De Victoria y cuando los Rusos Blancos se acaban

Fotografía de Fernando Chuy

Me veo de pronto retratado en la figura de un muchacho flacucho y moreno que carga una guitarra a cuestas en la típica funda negra impermeable en el metro. Se sube y se sienta con el instrumento a la espalda, sin mucho reparar en que es frágil.

Recuerdo mis siete guitarras, De Syv Søstrene, las siete hermanas, como el nombre de la catarata en Geiranger, y asocio la idea de su recuerdo con mi cuarto de habitación, donde duermen seguras un sueño de insurrección.

Y viene entonces a mi memoria la primera asociación de mi ser con una guitarra y resulta ser la de mi padre, esa guitarra artesanal huehueteca que todavía cuelga en su sala, aunque sea la sala de una nueva familia que él se buscó cuando pasó de la nuestra.

No es una guitarra que haya sido manufacturada por “Los Díaz”, los hermanos guitarreros que, por oficios de mi viejo ante la autoridad municipal, hace muchos años obtuvieron la Orden de Los Cuchumatanes, máximo galardón departamental a las cosas de la cultura, diploma o trofeo que no les sirvió para hacer sopa, ni salir de la miseria; sino es una guitarra mucho más rústica, de manufactura humilde pero acertada, creo que fue el dientudo o uno de esos carpinteros baratos que mi viejo siempre buscó, el que la hizo a su imagen y semejanza. De mi viejo, pues, ya que perfectamente recuerdo cómo la entrastadura, en vez de seguir la tradición, fue improvisada con varillas de soldar de un metal que ahora no recuerdo, y que, a indicaciones de mi padre el mecánico le había proveído al guitarrero. El resultado fue un instrumento de sonido dulce, fácil de tocar, al que mi padre le extraía melodías tristes tratando de trastear las cuerdas de nylon en rasguños de dos a dos, recolectando en la mente y en las yemas de sus dedos a un tal Antonio Bribiesca, o la rabia de Cuco Sánchez.

Es mi primer recuerdo, pues, de ese instrumento de cuerdas al que le guardo perenne obsesión. Luego vinieron las estudiantinas, los tríos, los mariachis y la guitarra de mi primo Jorge, recuerdos de cuando mi objetivo era estudiar música y tocar el piano, pero a lo más que llegué fue a recibir unas clases “al oído” con don Joel Túchez, regular organista de mal aliento y pésimo profesor, en aquel organito Yamaha BK4C que mi viejo compró para los 15 años de mi hermana, cuando lo que ella quería en realidad era una fiesta con bailes, ropas y gentes como debe ser.

Como no pude cargarme el Yamaha a la espalda cuando me arranqué de Huehue y me fui a la capital a estudiar Dibujo, convencí a mi padre de que me cambiara la guitarra con el quetzal incrustado en madera que habían hecho, esta sí, Los Díaz, y que había sido seguro un regalo de cumpleaños, por una Yamaha levemente rota de la contratapa pero que vendía barata su amigo el bohemio.

“Victoria” la bauticé, por la cerveza Victoria que salió a la venta en 1982 para hacerle competencia y asfixiar a la recién lanzada “Costeña”, que dicen que era de Arana. Victoria porque en aquellos tiempos no tenía novia cuyo nombre me sirviera para mi guitarra, ni musa, ni cosas de amores, ni nada, y como a los 16 ya era un borrachín consumado, el nombre le hacía homenaje al hecho afortunado y gracioso de que la cerveza en mención costaba cuarenta centavos…

La “Victoria” me acompañó a lo largo de muchos años felices. Era de cuello delgado y le puse cuerdas de guitarra eléctrica, de la denominación de .008” y tocaba Pink Floyd, Bread y Los Beatles. La cargaba asida por el mástil, subiendo y bajando buses, sin preocuparme por ponerle funda, como la que usa el patojo citado supra, para protegerla siquiera tantito.

Todo lo contrario, la “Victoria” era una mujer de la calle y bromeaba con mis amigos muchos años después de que era la única mujer a la que me daba gusto ver en brazos de alguien que le metiera mano bien. Porque siempre estuve consciente de mis limitaciones como guitarrista, y porque siempre es bueno aprender de cómo tocan los otros.

Una buena mañana de domingo en Nimajuyú, después de varios días de conga con Michael Jackson, aquel intenso flacucho moreno que tiempo después acabaría ahorcándose en Pana, cuando ya la ración de “rusos blancos”[1] se nos estaba acabando y la ansiedad se materializó como una matrona de malas pulgas, acabó aquel amigo por convencerme de ir a empeñar a Victoria por un par de tragos. Total, mañana lunes me cae plata, me dijo, y sí, dice Juan Caballo.

Nunca la volví a ver.

En la victoria sobre la muerte segura que para mí representó el capítulo leaving Guatemala, cuido hoy por hoy siete guitarras distintas, siete concubinas del diablo, siete hijas pródigas, siete hermanas solteronas enfrente del pretendiente borracho, como cuenta la leyenda en Geiranger, y les doy abrigo.

No como este patojo cabrón, que no cuida su guitarra al sentarse, ojalá que algún día pronto se dé por enterado del tesoro que es esa condena de cargar una guitarra con una mujer a cuestas.

 

(Rett Inn, søn. 10. Feb. 2019 kl.15:42)

[1] Octavos de litro de aguardiente «Quezalteca», bajados por la garganta con sorbos de leche en bolsas de medio litro.

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