Edelberto Torres-Rivas, Árbenz no confió en las masas populares que pedían armas para defenderlo

 

 

Han transcurrido más de 60 años desde el derrocamiento del régimen de Jacobo Árbenz. 27 de junio de 1954, fecha aciaga en la que da inicio una sucesión de mezquindades, crímenes, horrores y frustraciones que, hasta el día de hoy, apenas si el proceso de democratización ha logrado soterrar.

Jacobo Árbenz Guzmán (Quetzaltenango, 14 de septiembre de 1913 – Ciudad de México, 27 de enero de 1971)

Casi todos los actores y circunstancias políticas de la época han desaparecido. Salvo la CIA, cuyo protagonismo hoy sigue brillando estelarmente en el escenario de las intervenciones norteamericanas.

No se trata, ciertamente, de apelar de nuevo a la memoria quejumbrosa del suceso histórico o de hacer el obituario acostumbrado «década primaveral». Sin embargo, el trauma, la obsesión nacional, pezuña de fuego en la frente de nuestra historia, doblón funerario con el que echamos a andar hacia la región de los muertos, o como se le quiere llamar, todavía está allí.

“Un hecho es indiscutible: Las conquistas y aspiraciones colectivas del pueblo guatemalteco sólo alcanzaron cabal realización en el marco de los diez años de la Revolución de Octubre. Después vino la infamia, ésa «que marcó la derrota del más importante proyecto que desarrollo que ha tenido Guatemala en el siglo XX”, en palabras de Edelberto Torres-Rivas.

Fue justamente con este sociólogo centroamericano nacido en Guatemala,  quien, a la sazón, «era un joven activista descentrado de 20 años», quién además fue uno de los más profundos conocedores sobre política y sociedad de la región, con quien conversé en torno al 54.

Edelberto Torres-Rivas (22 de noviembre de 1930 – 31 de diciembre de 2018)

 

Rafael Gutiérrez: Más allá de las condenas o absoluciones, ¿Es pertinente a estas alturas (o abismos) de nuestra historia, continuar hablando en torno a esa fecha, —domingo 27 de junio, nueve de la noche de 1954—, día, mes, hora y año de la renuncia de Jacobo Árbenz Guzmán, presidente constitucional de Guatemala?

Edelberto Torres-Rivas: La pertenencia de la fecha es indiscutible. Acaso no importa el día ni la hora. Tampoco la anécdota que hizo que los compañeros de promoción, íntimos amigos y compadres de Árbenz, los coroneles Díaz y Sánchez, se dejaran dominar sicológicamente por la arrogante amenaza del embajador Peurifoy.

Lo que no pude dejar de recordarse es lo que significó en la historia latinoamericana la renuncia de Árbenz. Ningún programa de desarrollo económico con independencia política volvió a tener éxito en el clima de la política exterior norteamericana. Ningún proyecto nacionalista con apoyo popular, hasta que llegó la Revolución Cubana.

En Guatemala, la renuncia de Árbenz fue, primero, la bancarrota injusta del movimiento de las masas que lo apoyaba con fervor. Marcó también la derrota del más importante proyecto de desarrollo que ha tenido Guatemala en todo el siglo XX. Pero hay algo más: los diez años de gobiernos revolucionarios iniciaron, tardíamente en el reloj latinoamericano, el reemplazo del Estado liberaloligárquico por un poder moderno y desarrollista.

Aún peor, dejó intactas las raíces de la clase terrateniente, esa oligarquía cafetalera que cincuenta años después, con hipócritas afeites faciales, todavía apoya las políticas de atraso y exclusión. Es como si la historia se hubiese interrumpido.

RG: Fuera de los circuitos de discusión e interpretación académica, se percibe hasta hoy una maraña de acontecimientos y actores detrás de la caída del gobierno arbencista: La Compañía Frutera (UFCO), Ejército guatemalteco, oligarquía terrateniente, Agencia Central de Inteligencia (CIA), el expansionismo soviético, Reforma Agraria, Movimiento de Liberación Nacional, Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) y hasta se dice, en fin, que la renuncia del propio Árbenz fue sugerida y redactada por José Manuel Fortuny, uno de los más activos dirigentes del partido comunista y cercano colaborador del presidente derrocado. Después de medio siglo, ¿A quiénes les corresponde el papel estelar, digno de figurar en los anales del oprobio?

Mercenarios apuntan con sus armas a un muñeco que retrata al presidente de Guatemala, Jacobo Árbenz, durante el golpe de Estado respaldado por la CIA en 1954.

  

ETR: En el escenario donde se produjo la caída de Árbenz hubo marionetas, actores con carne o de papel, títeres, comediantes y personalidades fuertes.

Tal como ocurre en los momentos dramáticos de las coyunturas críticas, ellos representaban a con exactitud los intereses en juego. La opacidad de la historia se vuelve entonces transparente, las máscaras caen, la ceremonia y el símbolo se vuelven brutales gestos, palabras y actitudes que no necesitan interpretación.

La figura, central, sin duda, fue Árbenz, que mantuvo en ese momento un difícil equilibrio como revolucionario y como militar. No confió en las masas populares que pedían armas para defenderlo.

Cerca de él estuvieron varios dirigentes comunistas, pero no el PGT. Fortuny tuvo la clarividencia del fracaso cuando una semana antes planteo a la Comisión Política del Partido si no se habría ido demasiado lejos. Y renunció a la Secretaría General como consecuencia de una desmoralización que forma parte del mismo ánimo que le permitió redactar la renuncia de Árbenz.

Frente a éste, el personaje duro, siniestro, imperial, fue John D. Peurifoy, embajador norteamericano que gustaba vestir traje militar y pistola al cinto, visible por lo grande, cuando cumplía funciones diplomáticas. Como es bien sabido, fue la presión que ejerció como una conspiración palaciega en las filas del ejército lo que produjo el desenlace.

El grupo mercenario de Castillo Armas era, según lo relata Cullather, un “ejército”  autoderrotado. Fue una víctima de la CIA y no de la UFCO.

Al centro (levantando la mano derecha) Carlos Castillo Armas.

RG: Jacobo Árbenz El rojo y Carlos Castillo Armas El pelele. ¿Así tan dicotomía fue la cosa?

 

ETR: No hay comparación alguna. Árbenz personifica la derrota, ciertamente. Castillo Armas, ni antes ni después, fue el actor que lo enfrentó. No fue un ganador. Su gestión como presidente y su asesinato forman parte de una historia gris, que hoy día debe ser analizada más responsablemente.

 

RG: Los gobiernos gringos, siempre tan optimistas y amigables ellos (política del Buen Vecino, política de puertas abiertas y demás sandeces. A lo postre, la historia nos lo ha enseñado, Estados Unidos no tiene amigos, sino intereses), echaron a andar dos operaciones encubiertas, que contemplaban no sólo el derrocamiento de Árbenz sino la eliminación física de sus cercanos funcionarios: PBFortune y PBSuccess. ¿Qué hubo detrás de este aparato conspirativo?

 

ETR: Todo lo que sugiere esta pregunta tiene que ser visto en una perspectiva precisa y directa. Aquí no hay margen para la especulación ni para versiones ideológicas de la historia. Guatemala fue una víctima de la Guerra Fría, una víctima menor.

Cuando la prensa inglesa informó el escándalo mundial que produjo la acción de la CIA, el primer ministro Winston Churchill rugió: Yo jamás había oído de este maldito lugar de Guatemala hasta que llegué a los 79 años.

El clima de la Guerra Fría subió de temperatura en los años cincuenta, y corresponde a lo que los historiadores de ese período llaman «el primer momento del enfrentamiento entre Estados Unidos y la URSS. La Guerra Fría fue en sus orígenes un duelo mortal, militar, de la naturaleza del juego «suma/cero» en el que no cabe la noción del empate.

Fue un enfrentamiento de dos potencias militares, pero también de dos sistemas de organización de la vida social y económica, dos políticas y dos ideologías. Luego, el duelo cambió de naturaleza, cuando la disuasión nuclear convenció razonablemente a todos que en una guerra atómica la única ventaja, de quince o veinte minutos, la tendría la potencia que primero soltara los misiles. Vivirían unos momentos más.

En este clima de histeria anticomunista, las dos primeras acciones encubiertas de la CIA fueron exitosas: derribaron al Dr.Mosadegh, primer ministro de Irán, del partido progresista Tudeh y enemigo del Sha y meses después al coronel Árbenz, sin partido político, y enemigo de la Frutera. PBFortune y PBSuccess fueron puntos a favor del anticomunismo, necesitado de fortuna y éxito.

 

RG: Imágenes de una biografía de la desesperanza: Árbenz humillado y en calzoncillos mientras sale del país. Luego la errancia del caído por México, Praga, Francia, Uruguay, Cuba. El suicidio de su hija Arabella. La recriminación encarnizada por la derrota, el ensimismamiento, el tormento culposo. La muerte, finalmente, en una bañera de su departamento en Ciudad de México. Salvo algunos libros, pocos es cierto, cuál es la razón por la cual no existen textos reivindicativos o, en todo caso, ceñidos a una dimensión humana. ¿Por qué tanto vituperio, tanta saña con el personaje?

Arabella Árbenz Vilanova

 

ETR: Ciertamente el recorrido biográfico de Jacobo Árbenz se vuelve oscuro y trágico. Pudo haberlo evitado si retrocede cuando Peurifoy le exigió, como condición para dejarlo en el poder, el fusilamiento de 20 cuadros políticos, sindicales e intelectuales que la CIA había escogido.

Se negó con altivez, pero la lealtad a sus convicciones explica la humillación de ponerlo en calzoncillo y distribuir su foto por todo el mundo. Su figura anticipa con años las otras imágenes, la de Abigael Guzmán, el Presidente Gonzalo, exhibido en El Callao, con un colorido traje de rayas tras una jaula animal, o la de Saddam Hussein, con el rostro sucio, el pelo revuelto  y la lengua de fuera, como una imagen inhumana del mal.

A Árbenz lo odiaba la CIA a tal punto que las fotografías de Arabella, desnuda, tiempo antes de su suicidio, las hizo circular sin explicación alguna. ¡Era la hija de Árbenz! Su exilio, el de un derrotado, fue doloroso y solitario, igual que su muerte, que se ensombrece con la duda de si fue un accidente o un suicidio.

 

RG: Hay quienes sostienen que tarde o temprano, con la CIA o sin ella, el ejército guatemalteco hubiera derrocado a Árbenz por la orientación progresista de sus reformas.

 

ETR: Lo que no ocurrió en el pasado también puede ser objeto de análisis. Tiene mucho de especulación, de prognosis, al revés. Pero en este interés por predecir lo que no sucedió, las ciencias sociales han desarrollado la metodología de lo que llaman análisis contrafactual.

Por ejemplo, en el segundo centenario de la Revolución Francesa, varios historiadores escribieron lo que habría sucedido en Europa si no hubiese habido un Napoleón.

Es éste un terreno abierto para el juego de la imaginación, pero no un juego libre sino acotado por las circunstancias de la época. ¿Cuál era el destino de la revolución después de Árbenz? De nuevo, en el ambiente envenenado de la Guerra Fría, se habrían presentado dos candidatos militares a las elecciones de 1957.

Ambos anticomunistas pero con diversas vergüenzas. El coronel Carlos Enríquez Díaz, por las fuerzas «democráticas» (sin el PGT) y Carlos Castillo Armas, por la amplia oposición reaccionaria, con fuerte apoyo financiero norteamericano, como ocurre todavía hoy día.

Si hubiese ganado Castillo Armas, el programa revolucionario habría sido sustituido por otro carácter conservador. En el primer caso, la revolución se habría autoconsumido, mientras que en el segundo, el programa modernizado se habría desechado.

La síntesis de este razonamiento es que por los determinantes de la Guerra Fría, en clave anticomunista, la Revolución de Octubre habría terminado de todas maneras. Con un entierro de lujo, tal vez, en el primer caso, en un tiradero de cadáveres, en el segundo.

 

RG: De 1954 a 1996 más de 250 mil muertos, 50 mil secuestrados, un millón de desplazados, 75 mil viudas, 300 mil huérfanos, 400 aldeas arrasadas. ¿Qué más puede agregarse a este dato espeluznante que nos dejó casi como Comala, la región de los muertos de Juan Rulfo?

 

ETR: Esta es una pregunta cargada de ácido mortal. En algún momento escribí sobre lo ocurrido en Guatemala, en Centroamérica, como Revoluciones sin cambios revolucionarios. Terrible destino el nuestro porque estamos vivos, y el ejemplo de Comala tal vez no es el mejor, pues Pedro Páramo no sabe quiénes están vivos y quiénes muertos.

Quizá el mejor símil sea el del Ensayo sobre la Ceguera, en donde Saramago hace que convivan todos porque tienen en común que todos sean ciegos. No sé si sea la mejor imagen. Pero las cuotas de dolor y muerte pesaran mucho tiempo en ésta y la otra generación.

Fotografía de Álvaro Torres Crespo

 

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