Elsita se libera del olvido

Fotografía de Fernando Chuy

Todo empezó a inicios del 86, tras la Asamblea Nacional Constituyente, cuando retornamos a ese pequeño inmenso bar de zona 1, a instancias de Mario Roberto Morales.

Poco a poco, sus paredes kitsch y su Virgen de Guadalupe se abrieron a la brújula hedonista de nueva gente, nuevas almas sin reposo, empezando por María Méndez y Tania Palencia. Luego se filmó ahí Discurso contra el olvido y llegaron los posbizarros y posrevolucionarios. Con el tiempo Simón Pedroza adoptó el lugar como sede de sus predicas marginales y a Elsita como fuente de afecto; fue recíproco.

Urrutia, Payeras, Galindo, Escobar, Arredondo, Maldonado, Pizzo, Cerezo, Prado, Bustos… Toda una generación y una época se embriagaron de prisa en El olvido, entre el lenguaje de una rockola vernácula, la poesía de la posguerra y el recuerdo de Roberto Monzón.

Ahí -aquí- en las entrañas del olvido, al abrigo de la hospitalidad de Elsita, no existían clases sociales ni falsos aforismos, sólo el entusiasmo de la amistad y la serenidad de una trinchera urbana con aliento alcohólico.

El Olvido fue el palacio casi anónimo de un nosotros sin edad ni desacuerdos, bajo el canto de gallos bohemios y el maullido de gatas permisivas.

Elsita concluyó su tránsito terrestre, llevando consigo su alegría, su tormento y el recuerdo de nuestro afecto y agradecimiento imperecedero.

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