De los problemas de enamorarse de hombres con vergas raras

Fotografía de Fernando Chuy

Éste tenía la verga un poco rara. Pero por eso era interesante. Desde hacía un tiempo yo había empezado lo que denominaba “Estudio comparativo de personalidad y anatomía genital: un análisis individual de caso en un país tercermundista”. Tenía la impresión de que podría existir un patrón entre la personalidad de los hombres y sus vergas. Porque siempre los hombres se sienten muy orgullosos, apenados, injuriosos o bien todas esas cosas simultáneamente por sus majestuosos miembros sexuales.

En la búsqueda descubrí, en cambio, que los hombres grandes no siempre tenían la verga grande y que los chiquitos no siempre la tenían chiquita. Entonces pensé que la personalidad podría tener que ver. No es que quisiera dedicarme a los estudios de conducta, sino que quería entender un poco más porque había hombres que me gustaban independientemente de sus vergas y vergas que me gustaban independiente de sus hombres. Yo más bien tenía mi hipótesis: no había relación alguna.

Pero éste la tenía rara. Casi sonreía y enamoraba. Casi podía verle la misma sonrisa de su rostro y era extraño. El caso que podía joder todo mi experimento (¡cómo odio que eso suceda!). Un solo caso. Me daban ganas de desaparecerlo, pero no matarlo. Entonces me pasé a lo cualitativo y me concentré en este individuo. Debía explicar esta excepción a la regla. Ya había pensado un subtítulo magistral: “una aproximación desde la resiliencia”.

Me concentré en este tipo y en esta verga. No era grande, estilo industria pornográfica. Pero no era pequeña. Y el tipo era un tipo de lo más normal. No era un hombre exitoso. Tampoco era un perdedor. Era promedio en todo. Por eso me parecía anormal que estuviera enamorada de él y de su verga. Reflexionaba sobre esto durante una felación en la que comparaba sabores y no entendía nada. Tampoco era una cuestión de sabor o de pH anómalo. No sabía a nada extraordinario.

Entonces me di cuenta. Yo, como “observadora”, estaba sesgada. Que no podía medir nada. Todo era el problema heissenbergiano del observador que no puede controlar la posición y la dirección de una partícula. “Subjetividad” logré decir mientras él eyaculaba. Quizás estaba enamorada y ya. 

Nota del editor de Barrancópolis: Este texto fue extraído subrepticiamente de “De los problemas de enamorarse”, un libro de Ana Escoto que F&G Editores publicó en 2019. El estilo del Viejo Oeste nos caracteriza así que háganle huevos y si les gustó busquen el material impreso en su librería favorita.

Sobre la autora:

Ana Escoto (San Salvador, 1984) Se dedica a la narrativa breve y a la poesía. Es economista y doctora en Estudios de Población. Radica en la Ciudad de México, donde también se la rifa en la docencia y en la investigación sociodemográfica del bienestar.

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