Con los cuernos en alto: el rock y el metal en Guatemala Parte IV

Construyendo y reventando identidades

Quiero abordar ahora algo que en párrafos anteriores mencioné y que no desarrollé por su particularidad. Me refiero a las denominadas “cacerías de breaks” suscitadas a finales de la década de 1980 y principios de la de 1990. Este fenómeno que fue analizado profundamente por la antropóloga María Gabriela Escobar Urrutia en su tesis de grado que lleva por título: Enfrentamientos y violencias juveniles en la ciudad de Guatemala (1985-1993), fue, a mi entender, la expresión de una contradicción de estratos sociales urbanos capitalinos.

Conforme se fueron ampliando las capas sociales, las diferenciaciones entre “burgueses” y “breaks” (estos últimos posteriormente etiquetados como “choleros” o “mucos”), denotaban que la conflictividad política empezaba a extenderse con otros matices, hacia las juventudes. Así, las diferencias entre estudiantes de institutos públicos y privados, que no era reciente pero que no había llegado a tal nivel de confrontación, comenzó a visualizarse hasta en medios de comunicación. Portadas de periódicos con noticias donde estudiantes del Instituto Central para Varones se enfrentaban a estudiantes de colegios privados como el Von Hayek o también de los mismos establecimientos no privados.

Estas disputas callejeras desencadenaron persecuciones de jóvenes de colegios hacia estudiantes de institutos públicos. Las “cumbias” que les pegaban eran tan fuertes que podían quedar con problemas físicos de por vida o, incluso, morir. Si un grupo de uno u otro bando miraba en la calle a alguien o a otro grupo que se suponía o se reconocía como contrario, la persecución o la pelea se desataba sin importar si la policía estuviera cerca o presente.

Los centros comerciales como la Plaza 6-26 en la zona 9, la Plaza Vivar y el Centro Capitol en zona 1 fueron escenarios de batallas campales, causando destrozos a locales comerciales y a protagonistas, mirones y desafortunados transeúntes que pasaban en el momento menos apropiado. Navajas automáticas, cuchillos, botellas, piedras, cadenas, bates de beisbol y palos fueron algunas de las armas comúnmente utilizadas para las peleas. En pocas ocasiones hubo el uso de armas de fuego.

Recuerdo una vez que, saliendo de estudiar, un grupo de estudiantes del colegio Von Hayek nos atacó. Estudiaba en el Instituto Nacional de Educación Básica Tecún Umán, ubicado en ese momento sobre la Avenida la Reforma y 5ta calle de la zona 10. La hora de salida era a las 12:30 y, afuera, cuando la mayoría de estudiantes de los tres grados básicos salían para sus hogares o cualquier otro lugar, cuatro muchachos dentro de un carro Ibiza, parqueado frente a la entrada principal, se disponían a agredir a cualquiera de quienes abandonaban el centro educativo. Uno de ellos se bajó del vehículo, sacó un arma y comenzó a disparar sin lograr acertar un solo tiro. Nadie se explicaba por qué de tal situación.

Con los días comprendimos que era una respuesta a un ataque de estudiantes de institutos públicos a jóvenes del Von Hayek en la Plaza 6-26 de la semana anterior. La mayoría de nosotros no sabíamos qué hacer y por qué se estaba dando esa agresión. En medio del ataque, unos compañeros se armaron de valor y, cubriéndose del lado del área de parqueo del establecimiento, tomaron piedras y comenzaron a lanzarlas a quien disparaba y al carro estacionado. Cuando el atacante vio que la lluvia de piedras le rebasaba, ingresó al carro y salieron rechinando las llantas.

En este conflicto estaban involucrados jóvenes rockeros que estudiaban en los llamados colegios “desagüe”, como el Colegio Árabe Guatemalteco, que era donde recibían a quienes habían sido expulsados de otros establecimientos o no ganaban las materias. También jóvenes de áreas populares y marginales que estudiaban en establecimientos públicos, víctimas de violencia intrafamiliar, pobreza y hasta abusos sexuales, que no rendían en los estudios y debían trabajar por las tardes para contribuir a la economía familiar y aprovechaban para salir no solo a pelear sino a robar a la población. Algunos de ellos eran rockeros.

Es decir, el problema no era ser rockero sino una diferenciación de clase con un contenido profundo de racismo. Varios de los “cazadores de breaks” eran familiares de militares o de diputados, y cuando las peleas llegaron a niveles incontenibles y con uso de armamento pesado, se supo que estas acciones formaron parte de una estrategia de división dentro de las organizaciones estudiantiles de la educación pública. Algo que no fue muy conocido en aquel momento. Mientras, se asumía como peleas entre chavos sin oficio, donde, como siempre, los estereotipos prevalecían.

Se trataba, entonces, de construir una imagen del joven marginal, empobrecido y estudiante de instituto nacional que demeritara su presencia como parte de organizaciones estudiantiles, lo cual contribuyó a que se debilitara el movimiento estudiantil, siendo en noviembre de 1994, la última manifestación de estudiantes de educación media y universitaria, en demanda por contener al aumento del precio del transporte urbano, donde murió baleado y torturado Alioto López Sánchez.

Hasta la fecha, muchos de los que participaron en esas cacerías y que los conozco, recuerdan con nostalgia dicha época. Añoran que hoy se hagan las mismas para que, en su mentalidad de clase media racista y homofóbica, se eliminen a los “choleros” y “mucos” que delinquen, particularmente a integrantes de maras y pandillas juveniles.

Estos términos se acuñaron con un sentido racista y diferenciador de clase. El ser “break” implicaba, desde la perspectiva de los jóvenes burgueses, alguien que era pobre, moreno, “shuco”, inferior, “indio”, que nunca podría llegar a ser como ellos. Para un “break”, significaba una identidad territorial, tanto de colonias populares como de pertenencia a un establecimiento educativo no privado. Usar un lenguaje distinto donde el grupo era como otra familia.

Además, el origen del uso de tal etiqueta identitaria procede de la influencia musical y cinematográfica estadounidense con la película Breakin´, de 1984, que refería al breakdance, originalmente conocido como Bboying,  que emergió de los barrios de Nueva York entre la década del 70 y comienzos de la del 80. Era un baile callejero cuyos movimientos reflejaban como si el cuerpo estuviera robotizado o quebrándose por momentos, y donde el uso del cartón sobre el suelo era vital para demostrar las habilidades de baile que se acompañaba con una grabadora. La vestimenta era con pantalones flojos de los muslos con un cierre en los tobillos. Podía usarse calcetines blancos o desistir de uso de esta prenda y dejar solamente cubiertos los pies por los zapatos deportivos altos. Mejor si eran de marca Nike, Converse, All Star o también llamados “chapulines”. Cuando le “ponían” a los “burgos”, podían obtener no solo tenis de esas marcas sino también de Reebook. Playeras caladas al estilo de los equipos de futbol americano que podían cubrir solamente hasta el ombligo, un arete en la oreja izquierda, alguna cinta en la frente y el cabello recortado de la cabeza pero con colas a manera de mechones desde donde comienza el cuello.

BREAKIN', Michael Chambers, 1984. (c) Cannon Pictures.

Michael Chambers aparece en una escena de la película Breakin de 1984.

A diferencia de los “burgueses”, que usaban el cabello corto, vestidos con zapatos deportivos de marcas como Reebook classic de color negro, pantalones con los ruedos largos y camisas formales o tipo Polo. También podían usar zapatos Sperry y relojes marca Swatch. En fin, las diferencias sociales se mostraron entre dos expresiones juveniles: los breaks y los anti-breaks, donde participaban los rockeros. Época de violencia urbana.

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