Guatemala, entre bebitos inocentes y niños invisibles criminalizados

Las redes sociales nos informaron sobre las diversas formas en que las feministas se organizaron para exigir la legalización del aborto en nuestro país, en el marco del día internacional de la despenalización del mismo. Como era de esperarse, inmediatamente las hordas de cristianos y no cristianos, pero moralistas, salieron a hablar de adopciones, de cerrar las piernas, de mujeres desagradecidas que abortan por deporte, pero, sobre todo, de defender la vida.

Sin embargo, cuando hablamos de defender la vida, ¿De qué vida estamos hablando? Sin datos más actualizados que un informe emitido por UNICEF en el 2011, solo en la ciudad de Guatemala, entre 2008 y 2009, cada cuatro días se abandonaba un niño en las calles, y su expectativa de vida no superaba los 4 años. Cifras no oficiales también hablan de 5,000 niños, niñas y adolescentes institucionalizados por encontrarse en situación de calle. Pero ¿institucionalizados dónde?, ¿en los hogares seguros?

Una de las principales causas para que un niño, niña o adolescente se escape de casa es la violencia a la que se ven sometidos, normalizada en la mayoría de los casos, pero con un impacto profundo en sus vidas. El Instituto Nacional de Ciencias Forenses, INACIF, reporta 4,694 exámenes médicos forenses por maltrato entre 2015 y 2018. En el 2018 las lesiones compatibles con maltrato representan el 68.5 % del total de lesiones por causas violentas en niñas, niños y adolescentes. El maltrato a niños y niñas menores de un año se incrementó en un 90 % entre 2015 y 2018.

El INACIF también reportó haber realizado 5,294 exámenes médicos forenses por delitos sexuales en niños, niñas y adolescentes en 2018; 89.8 % de estos exámenes fueron realizados a niñas y adolescentes mujeres y el 10.2 % a niños y adolescentes hombres.

En 2018, fueron asesinadas 152 niñas y adolescentes, 91 fueron asesinadas con arma de fuego, 39 fallecieron ahorcadas, 12 por estrangulación, 9 por heridas de arma blanca y una de ellas por decapitación. Solamente entre enero y febrero del presente año, 127 niños, niñas y adolescentes murieron de forma violenta.

Además, nuestro país ocupa uno de los peores puestos en lo que a protección de niñez y adolescencia respecta; todo esto, mientras entró y terminó la vigencia, sin pena ni gloria, de una política pública de protección a la niñez y adolescencia que establecía como una de sus principales estrategias, la priorización de este sector de la población en la inversión pública.

Ante estas situaciones y sumando la falta de acceso a educación (incluida la educación integral en sexualidad), servicios de salud, cultura, recreación y deportes, la desnutrición crónica que viven, por lo menos, la mitad de los niños y niñas menores de 5 años y la falta de un entorno familiar y comunitario saludable, no es de extrañarse que los niños y niñas hayan desarrollado mecanismos poco adaptados para sobrevivir. Si solo han mamado de la teta de la violencia, ¿cómo no van a ser violentos?

Es aquí cuando nos damos cuenta que la supuesta moral cristiana de los que defienden la vida de “bebitos inocentes”, no es más que una pose, pues serán ellos mismos quienes pedirán pena de muerte para el marero que el sistema que ellos sostienen y perpetúan ha convertido en tal. Los mismos que defienden la dulzura de una masa de células sin viabilidad son quienes aplauden los azotes a un niño huehueteco por haberse robado un plato de comida. Mientras como sociedad no nos demos cuenta que no es la moral cristiana sino la ética humanista la que va a rescatarnos, todo seguirá girando en el mismo círculo vicioso.

Si usted quiere defender la vida, no se meta en las opciones reproductivas de nadie, mejor organice a su comunidad para exigir que los niños y las niñas sean tomadas en cuenta a la hora de formular los presupuestos municipales o de planificar y gestionar proyectos y que no solo les quiebren una piñata de dulces baratos el día del niño.

Asegúrese de que los niños de su comunidad empiecen a ser sujetos de derecho y no objetos de propiedad de sus padres; si ve que al hijo del vecino lo están maltratando, denuncie; si se da cuenta que una de sus estudiantes actúa de forma distinta, indague; si nota que sus hijos están siendo violentos, deje de exponerlos a la violencia; si ve a niños o niñas haciendo trabajos peligrosos en la calle o robando por hambre, notifique a la Procuraduría General de la Nación, PGN. Los niños y las niñas, son responsabilidad de todos y todas, el útero de las mujeres no.

Y si todo eso le parece muy lejano, empiece por hacerse cargo de sus propios hijos, física, económica, afectiva y espiritualmente. Estoy segura que usted puede educarlos mejor que la tele o el YouTube.

Fotografía de Fernando Chuy

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