El árbol de limón

Hace poco tomé un trabajo de esos que no podés revelar mucha información, entonces cuando preguntan en dónde estoy breteando, siempre digo: No te puedo decir. Así que la mayoría asume que trabajo en brigadas de paz o algo por el estilo.

Fotografía de Justin Tang

Me ausenté varios meses de la ciudad asumiendo con responsabilidad mis labores, ya que era un chance muy bien remunerado, pero en cuanto tuve la oportunidad me escapé unos días para visitar a algunos amigos en la capital, salir a bares nocturnos, para después quedarme a dormir en sus casas según iban avanzando los días.

Un jueves que cayó quincena, salimos a los lugares de siempre a tomar cerveza y fumar un poco de hierba. Lo habitual para nosotros: ir de bar en bar mientras llegaba el amanecer del viernes en casa de otros amigos de zonas más burguesas. Entre cocaína, ácidos, silocibina por las lluvias, y uno que otro lugar mágico, amanecimos en Sololá, donde el sol salía con cara de sábado.

Tenía ganas de Pinulito y de probar alguna mota de esas de nombres extravagantes (blues limón, rinoceronte blanco, qué sé yo). Nos movimos en varios lugares del pueblo, pero algo ocurrió cuando nos subimos al carro a media mañana reprochando que la pizza del Circus Bar era cara y además culera, lugar de donde nos echaron por andar hasta el culo y tratar al violinista del escenario como rockola, pidiéndole «Oye cantineroooo…» cada medio minuto.

No pasó mucho tiempo afuera del lugar para que alguien del grupito gritara con el entusiasmo conocido ¡Saaaale puertooooo! Ni lerda ni perezosa la mara secundó al unísono otro ¡Saaaaaale puertoooo!

Nos aventuramos a nuestro nuevo destino con quetzaltecas en mano, mota, tabacos y seis cápsulas; sólo paramos en Los Encuentros para abastecernos, baño, gasolina, tortillas con carne asada tiesa y chocolate caliente, listos todos frente al carro esperando a la Maru que se había bajado para ir al baño y sacar dinero del cajero.

Maru apareció acompañada de un chavo que conoció comprando un huipil, el cual pedía jalón para la ciudad. Dado que el carro era de la mamá de la Maru y ella venía manejando, nadie objetó hacerle un lugar al nuevo tripulante, mientras el ser se presentaba como «Pajarito», pantalones grises de tela, caites de llanta, morral, didyeridú a la espalda, piel quemada, con pelo reventado en medias rastas; mencionó conocer a alguien en El Paredón, nuestro destino sabatino.

En tanto llegábamos a Sipacate, Pajarito tomó el control de la plática contando alguna aventura que tuvo como suvenir en Europa y entre dientes cantaba melodías raras, también nos iba contando qué significaban unas marcas extrañas que tenía en el brazo, que eran una especie de rito, marcas de quemaduras con leche de sapo para conectarse con su ser interior y otras historias de sus viajes mágicos por el desierto con peyote y sus encuentros numéricos con los hongos y otras sustancias naturales,  mientras tanto cayendo la tardenoche nos acercábamos a la playa La Empalizada y Rama Blanca por la carretera C2. En otra parada técnica hicimos refill, mientras Pajarito se comunicaba desde el celular de la Maru con algún contacto que nos diera referencia de adonde llegar, Maru cansada de manejar pidió reemplazo. Pregoné (a pesar de no tener licencia)  sentirme el más sobrio para ser el sustituto, a lo cual Maru accedió, no sin antes preguntarme: ¿Vos quién sos? A lo que respondí: Pues no sé, yo estaba allí en el Circus Bar cuando los echaron a todos, creí que era mi grupo, y después que dijeron lo de venir acá me subí al carro con ustedes. Yo fui el que puse para la gas, también les di las cápsulas en el viaje y le di los papos de fresitas al Pajarito para los puros…

La Maru soltó una carcajada y no dudó en darme las llaves del carro y también agregó: Hay que comprar chelas y hielo, en el baúl vienen unas hieleras. Me dio 200 quetzales y en un Super 24 compré un pijo de bolsas de hielo, y con otro poco de dinero mío logré juntar para cerveza, dos botellas de ron, cigarros y Tortrix, seguimos el viaje a la playa; ya estábamos bien armados.

Llegamos a eso de las seis y media con los amigos de Pajarito que nos esperaban listos para la rumba mientras nos instalábamos en una casa frente al mar. Maru, Pajarito y sus amigos armaron una fogata frente a la piscina en lo que alguien más ponía música.

Al cabo de un rato empezó a llegar gente de otros lugares con sus propias bebidas. Se incorporaban a lo que parecía una buena fiesta. La noche se derretía entre la música, cervezas, drogas, fogata, luna y la piscina; mi último recuerdo es el de unas ganas impostergables de vomitar y alguien llevándome al baño.

Desperté con dolor de cabeza, nariz y espalda, en el suelo del baño abrazando al inodoro. Todavía borracho, trataba de identificar dónde estaba, sentí la camisa mojada y pegada a mi espalda, asumí que cualquiera pudo haber orinado en mí las veces que quiso, afuera se escuchaban las olas  del mar muy cerca, logré apoyarme entre la tina y el inodoro para poder vomitar otra vez y me percaté que la tina estaba llena de hielo y entre el hielo había órganos humanos, unos dentro de las hieleras abiertas, reaccioné como pude y al tratar de levantarme resbalaba con lo que podía ser sangre en el suelo donde yo estaba tirado, me toqué el torso para verificar si tenía algún tipo de abertura a la altura de la cintura, de frente o de lado de los riñones, el pánico que sentí en esos momentos es indescriptible. Logré incorporarme con la respiración acelerada, y verifiqué que los órganos en la tina y las hieleras no eran míos.

Abrí la puerta del baño lentamente y asustado. En la habitación había ventanas grandes con vista al mar, el sol daba tiernamente sobre una cama donde estaban la Maru y Pajarito semidesnudos, me precipité a despertarlos pero al momento de tocarlos sus cuerpos fríos con la boca abierta y la cara pálida me hicieron retroceder, como pude les quité las sábanas que los cubrían, sus cuerpos estaban abiertos y vacíos.

Mi reacción en medio del pánico fue ver hacia todos lados para saber si había alguien más en la habitación, en cuclillas me moví  directo a la ventana que daba a la piscina pero no vi a nadie más.  El sol llegaba por el jardín dando paso a aquel domingo, respiré profundo y del suelo tomé el pantalón gris de Pajarito y la camisa de Pink Floyd que traía la Maru, agarré los caites de llanta y me dirigí al baño lentamente, cerré las hieleras y las saqué de la tina para darme una ducha con agua fría.

¡Tengo que dejar de hacer este trabajo!, pensé mientras manejaba el carro de la Maru con las hieleras en el baúl de regreso a la capital. En la radio sonaba Lemon Tree de Fool’s Garden.

 

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