El patio de Firulais

Fotografía de El Miljos

Firulais tenía afilados los dientes, vacío el cerebro y la obediencia como razón de vivir. Estaba en este mundo para ser el guardián de la casa, mover la cola al mandato del amo y morder a cualquier extraño sin entender razones. Vivía con los ojos rojos, llenos de ira. Cuando fallaba en su misión le pateaban las costillas, le negaban la comida diaria y lo amenazaban con traer a la casa otro perro menos mula. Lo sacaban a la calle durante las lluvias para que se mojara y le cayeran los tetuntes de granizo, lo dejaban empolvado en verano y le echaban pulgas cada noviembre. Cuando cumplía bien con la vigilancia y traía los dientes llenos de sangre, el amo le aplaudía, le compraba carne enrojecida en descomposición y le colocaba sobre la cabeza una boina del mismo color, algo así como corinto. Nunca una caricia, pero al menos le lanzaban un palo de madera para entretenerlo.

A Firulais, una mañana, se le prendió el foco producto del enojo. Le dolían las costillas y después de andar durante mucho tiempo con jiote hasta en las bolas, decidió avivarse. No permitiría un acto de maltrato más. No enfrentó al dueño de la casa, pero le jugó la vuelta. Salió a recoger huesos y comida por su cuenta, mató con y sin mandato, a lo loco, y acumuló en un terreno baldío algunos recursos para independizarse (madera vieja, muñecas rotas, ropa de paca, monedas olvidadas, polvo blanco). Cuando el dueño le lanzaba un puntapié, simplemente huía, cuando lo amenazaban con traer otro guardián se reía en silencio y juraba venganza. Seguía cumpliendo las órdenes del amo, pero la fidelidad era fingida, exigía más comida o empezaba a crear problemas con las vecindades.

Con el tiempo Firulais se convirtió en un maldito gánster, acumuló riqueza, asesinó a miles de liebres, destruyó cientos de colmenas, arrancó todas las flores del jardín y con el ego agrandado se atrevió a mordisquear las pantuflas de su amo. Por un momento Firulais le perdió el respeto y el dueño de la casa se sintió amenazado. Una mañana, el sirviente del dueño encontró el corral de pollos abierto de par en par y todas las gallinas de engorde ensangrentadas. Al buscarlo para darle de palos, el amo de la casa lo encontró sobre la cama del cuarto principal, con las patas sucias sobre las sábanas blancas. Los dientes de Firu estaban más afilados que nunca y el estómago sin hartar. Ambos ladraron. Negociaron.

Cada día, al amanecer, el amo le entrega una gallina al perro sarnoso para su deleite; por las tardes Firulais se divierte en el bosque cercano y escaba en el jardín, escondiendo cosas. Al anochecer, le tiran un balde de agua helada sobre el cuerpo y le pegan un par de patadas en las costillas. Adaptados, amo y perro viven satisfechos. El patio del gánster, el jiotoso Firulais, es una tumba.

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