Guatemalteco extraviado en Oslo

«Estatuas copulantes». Autor: Lalo Landa.

Como uno de esos enormes sifones que salen de la tierra, regurgito gases. La distancia entre las alas de la paloma que termina llevándose mi esperanza y la vela cilíndrica en la mesa ―esta de bebedor― cabe en una nube de plomo parecida a la de las placas con que sacan los rayos X del torso.

Me toco la cabeza y compruebo que tengo menos pelo que ayer. Una de mis guitarras acumula polvo, mañana será día de laborar, día de odiar, necesito vacaciones permanentes.

En este bar, salido de “Solaris” o de un Kubrick austero, suena “Days of Future Passed”, el ritmo de la escena es en realidad Kaurismäki: un señor africano en una de las esquinas de este sentadero curvo con vista hacia el puente y la parada del metro mira como un cadáver su teléfono móvil, navega en otros mares, parece dormido bajo la boina y escondido entre la bufanda azul, tejida a máquina, y la chaqueta de piel imitada.

El silencio es total, la música de elevador, un elevador que no lleva a nadie, un sifón que se empeña en descargar los gases del inframundo a la ciudad.

No hay nada que detenga ese ciclo absurdo, e pur si muove, llegan unas animadoras del Bodø/Glimt, que jugará más tarde, llega la juventud y sus múltiples dudas, este viejo bar con su gris redondez parece una “Moby Dick” pasada de peso y sin embargo calcárea, varada a pocos metros del puerto de Oslo.

El viento sopla. Una esquiadora pasa bien abrigada con los esquís en su estuche, se terminó la temporada; atrás, lejos, quedó la montaña lastimada de nieve.

Una paloma con cara de somalí me interroga mientras salgo y libro los sifones, en busca de un bus.

(abril de 2017)[1]

[1] El titulo original de este texto era “Sesongen”. Fue sustituido por motivos estrictamente propagandísticos.

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