De cómo sobreviví la cuarentena del 2020 y las drogas que tomé II

Era abril del 2020, una noche silenciosa y desesperante, con el miedo poblando las anchas calles de La Reformita. No pasaba nada. Todo era quietud. Sin embargo, el miedo nos angustiaba. ¿Estábamos asistiendo al fin del mundo? ¿Al final de la humanidad? Tratábamos de filosofar y reflexionar con K. Nos sentábamos sobre blocks de cemento en la terraza porque dentro de la casa hacía un calor infernal.

Fotografía de Ban Vel

Nos aferrábamos a la cordura, al sexo intenso y a las películas de Stanley Kubrick, pero la pandemia seguía allí cerquita, respirándonos en la nuca.

Como una suerte de mensaje divino llegó a mi celular un número desconocido; enviaba una foto con ofertas para alterar los sentidos. Mis ojos se detuvieron en la línea que decía: “LSD Q150.00 X1 Q250.00 X2”.

K sabía del uso terapéutico del ácido lisérgico, además de sus propiedades alucinógenas… Se nos hizo agua la mente y decidimos comprar una oferta.

 

El viaje

El viaje inició con búsqueda de información. Pasamos al menos cuatro días hablando y leyendo única y exclusivamente sobre el uso y efectos del LSD.

Desde experiencias chamánicas y sanadoras, pasando por las sensaciones del sexo bajo los poderosos efectos de la substancia, hasta los malos viajes y el daño cerebral causado por el uso desmedido de la misma.

Todos los casos y experiencias nos interesaron. Fascinaba la idea de tocar la locura con las manos desnudas. Nos urgía ese escape de la realidad que nos intrigaba… Necesitábamos experimentar la euforia sexual que tantos autores mencionan.

Cuando al fin nos hicimos del pequeño cuadrito, nos pareció que teníamos la Vía Láctea en la palma de la mano; éramos pequeños dioses a punto de jugarse el destino de la humanidad con un papel deshaciéndose bajo la lengua.

Fotografía de Engler García

La dietilamida de ácido lisérgico produce un estado de alteración de la conciencia que dura hasta 12 horas después del consumo. Lo más tangible, lo que más fácil se alcanza, son alucinaciones, sinestesia audio-visual, relativización del paso del tiempo, y experiencias de desrealización y despersonalización.  Pero, además, se incrementa la percepción de bienestar, de felicidad, de cercanía y comunión con los demás, de apertura hacia los otros, y de confianza. Pero también disminución de las emociones negativas y las preocupaciones. Y en el peor de los casos, psicosis y paranoia.

Físicamente el LSD aumenta la presión sanguínea, y la frecuencia cardíaca, la temperatura corporal, la apertura pupilar, y los niveles de cortisol, prolactina, oxitocina y epinefrina, generando una sensación de bienestar general muy agradable.

Hicimos un ritual, encendimos velas, pusimos incienso, creamos una playlist, compramos frutas y bebidas refrescantes, leímos poesía, nos sentamos en el suelo, uno frente al otro, nos colocamos el pequeño cuadro de papel en la lengua, cerramos los ojos y sentimos como el cuadro con aquella substancia incolora, inodora e insípida, se deshacía en nuestra saliva.

 

¡Siento una gran presión en el pecho!

K fue la primera en sentir los efectos, un poco asustada me comentó que sentía mucha presión en el pecho y ganas de vomitar. Yo me sentía como cuando te acabás de tomar tres litros de chela, una embriaguez deliciosa y feliz. Tomamos agua pura y le aconsejé a K que se acostara que respirara profundo y pensara en algo que la hiciera feliz.

Momentos después yo sentí ganas de vomitar e incomodidad física general, no era agradable.

Nos concentramos en la música; para entonces sonaba una rola de Doja Cat, “¡qué nalgotas las de esa chava!” comentamos y nos reímos de buena gana, entonces el sonido de nuestra risa era intenso y sentimos cómo nos penetraba las orejas, provocando carcajadas incontrolables. Reímos mucho, nos abrazamos y dijimos “aquí vamos”.

Una montaña rusa instalada en nuestro cerebro accionó sus curvas, sus bajadas y subidas, emocionados subimos el volumen y disfrutamos de la música.

 

El sexo multiplicado

El placer auditivo fue constante durante todo el viaje (casi 12 horas). Música, música, música, mucha música. Además, el placer visual estaba garantizado: esferas transparentes, las portadas de los discos, el lienzo de Miles Davis; todo tenía vida y movimiento. La portada de Bold as love de Jimmy Hendrix nos entretuvo por un par de horas. Apagamos la luz y movíamos el disco frente a nuestras caras, todo estaba vivo, los colores, los sabores, los sonidos, todo se movía como columnas de gas neón.

Por momentos teníamos mucho frío y temblábamos, pero al poco tiempo sudábamos profusamente y nos moríamos del calor. Nos desnudamos y chupamos cubos de hielo. Sensación inigualable la del hielo en la boca.

Estando desnuda, le pedí a K que se recostara en la cama para que yo pasara sobre su cuerpo una manta suave y ligera. K enloqueció: reía y pedía que pasara la manta una y otra vez. Intercambiamos y ella acarició mi desnudez con la manta; me sentí como dentro de un capullo de seda, no podía dejar de sentirme bien.

Llegamos a lo que K y yo identificamos como una nueva estación del viaje. Sentimos excitación y deseo exacerbado. Nuestra vida sexual es de por sí intensa y constante, bajo los efectos del LSD la intensidad sobrepasó nuestros propios límites, pasamos las siguientes cuatro horas teniendo un sexo más allá del cuerpo.

La genitalidad fue deliciosa, pero la mente te llevaba más allá. Pude sentir cómo entraba en el cuerpo de K para luego salir de ella, como vuelto a nacer, como parido por esa mujer que a su vez disfrutaba sudorosa y extasiada. No sentíamos cansancio y nuestro cuerpo en todo momento estuvo listo para seguir con la jornada venérea, una y otra vez.

Ya empapados en lágrimas, mocos y babas, nos bañamos y no podíamos dejar de tocarnos y sentir el cuerpo como de gelatina, el pene, los pechos, las nalgas, la vulva, hechos de gelatina de fresa. Mientras nos duchábamos lloramos de felicidad.

 

¿Dormir? No hay tiempo para eso

Iniciamos el viaje a las 8 de la noche, llegaron las 4 de la madrugada y nos parecía estar en el medio día más soleado y energético de nuestras vidas. No existía el cansancio, pero sabíamos que necesitábamos descansar.

Comimos frutas, sentados, desnudos y felices, hicimos inventario de la experiencia, y en ese momento los ojos de Miles Davis pintados sobre una manta negra se salían de sus orbitas y nos sonreía. “Poné Bitches Brew” me pidió K y escuchando ese jazz psicodélico nos fuimos durmiendo poco a poco, a eso de las 8 de la mañana.

Una semana después evaluamos la experiencia, y sin dudas ni vergüenza concluimos que debemos hacerlo diez veces más.

No consumimos alcohol, pero al día siguiente la resaca fue muy parecida a la cruda de una borrachera cualquiera.

Enfrentamos los siguientes días de la cuarentena de un 2020 que queríamos olvidar, con alegría y positividad, recordando y recreando los momentos de intensa felicidad que vivimos después de consumir LSD.

Este no es un artículo para promover el uso de psicotrópicos, este es un artículo para contar y compartir nuestra forma de sobrevivir a esta pandemia que un año después nos acerca irremediablemente al encierro y al miedo una vez más.

Continuará…

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