbre hacer sus propias máscaras. Cada niña y niño pasan a que se tome copia del modelo de su rostro que, con papel periódico y engrudo, será cubierto con una máscara en condiciones para jugar carnaval. Y así van surgiendo aquellos antifaces de modelo único del que varían las facciones de quien es el destinatario y el color usado.

El lugar en donde se secaban las cáscaras, es ahora donde se hace lo mismo con las máscaras y se remata el trabajo para obtener los cascarones. Mientras unos rellenan con picapica, otros los cierran con los pequeños pedazos de papel de china en forma cuadrada, también se pegan con engrudo, este material viene a ser el adherente por excelencia para confeccionar el ajuar propio del carnaval de los barrios de la capital guatemalteca.

Se van acumulando cascarones terminados, sometidos al tercer y final proceso de secado, una vez concluida su confección pasan a ser depositados en cajas de cartón para que el martes de Carnaval o el día indicado, sean embalados en bolsas de papel para ser llevados a la celebración carnavalesca de la Escuela. Las personas adultas hacen acopio de cascarones para jugar por la tarde, sea en la calle o en una plaza en donde se esté dispuesto a ir a participar. Los jóvenes organizan fiestas informales en las cuales, si se cuenta con tocadiscos, podrá amenizarse con música del momento; esto al caer la tarde, porque a medida que está finalizando el último día del carnaval, aumenta su clímax: de cascarones rellenos de picapica, pasan a los cascarones que se han confeccionado conteniendo harina, que son los “secretos”, hechos para uso de adultos. Y ante la pérdida de la noción del tiempo y el espacio, de cascarones de harina, de ceniza o de cualquier material que provoque picazón, se pasa a huevos shucos, a tirarse agua unos a otros, armándose auténticos jolgorios incontrolables que deben concluir minutos antes de las cero horas del miércoles de ceniza.

Entre gritos, risas, quejas, lamentos y bromas, discurre el día de carnaval. El calor se hace sentir, las flores amarillas de los árboles de palo blanco que decoran las calles y avenidas, junto a las jacarandas y las buganvilias que, con colores morados y violeta, preparan esas alfombras naturales de florales en las aceras. El sol cae, el martes de carnaval termina, poco a poco se hace el silencio, al siguiente día, iniciará la Cuaresma.

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