Crónica exprés de paz y guerra: ¿diálogo o exterminio?

Sintomatología del caos colombiano (II)

Luego del difícil proceso de paz entre el gobierno colombiano presidido por Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC-EP (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo), muchos pensamos que el país estaba llegando al final de la guerra. Una guerra fratricida, degradada, sin escrúpulos y, más que nada, atravesada de cabo a rabo por el narcotráfico.

Fotografía de Álvaro Barrientos

No era que las razones por las cuales la insurgencia se había alzado en armas hubieran dejado de existir, se trataba de que ni las guerrillas se habían tomado el poder tras cincuenta años de lucha ni las fuerzas del Estado habían conseguido exterminar a sus enemigos, a pesar del flujo de dólares que manaba desde los Estados Unidos para lubricar la máquina bélica.

Santos asumió su presidencia gracias al guiño aprobador de Álvaro Uribe, lo que suponía que Uribe seguiría gobernando por interpuesta persona, en cuerpo ajeno. Sin embargo, las cosas se salieron de control, Santos se salió de control, ya que, en vez de cumplir el destino que le había encomendado su mentor y patrocinador, decidió seguir una agenda propia. Una que no pasaba por derrotar militarmente a las FARC, sino por dialogar y desmontar pacíficamente la confrontación.

De esta forma el país quedó dividido en dos: los que apoyaban a Uribe y pensaban que a las FARC había que exterminarlas a bala. Y los que, sorprendidos por la voltereta de Santos, se unieron a la salida negociada al conflicto. El proceso se alargó mucho más de lo previsto y en ese lapso la brecha se ahondó. Los uribistas se empeñaron en que no se podía negociar con terroristas, argumentando que Santos les estaba regalando el país a los armados. En tanto que el resto de la población —gente común y corriente, campesinos, indígenas, afros, pobres que fueron desplazados por la guerra, progresistas de las ciudades— sintieron una real posibilidad de cese al fuego.

 

De ser el partido de gobierno el uribismo se pasó a la oposición

Su enfrentamiento con el proceso de paz fue sin cuartel. En los medios de comunicación, en las redes sociales, a través de cadenas de WhatsApp, utilizando incluso instituciones del Estado como la Fiscalía general de la nación para jugar sucio y entrampar los diálogos. El uribismo se propuso acabar con el proceso. Debido a esta presión Santos decidió, para darle legitimidad a los acuerdos obtenidos en la Habana, convocar a un plebiscito que los refrendara.

Con muy mala suerte, perdió. A base de artimañas y mentiras (como por ejemplo la afirmación de que en los acuerdos se había pactado el adoctrinamiento de la “ideología de género”: escolares desprevenidos a convertirse en homosexuales), el uribismo obtuvo mayorías. Así que, lo que en principio se presentó como la vía pare legitimar popularmente los acuerdos ante el embate de los guerreristas, se convirtió en la práctica en el talón de Aquiles del proceso de paz. Y, visto a la luz de los acontecimientos recientes, en oxígeno para el incendio.

Herido de gravedad, Santos llamó a un diálogo nacional que replanteara algunos puntos del acuerdo para satisfacer las demandas de los inconformes con el proceso. Luego de unas breves rondas en las que se discutieron y modificaron ciertos asuntos, nada estructural, los acuerdos fueron oficializados por decreto presidencial, como bien se pudo hacer desde el principio. Ahora la pelota estaba del lado uribista de la cancha, y la indignación provocada por el carpetazo de Santos para salvar los acuerdos era una ventaja que sus enemigos iban a capitalizar.

Ganaron las presidenciales en un muy cuestionado proceso electoral, en el que, como es habitual en la contienda colombiana, el narcotráfico aportó su granito de oro. A Iván Duque se lo cuestiona por haber permitido la entrada de dinero del narcotráfico en su campaña. Pero, en fin, no hay quien investigue el asunto, pues la Fiscalía está cooptada por el partido de gobierno, es decir, por el uribismo. Y Uribe, que con Santos había calculado mal, con este nuevo esbirro parece haber atinado.

En Colombia nadie duda de que es Uribe el que gobierna, no Iván Duque. Y por supuesto ha usado el poder para vengarse. Los programas planteados en los acuerdos para avanzar hacia una sociedad con una verdadera justicia social han sido desatendidos presupuestalmente; a los excombatientes que entregaron sus armas los están matando uno a uno, junto con los líderes sociales en las regiones que apoyaron los acuerdos; los territorios que en el pasado estaban copados por las guerrillas no fueron llenados por el Estado, sino que, en medio de la anomia, fueron usurpados por la delincuencia fuertemente armada y asociada con el narcotráfico. Es el regreso al poder de la visión que trabaja por el exterminio militar de las diferencias.

Fiel a la doctrina del enemigo interno que los llevó al poder desde hace más de veinte años, la extrema derecha colombiana encontró en el estallido social su elemento. Ahora los civiles que se manifiestan son el enemigo: los vándalos, los terroristas. Lejos de haber derrotado la amenaza comunista y guerrillera, esta se instaló en las ciudades, en los barrios, en los jóvenes. Las calles colombianas son, hoy por hoy, un campo de guerra.

Fotografía de Juan Barreto