¿Es racista el Estado guatemalteco?

Esta es una continuación del artículo “Los esencialistas y su engañosa forma de racismo”.

La pregunta parece tener una respuesta obvia. Damos por hecho que sí. Pero ¿en qué sentido? ¿Cómo se manifiesta exactamente ese racismo?

En el artículo pasado hablamos del racismo en términos abstractos y universales, haciendo énfasis en esa forma de racismo menos evidente, el esencialismo, que dijimos era una práctica social conservadora. Hoy toca ir a lo concreto y particular, a los ejemplos de racismo y esencialismo inmediatos.

Fotografía de Fernando Chuy

Advertencia: las notas al pie no son meros adornos.

 

Un viaje a través del tiempo

A la llegada del conquistador Hernán Cortés a territorio mexicano (o más bien: a lo que hoy sería territorio mexicano), el hecho de encontrar constituido un imperio (el mexica) que obligaba a otros pueblos menores a pagar tributos, facilitó su empresa de invasión. Hallar este paraíso de enemistades le ahorró camino en la estrategia de dividir para vencer.[1]

Es erróneo romantizar el pasado de los pueblos prehispánicos metiéndolos a todos en un mismo saco, ignorando no sólo sus distintas procedencias y particularidades, sino también la estructura social jerarquizada (desigualad social) en las que estaban inmersos.

Entre las varias nociones románticas antihistóricas encontramos, por ejemplo, el concepto “malinchismo”, el cual es erróneo porque se entiende como una traición a la sangre, al pueblo (¿pero qué pueblo?), y, trayendo el concepto a la actualidad, al terruño originario, a la “patria”.[2] Como se sabe, las patrias y las naciones son ficciones que sirven para integrar a la población que nace en determinado territorio. 

Antigua Guatemala, Sacatepéquez.

El pasado colonial guatemalteco

Conquistado México, los españoles bajaron a las tierras que hoy pertenecen al territorio guatemalteco, encontrando un panorama similar al anterior: pueblos enemigos que se disputaban controles territoriales mediante guerras de sometimiento. Dato curioso: en esta campaña expedicionaria, los acompañaron aliados indígenas[3] del centro de México que dejaron evidencia histórica de su participación en la “Conquista” de Guatemala en lienzos donde se dibujaban a sí mismos con un color de piel más claro que el de los indígenas guatemaltecos.

Los dictámenes esencialistas o sustancialistas, necesitan obviar factores históricos, y entrar al terreno de lo mitológico, para hacer su defensa de la reivindicación étnica. Aun si la omisión de estos factores no fuera hecha adrede, esta producción de imprecisiones (y/o falsedades) históricas termina por hacer encajar a la fuerza versiones parciales del pasado para soportar determinados discursos políticos.

En el caso de la historia colonial guatemalteca, un grave error sería desconocer que los pueblos de indios[4] fueron una invención monárquica que iba a establecer la “reducción” como la institución económica fundamental de la Colonia, generadora de la explotación de la mano de obra indígena. Estas reducciones, congregaron muchas veces (a la fuerza, obviamente) a varios «pueblecillos» dispersos, cuentan los cronistas de la época.

El maya es turístico y exótico, mientras no esté tapando carreteras, o peleando por sus derechos laborales.

Hoy en día ciertos discursos políticos pecan de sustancialistas al reivindicar costumbres gestadas en los pueblos de indios como si fueran una herencia ancestral anterior a la Colonia. Si bien obviamente conservaron costumbres del pasado prehispánico,[5] no es lícito ignorar que estas mismas se hibridaron con el peso de la vida colonial, que fue nada menos que la historia de la explotación de los indígenas para beneficio de un poder extranjero.

Una particularidad de los pueblos de indios en cuanto instrumento de dominación colonial, es que dependieron de la jerarquización interna de los mismos, usando a los principales indígenas de la anterior estructura social prehispánica, como regidores de la vida interna de estos pueblos en favor del modelo de explotación colonial. Esto nunca querrá decir que los principales estaban exentos de las vejaciones de los criollos y de las autoridades monárquicas; es más, negarse a cumplir su rol de pequeños tiranos[6] en sus propios poblados, suponía castigos y sufrimientos varios.

La infamante doble suerte de las autoridades indígenas, en tanto opresores y oprimidos, no fue una opción: era una condición necesaria en la mecánica de explotación colonial. Pero no se puede ignorar que esta condición engendró a lo interno de los pueblos de indios los desmanes y la corrupción que arrastra toda estructura social de desigualdad, la cual persistió al paso de los siglos.

Quien se guíe en una percepción sustancialista, podría atreverse a decir que en la estratificación social lo que determina la desigualdad es lo étnico. Eso no explicaría por qué en Guatemala hay indígenas (aunque sean pocos) que explotan a otros indígenas, o por qué en Estados Unidos hay negros que explotan a otros negros, a latinos, a blancos; o latinos que explotan a negros, a otros latinos, a blancos, etcétera. Estos factores varían dependiendo de cuáles segmentos de población se ven beneficiados por las políticas y la configuración histórica de un Estado y de su régimen de producción, pero lo que no cambia es que el Estado es el instrumento de la dominación entre clases. 

Ofelia Chuc posa frente a su cama y ropa quemada durante un intento de desalojo en la aldea Cubilgüitz en Alta Verapaz. Fotografía de Esteban Biba

El sistema regente de la desigualdad, no sólo de nuestro país, sino del planeta (es un sistema global), es el de la explotación económica entre seres humanos. Así que entendamos bien las categorías que rigen el sistema en que estamos inmersos. Severo Martínez Peláez las resume de manera elocuente:

La explotación es un fenómeno de relación económica, a través del cual una persona o un grupo humano se apropia valores creados por el trabajo de otro hombre o grupo, entendido que este último se ve obligado a tolerar dicha relación por circunstancias diversas, como puede serlo el estar físicamente forzado a tolerarla o el no disponer de medios de producción para trabajar por cuenta propia.

 

Una clase social es un conjunto numeroso de personas que, en el seno de una sociedad, presentan modos de vida semejantes e intereses comunes, determinados, unos y otros, por el papel común que dichas personas desempeñan en el régimen económico de dicha sociedad y especialmente en el régimen de la propiedad.[7]

Ojo. No he intentado hacer en estos artículos un desprecio gratuito por la identidad. Y mucho menos, decir que el racismo no existe. Tampoco creo que lo étnico define nuestra identidad. Todos tenemos, aunque variando de acuerdo a nuestras circunstancias particulares, una identidad que muta en intensidades imposibles de calcular y establecer de forma permanente.

Para bien o para mal, quienes tenemos antepasados y una vida fincada en Guatemala somos guatemaltecos y tenemos derecho a identificarnos como tales, aunque sepamos que en realidad hay mil maneras de ser guatemaltecos. Alguien que nace en el seno de una familia quiché tendrá derecho a reivindicarse como quiché, aun si no hablara el idioma quiché. Pero también no, si es que no se le antoja. De hecho, la ladinización en el país ha tenido que ver con la necesidad de la gente de cambiarse el apellido y abandonar costumbres para soltar el pesado estigma racista de ser indígenas. El chirmol identitario tiene siempre proporciones variables entre realidad e invención.

Fotografía de Oliver de Ros

 

Reflexiones finales

Preguntamos al inicio ¿cómo se manifiesta el racismo de la estructura social guatemalteca? De parte de las élites, la historia nos dice que las élites coloniales no se interesaron por llevar a cabo un exterminio indígena. Todo lo contrario, necesitaban (y siguen necesitando) de su explotación económica.

Por otro lado, salta a la vista que el Estado guatemalteco nunca se ha comprometido a llevar procesos radicales de ladinización. Para eso se necesitaría llevar las instituciones garantes del Estado de Derecho burgués a las aldeas más remotas (educación, salud, infraestructuras, cortes, etcétera). Es más, el abandono intencional del Estado, ha propiciado que los indígenas conserven esas hibridaciones mutantes entre el pasado prehispánico y el colonial. Pero ojo, con eso no estamos diciendo que la ladinización resolvería los problemas de la desigualdad en Guatemala; sólo hacemos notar que nunca fue primordial para el Estado, contrario a lo que piensa alguna gente.

…las élites guatemaltecas se han decantado históricamente por ser todo lo conservadoras que pueden ser, y la modernidad económica y los intentos por construir un Estado verdaderamente liberal les da pánico

El régimen conservador del siglo XIX fue paternalista en su trato a los pueblos indígenas, y la Reforma Liberal a finales del mismo siglo, aunque exacerbó el despojo de tierras comunales y los integró a la explotación infrahumana del trabajo forzado, nunca se preocupó por hacer una ladinización radical como la que describimos anteriormente. Y esto es porque las élites guatemaltecas se han decantado históricamente por ser todo lo conservadoras que pueden ser, y la modernidad económica y los intentos por construir un Estado verdaderamente liberal les da pánico.[8]

En el plano de lo simbólico vemos que hay una maliciosa reivindicación sustancialista por parte del Estado. Esto es, una idealización folclórica de lo maya. El maya es turístico y exótico, mientras no esté tapando carreteras, o peleando por sus derechos laborales. Dentro de este fenómeno, me parece destacable cómo las tropas élite del Ejército, integradas en buena parte por indígenas (y que durante la guerra masacraron poblados indígenas), se llaman Kaibiles (un vocablo mam que hace alusión a una autoridad prehispánica de ese grupo maya). Curioso, las expresiones racistas más sublimes son las que hacen exaltaciones del pasado ancestral mesoamericano: “los mayas antiguos sí eran inteligentes, pero estos no”.

Si se trata de hacer una defensa a ultranza de esa ancestralidad que tanto gusta al sustancialismo, la reivindicación de los altares de sacrificio ocuparía un mejor puesto dentro del derecho consuetudinario, que las flagelaciones (chicotazos) en las plazas públicas, que eran más bien parte de los vejámenes cotidianos de los pueblos de indios coloniales. O sea que el dogma sustancialista no es aplicable a la realidad actual.

Fotografía de Edgar Tuy

Por último, quiero denunciar públicamente la esclavitud moderna en esas microcárceles guatemaltecas creadas para la satisfacción de necesidades cotidianas de las capas medias capitalinas. Varias tiendas de barrio, principalmente del Centro Histórico, están sujetas a redes de explotación laboral controladas por comerciantes pequeñoburgueses mayas que exportan mano de obra temporal del interior hacia la ciudad. “Temporal” porque la persona sujeta a esta explotación exige se lo libere de esa “oportunidad laboral” cuando ha llegado a un punto de desquicio, pues le implica permanecer en régimen 24/7 atendiendo el negocio del amo, en una anulación significativa de su progreso espiritual, sujeto además al vejamen continuado tras atender a una clientela habitual que no llega siquiera a conocer su nombre, gracias a que para ésta todos los tenderos se llaman “Chino”.  

En conclusión, el Estado guatemalteco es racista porque arrastra elementos coloniales y serviles en su configuración socioeconómica, y el racismo no se expresa tanto en querer desaparecer esa hibridación que conocemos como cultura maya, sino, paradójicamente, en querer conservarla como un recurso que facilita la explotación de los estratos mayas empobrecidos históricamente. No es de extrañar que la intelectualidad conservadora representante del anticomunismo haya sido indigenista, culturalista; sinónimos del sustancialismo o indigenismo.

En lo personal, no estoy del todo de acuerdo con la conclusión fatalista sobre la cultura maya que hizo Severo Martínez Peláez y que por supuesto estaba influenciada por el momento histórico que le tocó vivir. No porque deje de tener razón en que la colonia excluyó para su beneficio al indígena de la cultura universal, sino porque, a fin de cuentas, los mestizos y hasta las élites estamos profundamente atrasados en la consecución de esa universalidad. El pleno de la sociedad guatemalteca está inmerso en la superstición, en el analfabetismo funcional y en el analfabetismo político. No tenemos élites verdaderamente ilustradas. Son élites antieconómicas de ánimo colonial.

En segundo lugar, viendo que es poco probable que los estratos más ilustrados dentro de este reinado de tuertos alcancemos a despojarnos del todo de nuestros resabios coloniales de un día para el otro, sería absurdo exigirle a un segmento específico de la población guatemalteca el repentino abandono de todo aquello que es visto como una cultura atrasada. La sociedad guatemalteca es integralmente atrasada. Tal parece que estamos condenados a los cambios muy graduales en el aspecto social.

 

Notas

[1] “Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que el peso principal de las batallas [de los españoles contra el imperio mexica] recayó en los indígenas tlaxcaltecas, acolhuas, cholultecas, totonacos y otros que pelearon bajo la dirección de sus propios jefes, a veces sin la presencia de los españoles.” https://www.jornada.com.mx/ultimas/cultura/2020/08/27/caida-de-tenochtitlan-no-fue-obra-de-los-conquistadores-espanoles-semo-9118.html#.X06epuLAsnI.facebook

[2] Para el caso de Malintzin (mejor conocida como La Malinche), haber sido dada como tributo a los españoles en calidad de esclava podría ser una explicación de por qué no iba a guardar lealtad a ningún reino, o pueblo.

Para una versión musicalizada de esta mitología condensada de nobles intenciones emancipatorias, pero que legitima ideas sustancialistas: https://www.youtube.com/watch?v=hd4tvTO8MRw

[3] El concepto “indígena” es un concepto colonialista y moderno. En Guatemala, irónicamente, se usa mucho como eufemismo para no decir “indio”.

[4] Las explicaciones sobre la categoría pueblos de indios vertidas aquí son síntesis de los hallazgos de La patria del criollo de Severo Martínez Peláez, libro que cumple 50 años de haberse publicado y es lectura obligatoria para el estudio de la historia colonial guatemalteca.

[5] Conservados por factores históricos que es imposible detallar minuciosamente aquí. Fundamentalmente era porque siempre existió resistencia de parte de los indígenas, pero también porque al sistema de dominación colonial o bien le eran favorables para sus intereses o le resultaban inofensivos. El hecho de que no se castellanizó a los indígenas y que los diferentes grupos continuaron utilizando sus idiomas, hizo imposible, por ejemplo, su unificación en términos políticos como clase colonial explotada.

[6] “Pequeños” porque su poder tenía que ser minúsculo con respecto al de la élite criolla y peninsular. Con respecto a su “tiranía” es imposible hacer un índice estadístico de su crueldad ni declarar que todos estos personajes hayan sido dignos de tales adjetivos. La información podría variar, si tuviéramos acceso a ella.  Si existieron excepciones, no interesa tanto como el hecho de la frecuencia de casos documentados marcando una generalidad que se explica gracias a que estos pueblos mesoamericanos ya conocían las estructuras sociales de desigualdad. Que los españoles encontraran sociedades en las que existían relaciones de explotación como la esclavitud, allanó el camino para la explotación colonial en los pueblos de indios. Severo Martínez explica que los invasores españoles no intentaron desarrollar este modelo de explotación de mano de obra en territorios del norte de América donde encontraron pueblos nativos semi-nómadas a los que habría sido imposible doblegar sino mediante largas guerras de exterminio sistemático como las que en efecto hicieran después los colonos anglosajones.

[7] Prólogo de La patria del criollo.

[8] Lo más cercano a un Estado moderno (a la usanza democrático-liberal) en Guatemala, fue la Revolución de 1944, derrocada en 1954 por una alianza entre las élites conservadoras del país y fuerzas intervencionistas de Estados Unidos.