Coitos cotidianos de ayer y hoy

Fotografía de Fernando Chuy

En el centro de una ciudad que pareciera que nunca duerme, pero bien que se la babosean a diario, mi pareja y yo nos aventuramos en alquilar una madriguera, acogedora y muy iluminada. Estábamos ajustando el año, cuando llegó un personaje a visitarme y decirme: Puta, muchá, necesitan una tele aquí, hombre. Con razón cogen tanto. Se despidió diciendo que le “llegaba” mi nidito de amor, pero aconsejándome que definitivamente teníamos que adquirir el susodicho electrodoméstico.

¿Dónde podría poner una televisión?

Ya me estaba acostumbrando a no tener ninguna, salir a mi terraza por las tardes a ver los atardeceres, y si tenía suerte, con una chelita en la mano. Contemplar las plantas que se asoman por la ventana de mi cocina y escuchar el sonido de las abejas que entraban a saludarme cada día, las mariposas, las polillas, de todo hay.

Cada ambiente se comunica así que casi no hay privacidad, pero eso no representa ningún problema para nosotros. Como buenos recién “arrejuntados”, disfrutábamos de nuestros cuerpos, nos hacíamos –y todavía hacemos – el amor por cada rincón del lugar. Gimiendo, gritando, nalgueando, en fin.

Tres días teníamos de habernos mudado, no había muchas cosas, sólo nuestra gran cama que más parecía ser un campo de batalla, escenario dónde podíamos hablar, darnos besos, tocarnos, sentirnos. Ignorábamos completamente que tuviéramos vecinos, todavía no nos íbamos a presentar, una tradición cuasi europea para llevar la fiesta en paz.

La vecina

Seguíamos acomodando las pocas cosas que teníamos, comprando alguna que otra, aprovechando ofertas y tirando otras. Barriendo, limpiando, trapeando, la usual y engorrosa tarea después de que una se muda a un nuevo place. Dividiéndonos quehaceres me tocaba trapear, tenía que lavar el trapo en la pila, uno de los espacios en común con otros inquilinos.

Ahí estaba doña Alicia, mi septuagenaria vecina, lavando unos tomates. Resulta que vivía al lado. Dándole las buenas tardes y ella torciendo la boca, apurándose para entrar a su apartamento. Pensaba que era buena idea presentarme, por lo que procedí a decir el nombre y apellido con el que mis progenitores me bautizaron.

Esa viejita parecía inquieta, por no decir shute, viéndome de pies a cabeza. Tratando de desviar su mirada para ver dentro de mi apartamento… a lo lejos vio a un hombre bien parecido, de ojos verdes y una melena en crecimiento que estaba pintando algunas paredes. Sabía que era mi pareja, a mi parecer había visto suficiente, pero según ella no. Yo no estaba preparada para el interrogatorio que vendría después.

¿Están casados? ¿A qué se dedican? ¿De dónde son? ¿Cómo se conocieron? ¿Cuánto tiempo tienen viviendo en la ciudad? ¿Por qué se vinieron a vivir por aquí? ¿Tienen planes de irse pronto? ¿Cuántos años tiene?

Me sentí acorralada y con ganas de responderle de una manera soez, pero nel, le podía dar un patatush a la cascarita. No me convenía hacer enemigos tan rápido y menos porque andaba de muy buen humor. Respondí cada pregunta de manera cordial pero también poniendo un límite, es lo que me enseñaron en casa y lo que reforcé en mi carrera –digamos- diplomática.

Después de varios minutos, doña Alicia decide “darme un consejo” el cual no puedo olvidar todavía: Mija, eso sí le digo aquí se escucha todo, si yo me tiro un pedo, ustedes lo van a escuchar. Si ustedes se tiran otro, hasta mi cuarto los voy a escuchar. No parecía quedarme claro, pero ella acentuó en que toooooodo se escucha en ese lugar, y tenía razón. Prosiguió y dijo Ahí les encargo…feliz tarde, entró, cerró la puerta de un golpazo y siguió cocinando.

¿Qué se le va hacer?

Tenía que contarle al muchacho lo que la señora me había dicho, obvio porque me robó alrededor de 25 minutos de mi vida. Creo que su indirecta era clara, nos escuchó coger por mucho tiempo y al parecer no le agradó. Pero ¿Qué se le va hacer? Nos sentíamos libres en ese espacio, no nos importaba tanto incomodar a los vecinos con ruidos de amor.

Ahuevos, seguimos cogiendo más y más, no como las películas porno pero sí lo disfrutábamos. La viejita se resignó y ponía la radio a todo volumen en las horas en las que “suponía” íbamos hacer el rito y volvernos uno. Podíamos pasar así largos momentos, descansar un poco, comer, tomar algo y seguir. La excitación y la emoción era nuestro combustible y la música de la FM Joya nuestra porra. Así debe ser.

Pasaron algunos meses y la viejita, con su viejito decidieron mudarse, que “porque ya no les gustaba el lugar”. Creo que la espantamos, pero no nos arrepentíamos. ¿Acaso se le habrá olvidado su juventud? ¿Cómo se gozó coger todo lo que pudo? ¿Los momentos en los que se alcanzan los orgasmos juntos? Saber, pero mientras voy a seguir aprovechando cada momento. Eso sí, voy a extrañar las tardes/noches de la música a todo volumen en su radio, marcando el tiempo con el que J y yo nos dábamos “besitos”.

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