Hay parqueo para la bici, joven

Fotografía de Javier Herrera

Cuando te veo a vos me pasa lo que siento cuando miro al cielo, lo insignificante que soy y el privilegio que tengo de observar semejante maravilla, al terminar el programa, Carlos Manuel apagó su computadora colgó sus audífonos en un clip negro que estaba  sobre la pared cerca del escritorio, para que no se enredaran, desconectó su celular y borró todas su notificaciones; había logrado distinguir 12 llamadas perdidas pero el ánimo no le alcanzó como para ver quién llamaba, tomó su casco verde menta, su mascarilla, la cámara china en oferta que recién había comprado por internet y su billetera con siete billetes de baja denominación, antes de salir, se tomó un tiempo para meditar sobre lo que necesitaba afuera y no olvidar nada, eso sirvió para encontrar los guantes y el inflador; beligerante ante la vida cerró la segunda puerta de su apartamento.

Treinta segundos después recordó haber dejado las llaves adentro. ¡Mierda! gritó mientras esquivaba un motorista suicida que bajaba de la ciclovía. Pensó regresar, pero iba a molestar a la vecina, así que mejor decidió irse, tomó el camino más largo para que le diera tiempo de pensar cómo conseguir para pagar la renta, la mensualidad de su deuda y las pastillas de la abuela, el primer destino fue un club de tenis, ahí logró vender una fotografía que había tomado ya bastante tiempo atrás, pedaleó lo más rápido que sus esqueléticas piernas tatuadas le permitieron, llegó al banco y luego de un ritual tedioso heredado por una pandemia mundial logró entrar y depositó lo que le habían pagado, pensó: una deuda menos, el día inició bien.

Al salir, el poste que custodiaba su bicicleta estaba acompañado únicamente por el candado abierto y la cadena cortada, uno de los hombres que cuidaba los carros dijo: Son jodidos esos muchachos usté, por eso es que nosotros prestamos el servicio de parqueo para carros, motos y bicicletas, porque ya ve, se las roban.

Creo que esa fue la vez en que más peló cables el Charly, nunca lo había visto así; el enojo, la impotencia, la rabia, cuando vino traía los ojos como toro emputado y lo primero que me dijo fue que le diera el número del Negro, aquel era un cuate que teníamos allá en el Búcaro y pues cuando era de repartir pijazos a diestra y siniestra no había nadie mejor por aquellos tugurios.

La cosa con El Negro era que no andaba con mates, su papá estaba en el bote porque le había disparado a un conductor que le había tocado la bocina de forma insolente, parece que el papá del Negro había tenido un mal día y pues para mala suerte de aquel apresurado automovilista no toleró su sonadera de bocina y lo mató, descargándole la tolva en el pecho.

Aquél rápido nos contestó y dijo que de una se venía para el centro de la ciudad, ya que andaba haciendo vueltas en una moto prestada; fue en cosa de 15 o 20 minutos que lo vimos llegar, traía en una mochila amarilla en la espalada.

Charly dijo que lo que necesitaba era que lo acuerpáramos frente a unos ladrones disfrazados de cuida carros; ya frente a ellos, que también eran tres (un señor mayor y dos jóvenes raquíticos) mi mejor amigo los cuestionó sobre el paradero de su bicicleta, el Negro, al ver que ninguno de los del otro bando contestaba, sacó abruptamente de su cintura una CZ75 9mm con cargador de dieciséis tiros y pues sorpresivamente para nosotros uno de los presentes el más joven gritó: Ya muchá, esa onda la fueron a dejar a la tienda de empeño, que esta sobre la Sexta

No fuimos nosotros agregó el anciano

– ¿Y cómo saben? preguntó Charly

Cuando el más callado de los que estábamos interrogando se disponía a cantar como tenor en pleno recital ¡BUM! sonó aquel bombazo; ¡Mierda! dijo Charly, la impresión había hecho que mis manos cubrieran mis oídos y al cerrar los ojos pues no me di cuenta que había pasado, al abrirlos  sentí lastima, hasta me cuestioné, como yo una persona sin ninguna necesidad de andar en aquellos tanes me encontraba en ese lugar llevándomela de Batman, pasaron unos segundos para poder escuchar al Negro decirme vámonos Diego vámonos. Creo que la imagen también conmovió a Charly, todos corrían, la sangre escurría justo entre los dos ojos, las alas quedaron abiertas, como aceptando la derrota y los ojos inertes, secos, fijos hacia nosotros, los transeúntes decían que un trasformador explotó, otros que el ave había tocado dos líneas, lo cierto fue que la muerte se había posado frente a nosotros y nosotros no estábamos preparados para ella; terminamos el  día tomando café con siete quetzales de pan, y buscando ofertas de bicicletas baratas por internet.