Del comunismo al capitalismo en el hotel Khaldi

Fotografía de Santiago Pujar

Caían unos morongazos de agua y nuestra idea de acampar en la naturaleza se ahogaba con ellos. Entonces decidimos buscar un hotel, cosa que muy rara vez hacemos porque nos parecen caros y siempre intentamos estirar los billetes lo más que se pueda. Nos encontrábamos en un país que ahora goza del capitalismo y el libre mercado, Armenia, que no hace mucho tenía un régimen comunista ya que formaba parte de la desaparecida Unión Soviética.

Revisamos el mapa en nuestro celular fabricado, como casi todos los celulares en el mundo, con piezas de un país comunista, China, y así encontramos la ciudad más cercana, Gavar. Hasta ese entonces ignorábamos que, dicha ciudad, durante el comunismo había sido de gran importancia para la economía de la región. Allí se forjaron grandes fábricas textiles, de material de construcción, embotelladoras y piezas de electrónica. Edificios descomunalmente grandes que ahora, gracias al capitalismo, están en total abandono.

La ciudad contaba con más de 30,000 habitantes durante la época comunista, no obstante, en la actualidad se había reducido a 10,000. Y es que ya no hay trabajo, cero oportunidades y pocos incentivos para los jóvenes. Así que todos se están largando, migrando a la capital o a otros países, dejando las casas y las calles de esa gran ciudad totalmente vacías.

Antes, cuentan los mayores, todos tenían trabajo y vivían medianamente bien. Sin lujos, pero tenían para comer y recibían gratuitamente servicios de salud y educación. Quienes no trabajaban en las fábricas se ganaban la vida vendiendo pescado en la carretera a los trabajadores y a los veraneantes que pasaban por allí hacia el lago Sevan a 6 kilómetros.  Años después cuando el capitalismo ya estaba bien asentado, la corrupción se sirvió en bandeja de plata y se pusieron a construir a lo loco, a Gavar la conectaron con el lago con una súper carretera que evita los pueblos, así que la gente se quedó sin poder vender sus productos. En la supercarretera no pueden circular peatones y como casi nadie tiene automóvil, luce prácticamente vacía la mayor parte el tiempo. Al menos, una vez al día pasa un pequeño autobús y en ocasiones un taxi, el único que presta servicio en la decadente ciudad.

Nuestro automóvil, también fabricado con partes de China comunista como casi todos en el mundo actual, era el único en esa supercarretera que se acercaba a esa ciudad triste y lúgubre. La lluvia hacía al cielo verse gris, los gigantescos edificios de colores ocres estaban derruidos, dando una apariencia fantasmagórica al lugar.

Fotografía de Christian Rodríguez

La App de geolocalización nos indicaba un único hotel en la ciudad, el Khaldi. Un edificio que se eleva siete plantas con más de 260 camas disponibles, y que en su época de gloria tenía la fama de poseer salones de oro, ya que se hospedaban allí los políticos y empresarios más ricos y poderosos del mundo. Se decía que había que reservar habitación o el salón con su restaurante con meses, incluso años, de antelación. Pero bueno, eso fue durante el régimen comunista, ahora el edificio luce como un cementerio. Los únicos indicios de vida allí es una tienda de productos chinos, productos plásticos y electrónicos hechos por manos comunistas obviamente como casi en todas las tiendas del mundo contemporáneo, y una oficina con el único canal de TV que sigue funcionando en la región, la “Kyavar TV” que como en todo país capitalista, más de la mitad de la transmisión es de la boba televisión estadounidense y que funciona gracias al apoyo de la embajada de EEUU en ese país.

Fotografía de Christian Rodríguez

Cuando entramos nos atendió un hombre visiblemente nervioso. Supimos más tarde que en la actualidad se reservan allí en promedio una habitación al mes. Suponemos que éramos los únicos a hospedarse allí en muchos días. Quizá los únicos extranjeros en meses, quién quita, incluso años.

El hombre solamente hablaba armenio y ruso, pero gracias a una aplicación móvil rusa, hablábamos directamente a su celular de alta gama, ensamblado en Europa pero con piezas de, adivinen dónde, sí, de China comunista.

—¡Queremos comer! —dijimos al celular, y éste mágicamente nos lo tradujo al ruso.

—No hay servicio de restaurante —respondió el móvil después de que el recepcionista le dijera eso mismo, pero en su idioma.

—¿Algún mercado o tienda cercana para comprar comida?

—No, en esta ciudad no hay nada —aseguró. Ciertamente no había nada, aunque tienen cine, pero desde hace años que no funciona. También hay un teatro, pero ya nadie recuerda la última vez que se presentó allí alguna obra.

El único restaurante de la ciudad quizá sea el que hay en el mismo hotel, pero solamente abren después del medio día. Lo lleva la esposa del administrador, Anahit Kalashian, quien abre tarde porque por las mañanas trabaja de maestra de matemáticas en la escuela.

Tras esperar un rato, suponemos que estaban limpiando la habitación, habíamos pedido una simple. Nos llevaron hasta el ascensor y con lámpara en mano se acercó al panel de botones, metió el dedo en un agujero para mover unos cables pelados y solo así se accionó el sistema de elevación. Lo que no funcionó fue la iluminación y subimos a oscuras, quién sabe a dónde, como si fuéramos dentro de un féretro al más allá.  

Luego nos dirigió por un pasillo, también a oscuras, porque no tenía bombillas, en su lugar colgaban cables pelados y rotos, además de que algunos tenían señales de haberse quemado. Había una sala de espera con sofás rotos, paredes con la pintura descascarada, muebles de metal torcido y oxidado. El suelo del pasillo no era estable, la madera era blanda y ondulada, crujía con nuestros pasos como si se quejara, y soltaban las viejas alfombras persas un olor a años y años de humedad y polvo. 

Fotografía de Christian Rodríguez

Cuando llegamos a la habitación nos dijeron que no tenía agua en las tuberías, tampoco calefacción, aunque en invierno la temperatura es de menos de 20° centígrados bajo cero. No había aire acondicionado, a pesar de que en verano allí hace más calor que en Zacapa, hasta 45° centígrados a la sombra. Las ventanas de la habitación eran grandes, pero no se podía ver hacia afuera, parecían bloqueadas con hormigón. La puerta del baño no cerraba porque el retrete estaba colocado de tal manera que topaba en la puerta y parecía estar un poco sucio… así que a mi esposa se le ocurrió preguntar por la habitación de lujo.

El precio de la habitación de lujo equivalía a poco más de 100 quetzales por noche. Siendo Armenia un país muy pobre nos pareció un precio razonable. Días más tarde, leímos en un artículo que la pareja del hotel sobrevivía con esa cantidad de dinero mensualmente. Esta habitación de lujo sí tenía agua, aunque debíamos esperar un par de horas para que funcionaran las bombas. En realidad, la habitación no estaba mal en comparación al resto del edificio, las ventanas eran enormes, aunque lo único que se veía eran montañas nevadas al fondo y edificios de fabricas abandonados o destruidos, como si hubieran sido bombardeados. El mismo hotel parecía derrumbarse, el balcón estaba inclinado hacia abajo y estaba desquebrajado, desde ese cuarto nivel daba la sensación de que en cualquier momento nos vendríamos abajo.

Fotografía de Christian Rodríguez

No había nada que hacer en la ciudad, así que nos quedamos en la habitación viendo la TV. Nos pareció buena idea hacerlo, ya que llevamos viviendo 10 años sin televisión y de vez en cuando pues también hay que darse esos caprichos. En la habitación teníamos una televisión de pantalla plana, como cosa rara estaba hecha en China comunista como casi todas las televisiones del mundo hoy en día.

Sintonizamos un canal ruso, en el que pasaban una película india, en idioma original pero con voces rusas montadas encima. La película duró toda la noche, comenzaba como una película romántica en el Himalaya pero fue mutando en diferentes géneros de películas. Era como ver una novela mexicana con esos amores dramáticos imposibles protagonizada por un superhéroe mezcla de Bruce Lee, El Zorro, Spider Man, Han Solo y Neo de Matrix. En serio, los efectos especiales al estilo de la película “Matrix” saturaban hasta lo absurdo, además, de contener hermosos y épicos, aunque cómicos para nuestra cultura, bailes al mejor estilo Bolywood. Debo decir, que esa película era mucho mejor que todas esas porquerías cinematográficas que se ven en el cine occidental hoy en día.  La película era tan mala que era imposible dejar de verla. Ahora entiendo por qué no había personas en la calle, todos estaban comiendo televisión.

A la mañana siguiente, amaneció a las 4 a.m. y los pasillos del hotel, con luz natural, seguían viéndose lúgubres y solitarios. A eso de las nueve devolvimos las llaves, nos atendió el dueño, en calzoncillos y oliendo a vodka artesanal.

En Armenia dicen que los tiempos soviéticos eran noches frías y oscuras, pero se pasaban con una buena cena, mientras que los del capitalismo resultaron ser largos y soleados días en ayuno.

Fotografía de Christian Rodríguez

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