De cómo aprender a hacerle huevos al dolor.

De pequeño oí a Cabral decir que el nacer era un dolor que la vida recompensaba un poco más tarde. Antonio Gala dijo que la vida era una carga que había que llevar mínimo dentro de cuatro. Cada uno hace lo que puede, luego viene el cáncer y se lo lleva por delante y ya está, antes de escribir estas letras doña Everalda me dijo que no hay que darle tantas vueltas al asunto, la vida es injusta, dura y seca.

No sé a vos, pero a mí me asalta la duda cada vez que frente a la muerte de alguien surge un “lo siento mucho”, ¿En realidad lo sienten? ¿Saben qué es perder un hermano, un papá una mamá, un hijo, un abuelo, un amor? ¿Entenderán qué es tener un dolor en el pecho y en el cerebro? Queda claro que existen personas que saben de lo que hablo y otras que se lo imaginan, pero de imaginar a saber lo que se siente… hay un barranco grande y hondo de diferencia.

 

¿Explicame el dolor, explicame el amor? ¿Vos podés explicar lo inexplicable?

Jorge Lucas solía sobresalir en cualquier conversación, era un hombre de voz recia y de pujanza envidiable, de esos que nacen uno de cada cien, buenos para todo. No entiendo muchas cosas de la vida, carezco de la capacidad para comprender ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué nos enamoramos? ¿Por qué reventamos de alegría? Y por qué el dolor nos detiene y nos hunde en un surco lleno de agua oscura y fría, haciendo que el mundo se detenga y empiece de nuevo a girar lentamente, como un niño recién regañado.

Recuerdo que hace un año Koki me llamó y me comentó sobre la visita inoportuna del cáncer, tambien hablamos de lo bueno que se vivió y lo malo del porvenir, preparamos la despedida cuando la razón aún no se dejó vencer por la sin razón

Imagino dijo, todas las pajas bien bonitas que vas a decirme cuando esté encaminado al viaje eterno, una retahíla de palabras que suenan bonito y que uno dice, este es cabrón, aunque no entienda de qué putas está hablando, eso sí, sos de los únicos de quienes no espero un “Te quiero mucho todo va estar bien”.

El domingo Claudia me llamó y me dijo debés de despedirte ya de Jorge. Rápidamente supe que era el ocaso de mi hermano, la última conversación ya ensayada y ante la inasible realidad que nos atormentaba me dispuse a decirle las palabras más lindas que un hombre le puede decir a su hermano mayor, entonces lo vi, no sé si él me vio, pero hasta ese instante llegó mi amor a las utopías, ya no fue una plática. Ahora era un monólogo de mi parte, todo lo que había dispuesto decirle se fue al olvido y la voz me abandonó por un instante; mi cerebro empezó a palpitar como queriendo comprender, la angustia y la tristeza se hicieron evidentes por unas gotitas de agua con sal que rodaban por mis mejillas. Solo alcancé a pronunciar de la forma mas inútil y cobarde un mediocre “Te quiero mucho, descansá, todo va a estar bien”.

Hoy a las quince horas con treinta y tres minutos su corazón dejó de hacerle huevos a este mundo, y el mío, empezó a aprender a hacerle huevos al dolor.

Fotografía de Javier Herrera

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *