Ella dijo: ¡Les presento a mi esposa!

El lunes de una semana lluviosa empecé clases al sur de Ciudad de México, más allá de metro Taxqueña, por los canales de Xochimilco. Con sólo tres o cuatro días de interacción en el aula ya me sentía a gusto, en mi salsa, encariñado, feliz. Fueron días de permanente sorpresa y creciente plenitud. El miércoles, al terminar la jornada de discusiones sobre lo engañoso que es el término “desarrollo” y todos los planes de “ayuda” destinados al “tercer mundo”, una amiga nos invitó a su casa a pocas cuadras de la universidad, casi sobre Calzada del Hueso. Eli era cien por ciento chilanga y una maravilla para reírse de ella misma, de chilangolandia y de todo aquel que mereciera un poco de su atención y su tiempo.

Llegamos a la puerta de su casa luego de diez minutos de caminata esquivando charcos y ventas callejeras de tacos, quesadillas, atoles y pambazos. Entramos al pequeño apartamento que alquilaba y sus palabras fueron: ¡Les presento a mi esposa! La sonrisa de Isis y un amable saludo me sacaron de la modorra mental que me había causado escuchar el estado civil entre ambas. Dos mujeres eran esposas: ¡qué bonito y qué… importante! Lo inesperado para mí no era la relación afectiva sino el vínculo reconocido por el Estado y la sociedad.

Isis y Eli se dieron cuenta de mi sorpresa. Rieron juntas, se abrazaron por la cintura y me dijeron que una de las ventajas del asunto era que una de ellas pagaba seguro social y que la otra también estaba cubierta debido al estatus legal de cónyuges. La otra ventaja del reconocimiento legal del matrimonio, quizá más importante que el acceso al seguro social, era la certeza que tenían de caminar libremente tomadas de la mano por cualquier calle de la ciudad. Miles de parejas lésbicas, casadas o no, agregaban color y belleza a la gris Ciudad de México ya desde aquellos años. En mi pueblo, una ciudad más pequeña y gris, muchas de mis amigas también se gustan, también se atraen, también se toman de la mano y se besan, se hacen el amor. ¡Colorean, embellecen! Siempre ha sido un privilegio su amistad, su cercanía y las enseñanzas prácticas, cotidianas, acerca de la libertad en el ejercicio del afecto y de la locura como experiencia vital de liberación.

Fotografía de Fernando Chuy

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